Saturday, March 15, 2014

Tic tac, motherfucker

El tiempo es ese cabrón que pasa sin piedad, que no espera por nadie, que no da segundas oportunidades, que a menudo no da ni la primera. ¿Te tomaste tu tiempo para encaminar tu vida? No, amigo, el tiempo te tomó a ti. ¿Ahora sientes que vives con años de retraso? No esperes recuperarlos. ¿Decidiste dejar madurar tu plan y luego te diste cuenta de que lo que hacía era pudrirse? Úgy kell neked, como dicen los húngaros. ¿Dudaste si cogerle la mano en ese momento? Tarde, ya no lo intentes. “La Historia no se devuelve.” La vida tampoco.

Aunque, si lo piensas de otra manera, sin haber tardado ese tiempo en encaminar tu vida quizá nunca hubieras tenido la oportunidad de plantearte siquiera el coger esa mano.

Time
Is flowing like a river
To the sea
Till it’s gone forever

Sunday, February 9, 2014

Música que hace odiar

Las puertas del Averno

De vez en cuando escucho ciertas formas musicales que se podrían llamar agresivas o violentas. Música muy extrema, incluso dentro del espectro de la música extrema. Hay varios motivos que me pueden llevar a escucharla, dependiendo del momento. Uno de esos posibles motivos es la mera fascinación que me suscita el comprobar la rabia y desprecio que se pueden evocar usando exactamente los mismos instrumentos que tenían los Beatles. Por un lado, la música en sí (no por ruidosa, sino por lo que ese ruido envuelve y que un oído poco curtido, espantado, pasaría por alto) puede rezumar un odio y una inquina que hielan la sangre, y tiene tanto mérito por ello como el pintor que plasma la mueca más terrorífica o el actor que interpreta de manera creíble al personaje más malvado. Por otro, las letras: iracundas, blasfemas o directamente destructivas, contra todo y contra todos. Sin embargo, a pesar de todo esto y de lo feo que pueda sonar, sólo hubo un día en mi vida en que una forma de música me hizo sentirme verdaderamente violento; y dicha forma de música no era metal extremo, ni nada que se le asemejase ni en forma, ni en concepto, ni en nada.

El único momento de mi vida en el que la música me hizo sentir odio, ira, agresividad, deseo de destruir y hacer daño, fue durante un concierto de un grupo alegre y bailongo llamado Balkan Fanatik.

La noche del 8 de septiembre del 2012, por razones diversas, yo era feliz. Estaba eufórico, incluso. Me hallaba en Buda, la mitad occidental de Budapest, en una larga calle del distrito XXII que, con motivo de una fiesta del vino que se celebraba ese fin de semana, estaba llena de puestos y tenderetes y se veía muy animada. En un recinto que había a un lado habían montado un escenario en el cual estaba a punto de tocar ese grupo cuyo nombre, por si acaso aparece mágicamente tras varias menciones, prefiero no repetir. Suponía que no iba a ser mi estilo de música, pero me daba igual porque tampoco es cuestión de ponerse quisquillosos: ya que estaba en una fiesta de barrio, pues vamos a ver qué ponen, hacer un poco el saltimbanqui y pasarlo bien un rato sin darle más importancia a lo que suene o deje de sonar. Mi actitud era la mejor posible, y las primeras canciones incluso me resultaron hasta cierto punto agradables, con arreglos porreros pero con algunas melodías que dices: vale, me lo trago. Pero luego salió un rapero, el del teclado empezó a hacer cosas chungas, se fue la violinista y poco a poco aquello se fue convirtiendo en una especie de mezcla de reggae con rap y con techno duro pastillero y qué sé yo qué más. Tengo un diccionario en casa, bastante antiguo ya, en el que esa misma descripción puede encontrarse junto a la entrada abominación, sustantivo femenino. Al principio pensaba: esto ya no mola. Luego: esto se está haciendo cansino. Después: por dios, que se acabe de una puta vez. Imagínate qué cara debía de tener yo en ese momento, y juro por Raunioilla que esto es verdad, que descubrí a dos tíos que estaban cerca mirándome y riéndose, y al ver que miraba para ellos, uno vino hacia mí, se puso a mi lado y se sacó una autofoto conmigo, ante mi total pasividad e inacción, antes de darme las gracias, sacudirme la mano y volver con su colega.

Sí, ya sé, acabas de buscar al grupo de marras en el Youtube y no te parece para tanto. A mí, en frío y racionalmente, tampoco, pero aquella noche mi mente no era ni fría ni racional, por lo visto, y llegó un momento en que ya no pude más. Tenía razones para estar allí, otherwise probablemente ya no me habría quedado ni dos canciones, pero llegado un punto, habiendo aguantado hora y poco, más de la mitad de lo cual había sido un suplicio, la fuerza de esas razones fue pulverizada por aquella blasfemia expulsada de las entrañas de Satán y, como alternativa a empezar a hostias contra todo lo que se moviera y lo que no, eché a correr. A correr como un poseso. Tenía ganas de destrozar, de vapulear, de herir; necesitaba cansarme, agotarme hasta no poder con el alma, expulsar todo ese apocalíptico veneno que me… envenenaba. Mientras corría calle arriba y calle abajo –pues tampoco quería alejarme mucho de la zona– me acordé de que tenía el cacharrín de mp3 en la mochila y decidí ponerme lo más parecido que tuviera a esa música maligna que mencioné anteriormente; tras una o dos canciones, comprobé que Emperor no me estaba funcionando. Probé con algo más enérgico y de ritmo machacón, pero Sabaton tampoco resultó de ayuda. Yo seguía corriendo. Nunca corrí tanto cansándome tan poco, tal era la cantidad de adrenalina que tenía acumulada. Al concierto ya no le faltaba mucho, quince o veinte minutos; al poco de terminar, cuando la gente ya salía del recinto y volvía a inundar la calle, decidí que, definitivamente, ya no había nada por lo que yo debiera quedarme en ese sitio, y enfilé la calle de los puestos cuesta arriba, confiando en que mi pobre sentido de la orientación sería suficiente para llevarme a una cama en la que pudiera olvidarme de que esa noche alguna deidad primigenia decidió ponerme a prueba desatando a mi alrededor un infierno de chunda chunda rapero.

Saturday, January 25, 2014

Incomprensión intercultural


Esto es lo que pasa cuando le dices al niño chino que se disfrace de mago para el belén del colegio. Pincha para agrandar.

Tuesday, January 21, 2014

Reflexión de un emigrante

Cuando empecé a hacer todas las gestiones y papeleo para preparar mi estancia en Bratislava, mi coordinador me puso en contacto con David, un chaval de mi facultad que había estado allí el año anterior, y fue él quien me orientó sobre clases, profesores, residencia y demás. Hace unos meses terminó la carrera, y la semana pasada volvió a la capital eslovaca, con un contrato por dos años bajo el brazo e intención de quedarse. Un par de días antes de irse escribió una reflexión, a mi parecer, muy lúcida, sincera y personal que, con su permiso, comparto con vosotros.

 * * * * *

“Adiós, ríos; adiós, fontes;
adiós, regatos pequenos;
adiós, vista dos meus ollos:
non sei cando nos veremos.
Miña terra, miña terra,
terra donde me eu criei,
hortiña que quero tanto,
figueiriñas que prantei,
prados, ríos, arboredas,
pinares que move o vento,
paxariños piadores,
casiña do meu contento,
muíño dos castañares,
noites craras de luar,
campaniñas trimbadoras,
da igrexiña do lugar,
amoriñas das silveiras
que eu lle daba ó meu amor,
camiñiños antre o millo,
¡adiós, para sempre adiós!
¡Adiós groria! ¡Adiós contento!
¡Deixo a casa onde nacín,
deixo a aldea que conozo
por un mundo que non vin!
Deixo amigos por estraños,
deixo a veiga polo mar,
deixo, en fin, canto ben quero...
¡Quen pudera non deixar!...”

Rosalía de Castro - Cantares gallegos (1863)

Más de ciento cincuenta años separan las inmortales palabras de Rosalía de Castro del día de hoy. Y aun así, ante la perspectiva de mi inminente partida, siguen describiendo de una forma dolorosamente precisa los sentimientos que suscitan el dejar mi tierra, mi hogar, mis amigos... en definitiva, la vida que he llevado hasta ahora.

¿Un poco dramático? Puede, pero quienes me conozcan sabrán que este nivel de dramatismo es normal en mí, aunque de esta vuelta, creo tener razón en catalogarlo de esta manera. La emigración, a pesar de que me mueven más los motivos personales, a día de hoy, vuelve a ser uno de los peores momentos a los que se tiene que enfrentar una persona, su familia y sus seres queridos.

A priori, estos ciento cincuenta años han cambiado a Galicia, España y al mundo de una manera increíble, por lo que parece que con la tecnología, que nos permite mantenernos en contacto de manera instantánea y las facilidades que nos ofrece la aviación comercial, el golpe se hace menos duro. Pero, desafortunadamente, este siglo y medio, no ha cambiado para nada, o al menos no durante mucho tiempo, lo que ha sido, es y será, si no lo remediamos, España: un país en el que la ignorancia y, demasiado a menudo, la exhibición orgullosa de la misma campan a sus anchas, un país dirigido por los que siempre han acaparado las más altas esferas del poder y que obedecen al avaricioso propósito al que sus ancestros obedecían antes que ellos, la codicia y el acaparar cada vez más y más poder.

Lejos de mi intención está convertir estas líneas en un manifiesto político, pero no puedo obviar el hecho de que una de las razones más poderosas que me han impulsado a buscarme la vida en el extranjero sea el negro futuro que se vislumbra en el horizonte. Realmente, es tremendamente difícil escribir algo como esto sin caer en los lugares comunes en los que venimos cayendo de unos años para aquí, así que procuraré no darle más vueltas, porque quien quiera enterarse de lo que realmente pasa, moverse e intentar cambiar las cosas lo hará, ya que todavía no he perdido (del todo) la esperanza en este país y en su gente.

Lo que me mueve a escribir esto es la sensación de que, aunque quiera, no voy a poder volver. O que podré volver, pero será para malvivir. Serán dos años (aunque siempre el miedo a meter la pata y que te den la patada antes de tiempo también está ahí) en los que visitaré esporádicamente a mi familia y amigos, leyendo y observando las noticias que vendrán del país, que presagio que no serán de buen agüero, por lo que la opción de volver aquí se irá disolviendo poco a poco, perdiéndose en la niebla de tus pensamientos.

A pesar de que mis sentimientos patrióticos sean prácticamente nulos, uno nunca podrá olvidar el lugar en el que nació, creció, disfrutó, rio, amó, lloró y sufrió; un lugar del que pensaba que si lo dejaba sería solo por un limitado periodo de tiempo. Pero, como decía Bob Dylan, los tiempos están cambiando, pero para peor. Parece que vivimos en un bucle eterno que siempre nos devuelve a los peores momentos de nuestra historia, solo que esta vez ni siquiera lo parece. La tecnología que antes cité, los diferentes medios que tenemos para abstraernos de nuestros problemas y demás distracciones, no nos dejan ver que volvemos a pasar por tragos como los que pasaron mis paisanos hace ciento cincuenta años. Solo que esta vez no viajamos en un inmundo buque durante semanas, sino en Ryanair (un autobús con alas, cierto), llegando a nuestro nuevo destino a las pocas horas de haber salido. Y tampoco nos vamos a ciegas, totalmente a merced de la suerte, sino que por lo general somos personas formadas en diferentes campos del conocimiento durante años, con toda la información y el conocimiento del mundo a un solo clic de distancia.

Como tantos otros, he intentado labrarme un futuro digno, que me permitiera trabajar en algo que no odiase y afortunadamente he intentado leer e informarme para decidir cómo vivir mi vida sin seguir los dictados de otras personas, estamentos o entes imaginarios. También sé que los reveses de la vida son impredecibles y que podría acabar en cualquier otro sitio que no esperaba, amén que sé que hay muchas ocupaciones que pueden parecer decepcionantes o que no querría realizar, pero que las haría, si no me quedase otra opción, siempre intentando buscar la felicidad, un término demasiado abstracto y subjetivo como para definirlo, pero que debería ser imperativo en cada vida (y no, no voy a seguir en plan Paulo Coelho, así que no temáis). Tampoco me veo (ni yo ni nadie debería) con el derecho a exigir un trato diferente por haber pasado por la educación superior, ni nada por el estilo.

En realidad, ni siquiera sabía, ni sé qué es lo que quiero que sea mi vida, lo cual no es necesariamente malo. Deberíamos ver la vida como una carretera, una carretera en la cual no puedes vislumbrar el final, en la que habrá rectas en las que pisar a fondo y curvas tan cerradas que te dé miedo a tomar a toda velocidad; en la que si pinchas te tomes tu tiempo para volver al camino, y en la que si te sale de los mismísimos te la puedas recorrer andando. Sin embargo, tengo la sensación y la certeza de que en vez de vivir en algo así, vivimos en un camino que termina en un callejón sin salida. Nosotros y sólo nosotros tenemos el deber y la responsabilidad de volar ese muro del final y poder intentar recorrer nuestro propio camino como queramos.

Son muchos los problemas que nos azotan, demasiados. Y casi todos no tienen una solución unánime, porque entraríamos nuevamente en el terreno de lo subjetivo. Pero entre otras cosas, lo que tenemos que intentar es que estos versos de Rosalía sólo signifiquen que en el pasado hubo gente que se marchó a buscarse la vida a otros lugares, con fortuna dispar, pero con el mismo dolor, la misma pena, la misma morriña común. Intentemos que la versión moderna del emigrante que describió la poetisa en siglo diecinueve no se aflija por no saber cuándo podrá volver.

Hagámoslo por nosotros. Por nuestro futuro.

"And the Buffaloes used to say be proud of your name
The Buffaloes used to say be what you are
The Buffaloes used to say roam where you roam
The Buffaloes used to say do what you do
If you remember you're unknown
Buffaloland will be your home"


Wednesday, December 4, 2013

De españoles, franceses y excavadoras ucranianas

Foto: EFE. Más en El País.

Si no se se tiene la posibilidad de viajar, bien está hablar con extranjeros en tu propia ciudad, y se pueden aprender cosas interesantes igualmente. El sábado pasado, otro español y yo estuvimos charlando con un francés que le tiene tanto cariño a Francia como yo a España, es decir, muy poco, y por alguna razón acabamos hablando de política, más concretamente de programas electorales y manifestaciones. El francés hablaba de cómo la gente en su país vota por un partido cuyo programa incluye un punto polémico como puede ser la legalización del matrimonio homosexual, y tras la victoria electoral de dicho partido, media Francia sale a la calle para protestar contra ese punto.

Aquí nos quedamos parados el otro español y yo. Espera, espera, espera. ¿Media Francia sale a la calle?

Sí, nos contestó, y nos siguió contando que, cuando los estudiantes están puteados, hacen huelga los días que haga falta y salen en masa a manifestarse. Insisto en que no le gustan nada sus compatriotas franceses, es más, llevaba un buen rato despotricando de ellos, pero no dudó un momento en afirmar que, cuando se empeñan en algo, no dejan de dar la vara hasta que lo consiguen. Ojalá aquí fuera igual, dijimos el otro chaval y yo. Lo que impera aquí es el "para qué voy a ir, si no vale de nada", aunque es evidente que cuando no vale de nada es cuando no va casi nadie, precisamente con esa excusa. Pues parece ser que entre los franceses no se da mucho esta manera de pensar.

Y ahora es cuando llegamos a las excavadoras. Estos días salió una noticia que me parece sorprendente, fascinante y descojonante a la vez. En Ucrania está habiendo unas manifestaciones tochísimas... ¡para exigir la entrada en la UE! Por lo visto, es algo que el presidente había prometido, pero ahora reculó alegando razones económicas, aunque la razón real podría ser la presión rusa. En respuesta, los ciudadanos inundaron la magnífica calle Jreshátik y acamparon en la Maidán Nezalezhnosti (plaza de la Independencia), que ya rebautizaron como Euromaidán. Un 15M a la ucraniana, como quien dice. Entonces: Sorprendente, porque a mi alrededor todo cristo se queja del BCE, del control alemán y otras cosas que asocian Europa con no molar, y ahora salen éstos queriendo entrar a toda costa. Fascinante, porque son una cantidad impresionante de gente y no parecen detenerse ante nada; llegaron a entrar al Ayuntamiento y allí dentro llevan durmiendo unos cuantos varios días ya. Y descojonante, porque yo veo una excavadora embistiendo contra un muro de antidisturbios y un pavo sacando adoquines de la acera y no puedo evitar reírme. Atención también al de la cadena.


Otro vídeo: Kiev protesters drive bulldozer towards police cordon.

Friday, November 15, 2013

Presente y futuro

Desde que pasaron las tres noches que mencioné en una cortísima entrada que creo que pocos visteis, estoy en casa y no me moví de aquí más que un fin de semana que fui a Madrid. Aún estos días hay quien me pregunta qué tal la vuelta, y siempre respondo lo mismo: la bofetada de realidad fue fuerte y a mano abierta y llenita de dedos, porque a la previsible y consabida morriña se unió el hecho de que el lugar (entiéndase lugar en el sentido más amplio posible, no sólo en el geográfico) al que volví era LO DE SIEMPRE. En un primer momento sentí un desconcierto comparable al de la primera vez que oí Child in Time y llegó el minuto 6; ese desconcierto pronto se tornó pesadumbre al darme cuenta de eso, de que volvía a lo mismo de siempre: misma ciudad, mismo barrio, misma universidad, mismo servicio de transporte urbano –los que viváis en mi ciudad entenderéis que lo mencione–, mismo todo. Como estar por la mitad de un libro en una parte interesante, pasar la página y ver que vuelve a empezar el capítulo 1. No me malinterpretéis: exceptuando lo de los autobuses, no está tan mal. La ciudad ofrece montones de posibilidades y servicios, en la universidad me lo paso pipa cual niño de primaria que va al cole a ver a sus amiguetes y a aprender cosas de dinosaurios, me llevo bien con mis padres y mi hermano, etcétera. Pero no se trata de estar mal; se trata de la sensación de haber dado un paso en una dirección determinada y después haber desandado el camino para volver al punto de partida. Visto ahora, todo esto es muy obvio. Sin embargo, tuvo que pasarme para darme cuenta. Afortunadamente, tras unos pocos días me fui haciendo a la idea, y en cuanto empezó el curso y me vi inmerso en la rutina universitaria se me fue pasando todo eso.

Huelga decir que, con bofetada de realidad o sin ella, no cambiaría el año pasado por nada. Vamós.

Pues ese es básicamente el presente: estoy en casa.

En lo que respecta al futuro próximo, creo que se va a parecer bastante al presente. A ratos pienso en una visitilla a Europa Central a principios del año que viene, aunque suelo descartarla rápido, porque no tengo claro si quiero ir para volver a ver los lugares y las caras o si eso es sólo una excusa para un propósito más concreto, ni si ese propósito es realmente apropiado, o sensato, o tiene sentido siquiera, o a lo mejor sí, o todo lo contrario. Peeeero hacia el veranito las cosas cambian. Ahí ya se amontonan tantos planes que albergo muy pocas esperanzas de llevarlos todos a cabo. Los momentos clave son: 1) mediados de junio, ceremonia de coronación en Bratislava, hopefully con su correspondiente interpretación del Mesías de Händel en la catedral de San Martín, que el año pasado me la perdí; 2) último fin de semana de junio, centenario del asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo, que supongo que montarán algo para conmemorarlo, y si no me da igual, visito Bosnia, que la tengo pendiente; y 3) último fin de semana de julio, Carpathian Alliance en Volosianka. Los días del medio, visitas a los amigos y las ciudades que correspondan. ¿Mucho? Sí. ¿Demasiado? Muy probablemente. ¿Se llevará algo a cabo? Eso espero.


La catedral, achatada y con perspectiva chunga, 1825.


A más largo plazo, el plan es quedarme aquí hasta que acabe la carrera, lo cual debería suceder en año y medio si todo va bien, y después irme por esos mundos de Lu-ci-feeeeer. Adónde no lo sé, y mi objetivo cambia periódicamente. Hace dos años y medio quería irme a Bélgica. Poco después, a Holanda o a Dinamarca. Más recientemente, a Alemania o a Austria. Actualmente me muero de ganas de irme a Ucrania. Sí, ya sé, no es un país que funcione bien, blablablá. Me la refanflinfla, me apetece igual. Pero tranquilos, porque para cuando acabe la carrera ya tendré otro destino en mente. También veo Eslovaquia como una opción. Si bien a algunos países cercanos a ella tengo bastante claro que no quiero ir, Eslovaquia en concreto me atrae. Al menos ya no me cogerá de nuevas. Veremos.

Total: todo este rollo para decir que hasta verano no voy a ningún lado.

Sunday, October 6, 2013

Con y contra

Decía Diana Uribe en uno de sus programas que, cuando murió Stalin y Jrushov, más liberal que el bigotudo, lo sustituyó en el cargo, la actitud del partido cambió del "si no estás conmigo, estás contra mí" al "si no estás contra mí, estás conmigo".

Interesante matiz, ¿verdad?