Saturday, October 21, 2017

Viaje relámpago a Helsinki



Hoy me levanté con ganas de contar mi último viaje a Helsinki, que fue muy espontáneo todo, y con la misma espontaneidad me pongo a escribir.

Había visto a Moonsorrow en Sevilla el 18 de febrero y de paso me había quedado unos días para conocer la ciudad y ver a unos amigos. A continuación tenían una pequeña gira por Finlandia a la que realmente no procedía asistir, porque acababa de verlos, acababa de viajar, etcétera. Tampoco me importaba demasiado. La primera parada de esa gira era Tampere, y tanto Leo como Pillau, director y cámara del upcoming súper documental Home of the Wind, estarían allí para obtener algo de metraje de camerinos, que apenas teníamos, grabar el concierto por si nos puede servir de algo y hacer una última entrevista con Henri Sorvali en su casa. Enorme envidia, por supuesto, pero me tocaba perdérmelo y lo tenía asumido. Sin embargo, al acabar el concierto me enseñaron el repertorio y me quedé ojiplático:

Sankarihauta
Kylän päässä
Raunioilla
Jumalten aika
Ruttolehto
Suden tunti
Mimisbrunn
Ihmisen aika
--
Tuulen koti, aaltojen koti
Aurinko ja Kuu

A muchos de los presentes no os dirá gran cosa, pero a mí me decía que estaban tocando «Mimisbrunn» por primera vez, que de la canción 4 a la 8 es el último disco entero, que nunca había visto «Aurinko ja Kuu» en directo y que «Tuulen koti, aaltojen koti» (canción que da título al documental) tampoco, y encima es rarísimo que la toquen. Esto fue el 2 de marzo. Un par de días más tarde me puse a mirar vuelos en Skyscanner, porque total qué se pierde por consultar. Los precios eran sorprendentemente asequibles teniendo en cuenta que sólo faltaba una semana. Llamé al guitarrista Janne, que estaba en una furgoneta volviendo de Joensuu con el resto del grupo, para preguntarle si en Helsinki iban a tocar lo mismo: afirmativo. Miré el horario del trabajo, vi que no había conflictos, me pedí el viernes 10 libre y compré los billetes, con cinco días de antelación. Un rato más tarde fui a ver a Accept y Sabaton cerca de casa. Se vive bien aquí.

Esa semana trabajaba de noche, de 22.00 a 7.00. No recuerdo muy bien cómo hice, pero imagino que fui a la oficina el jueves 9 por la noche con todo el petate, al acabar el turno probablemente bajé a la relax room a echar una soneca, y luego al aeropuerto, que despegaba a las dos del mediodía o cosa así. Hacía escala en Riga, aunque esa vez no bajé a la ciudad porque no me compensaba por el poco tiempo de que disponía. Hablé con mi amigo Maximillian el alemán, que supuestamente iba también con su moza, pero les cancelaron el vuelo por una huelga o un rollo así y supongo que se cagaron über alles. Un poco con los huevos de pajarita, me acerqué al mostrador de Air Baltic para preguntar por la huelga: no afectaba a mi vuelo. Me relajé otra vez, di unas cuantas vueltas por la terminal esperando a que llegara la noche, una tipa intentó venderme una crema exfoliante de ciento y pico euros y me habló con tono ofendido cuando le dije que no, cuando oscureció me tumbé en unas butacas de la sala de espera y dormí... lo poco que pude. Al fin y al cabo, venía de pasar cuatro noches despierto.

Por la mañana, la pantalla de vuelos mostraba una hora de despegue distinta a la que yo recordaba, pero ni me importó. Andaba muuuy agilipollado. Además, cambiaba todo el rato entre Helsinki y Tallinn. Subí al avión y a la primera azafata que me topé le pregunté si el vuelo duraba lo que yo creía que duraba. Me respondió que directo sí, pero hacemos parada en Tallinn, lo sabes, ¿verdad? Claro, claro, respondí, sin estar muy seguro de lo que me acababa de decir. La veía codificada a través de las pestañas, como el Canal+ hace quince años. Me senté donde me correspondía y me dormí. El avión hizo una cosa que yo nunca había visto: aterrizó en Tallinn, dejó que se bajara alguna gente, no sé si se subió otra, y despegó otra vez. Como un autobús, vaya. Ya puedo decir que estuve en Estonia, pero no que puse los pies en ella.

Sobre las nueve o diez estaba aterrizando en Helsinki por cuarta vez en mi vida, tercera en once meses. Cogí el tren al centro, salí de la chulada de rautatieasema que tienen, tan años 20 ella, y dirigí mis pasos hacia el cercano albergue que había reservado. Por el camino me topé con lo mejor de esa mañana: un McDonald's cuyo cartel anunciaba un McDesayuno. Ya no sé ni qué tenía, había por ahí lechuga y huevo frito, pero me sentó de maravilla. Seguí mi camino hasta el hostal. Buenos días, tengo una reserva y sueño, alójame. Muy amablemente me tomaron los datos, me explicaron cómo funciona, tal, cual. ¿Y mi habitación cuál va a ser? Aquella de allí, pero mira una cosa, la entrada es a la una del mediodía y aún son las once. Whatmestaskontanding, le dije, porque le hablaba en inglés, y me respondió: pero no te preocupes, en la cocina hay un sofá y te puedes tirar ahí un rato. Aún no había terminado la frase y ya estaba tumbado con la cazadora de almohada. Al rato oí un estruendo tan brutal como efímero cuyo origen nunca llegué a conocer; abrí los ojos para contemplar las ruinas del edificio que acababan de bombardear, pero en su lugar sólo vi una señora de la limpieza que me dijo: ya es la una, tu cama está lista. Me arrastré hasta ella y me puse la alarma para las cuatro.

A esa hora ya estaba bastante descansado. Leo me había encomendado una misión: ir al bar Majava a por un sobre con contratos y libretos que el grupo debía firmar y que él había olvidado darles la semana anterior. Me di el paseo hasta el barrio de Kallio y entré en el bar. Hola, dije. Vengo a buscar un sobre que dice «Para Ville y Mitja». No, no soy ni Ville ni Mitja. Sí, ese debe de ser, ¿a ver qué contiene? Sí, este mismo, gracias. Salí del bar, empecé a bajar la cuesta y me metí en el Subway que hay unos metros más abajo para comerme un bocata, que son caros pero ricos, y lo del precio aprendes a pasarlo un poco por alto cuando estás en Finlandia si no quieres vivir sumido en el estrés. Estaba bien rico.

Entrada a Kallio, con su iglesia

Lo siguiente fue ir a la sala Virgin Oil, donde tendría lugar el concierto esa noche y ya estaban todos preparándolo. El sitio es un restaurante que tiene una puerta que conduce a unas escaleras ascendentes que llevan a la sala de conciertos en sí. Como faltaban aún varias horas, la puerta estaba cerrada con un rollo electrónico de código o nosequé. Sin ningún tipo de credencial, me acerqué al chaval que entraba y salía de detrás de la barra y le pregunté cómo se abría la puerta. «Así y asá», respondió, «pero acuérdate de cerrarla detrás de ti para que no entre cualquiera». Sin problema. Entré y me aseguré de cerrar la puerta para que no entrara cualquiera sin credenciales. Arriba estaba Tero preparando el tenderete de las camisetas, Julia la alemana (la conocí en York, ¿os acordáis?) de charla con él, y técnicos y músicos moviendo sus instrumentos y sus cables. El contrato que necesitaba que firmaran es muy gracioso: nos comprometemos a cederle a la discográfica Century Media los derechos de explotación de determinado material «throughout the Universe in perpetuity», es decir, en todo el universo a perpetuidad. Me sentí un poco como si Isaac Asimov me estuviera firmando un autógrafo. Cuatro veces, por duplicado.

Un edificio bien chulo

Sobre las siete y media había quedado en encontrarme con María, la moscovita. Esta había ido con la también moscovita Olga, a quien en realidad yo conocía mejor, pero no había llegado aún porque se había tenido que quedar en el hotel acabando unas cosas de su trabajo; se nos unió un rato más tarde. De ahí a poco llegó también Delphine, una francesa a la que sólo vi en Finlandia, y el chaval al que conocí como su novio pero ahora era su marido. Subimos toda esta panda, y dentro aparecieron también los daneses Mikkel y Nanna, que no se pierden un concierto en ningún recuncho de Europa, y el español Álvaro, que vive allí. Al igual que el 1 de abril del año anterior en el mismo lugar, primero tocó Draugnim, grupo que no me disgusta (y el cantante es un grandote bonachón que me cae genial, está en Crimfall también, lo entrevisté con Eddie una vez) pero al que no conseguí prestar la menor atención en ninguna de las dos ocasiones; y después, con la clásica intro «Tyven», salieron los jefes.

Acabado el concierto, el corrillo se fue diluyendo y sólo quedamos Mikkel, Nanna y yo con ganas de marcha, aunque sólo fuera marcha de sentaos. Pero no hubo manera. Nos recorrimos unas cuantas calles y los bares que no acababan de cerrar a las 2 cerrarían en un rato, a las 3. Al menos nos comimos unas hamburguesas de un puesto de la calle y pasamos un rato agradable caminando por el centro. Sobre las tres y media nos despedimos y nos fuimos a dormir.



Encontramos un bar curioso

Había prometido a las rusas que iba a ir a despedirlas a la estación de autobuses, de donde partirían a las ocho. Me causó mucho dolor en mi corazoncito levantarme a las siete, luego me medio perdí y di más vuelta de la que debería; cuando llegué ya casi no contaban conmigo, eran menos cuarto o menos diez, pero al menos pude hablar con ellas unos minutos y desearles buen viaje. Una vez se metieron en el autobús me compré dos croasanes, un litro de leche y otro de zumo de naranja, me desayuné la mitad y me volví al hostal a dormir un poco más, que hasta las once o doce que era la salida aún me daba tiempo. Tras ese par de horitas más ya sólo me faltaba ver a Ida, Leo (el otro) y la pequeña Saga. Pasamos unas horas de paseo, tomando un café, luego paseando más, luego me llevaron al monumento a Sibelius, luego a comer, y tras eso ya nos despedimos, porque a las cuatro y media había quedado con los daneses en la estación para ir al aeropuerto, de donde a las siete menos cuarto despegaba mi avión de vuelta a Budapest.

Foto de Tero

Entrada escrita el largo 9 de septiembre de 2017, o quizá el 10.

Saturday, July 8, 2017

Dos escalas en Riga

Dos veces en mi vida he estado en Riga, ambas duraron menos de 24 horas y ambas se debieron a la misma razón: tenía que hacer escala y me compensaba más una escala de un día que me permitiera bajar al centro que pasar seis horas muerto del asco en el aeropuerto. De no haber sido por eso, quizá no habría ido en absoluto, porque no era una ciudad que me llamara la atención ni sabía casi nada de ella. Entre la primera vez y la segunda pasaron exactamente 11 meses: 10-11 de julio del 2016, 10-11 de junio del 2017. Y en ambos casos fueron noches preciosas.

La capital de Letonia no es muy grande: tiene unos 700.000 habitantes censados. Su encantador centro, una suerte de isla rodeada por el río Daugava y un estrecho canal flanqueado en toda su longitud por un bello parque, es un laberinto de callejuelas salpicado de un puñadete de plazas algo más grandes aquí y allá, como tantas otras ciudades medievales. En realidad, del medievo poco o nada queda; de los siglos XVI a XIX, alguna cosa sí, pero no mucho, porque la ciudad sufrió mucha destrucción en distintas guerras, sobre todo la segunda mundial. No obstante, a lo largo de las décadas que siguieron a esa tragedia se reconstruyó gran parte de los edificios más importantes con total fidelidad, hasta el punto de que si no te lo dicen, no te imaginas que la actual iglesia de San Pedro es de los años 70 o que la casa de los Cabezas Negras es de 1999.

Iglesia de San Pedro

Sin embargo, al margen de la belleza del casco viejo de Riga, lo que me lleva a calificar las dos noches que allí pasé de preciosas es el ambiente nocturno veraniego que te encuentras en las calles. Cualquiera que me conozca sabe que mi ciudad favorita es Budapest, pero ni de lejos tiene la capital húngara el ambiente a un tiempo animado y tranquilo de la letona: un montón de gente sentada en las terrazas de los bares que pueblan las adoquinadas plazas, charlando animadamente pero nunca en tono alto, y algún que otro grupo de música para terminar de animar la velada. Ambas noches me tocó, además, una temperatura que daba gusto y nada de viento. La diferencia entre las dos escalas es que en la primera llegué a la ciudad a media tarde y me tuve que ir por la mañana, con lo cual aproveché las últimas horas de luz y el principio de la noche; mientras que la segunda llegué sobre las diez o diez y pico de la noche, pero no me fui hasta las cuatro de la tarde del día siguiente, por lo que a la noche salí un ratito solamente y luego aproveché la mañana.

Empecemos por la tarde-noche del año pasado, entonces.


***

Casa de los Cabezas Negras

El 11 de julio de 2016 a las 17:24 bajé por la puerta-escalerilla del avión más pequeño que me había transportado en mi vida. En el aeropuerto pedí un mapa y pregunté cómo llegar a mi hostal y qué divisa utilizaban, y me alegré de enterarme de que tenían euros, porque hace las cuentas mucho más fáciles. Por alguna razón, tenía un penique en la cartera (probablemente porque llevaba dos semanas con Leo, que vive en Inglaterra, y se debió de traspapelar somehow, o trasmonedar), y sin darme cuenta fui a pagarle a la jovenzuela del kiosco el euro quince del billete de autobús con una moneda de 1 €, otra de 10 céntimos y el penique, que se parece mucho a una de 5. Al verlo, lo agarró y le dio un hostiazo contra el mostrador gritando «THIS IS NOT EURO!!». Si en lugar de parecer cinco céntimos parecieran cincuenta, igual me arrancaba la cabeza, no sé. Me disculpé entre lágrimas, le besé los pies y me subí al autobús, del que me bajaría media hora más tarde, ya en el centro. Recalculé mi rumbo un par de veces hasta encontrar el albergue, dejé todos los bártulos en la habitación óctuple o décuple o nosecuántuple y a las siete ya estaba paseando por un parque con un escenario en el que unos niños jugaban al balón y muchos bancos en los que varios grupos de venerables jubilados jugaban al ajedrez.






Pronto vislumbré una catedral con aspecto de ortodoxa. Me dirigí hacia ella. Al llegar a su puerta, me puse las perneras del pantalón desmontable, pasé unos cuantos carteles de «prohibido foto» y en cuanto vi algo que me llamó la atención saqué la cámara disimuladamente. Pero había allí una viejiña ojo avizor a la que ni el más sutil de los disimulos se le escapaba, e instantáneamente dejó el grupito de personas que rezaban (los ortodoxos lo hacen de pie) para venir como un rayo a darme un manotazo en la cámara. Le dije izvinite, que significa perdón en ruso —porque en Riga el 40% de la gente habla ruso y en mi cabeza el 0% de las palabras almacenadas son en letón—, gracias a lo cual disfruté de una dura reprimenda de parte de una señora iracunda que además creía que la entendía. Salí avergonzado de la catedral con la sensación de tener una mancha de pecado en el alma, me volví a quitar las perneras y continué mi exploración de aquella villa ignota. Para la posteridad queda el recuerdo del manotazo.


Como decíamos, el casco viejo propiamente dicho está separado del resto de la ciudad por un canal y un hermoso parque que lo acompaña en toda su longitud. Saqué muy pocas fotos, pero te haces una idea.



Ojo al cartelito y a la fecha.



Estas otras son de 2017.

Finalmente llegué al centro histórico. Para describir el ambiente, podría repetir cien veces las palabras con las que he abierto esta entrada; me sentía libre como el viento que recoge mi lamento y mi pesar, todo era paz dentro de mí y a mi alrededor, me abrumaba la bonititud, todas y cada una de las personas que disfrutaban del cálido atardecer paseando por el laberinto de callejuelas o inmersos en animadas charlas en las terrazas de los bares irradiaban bondad y amistad, e os mornos raios últimos do solpor agarimaban lenes ata que a súa lenta extinción deu paso a un tenue pero tépedo luar que terminó de cederles definitivamente el protagonismo a las luces de las plazas y al escenario con música en directo que siempre aparecía tan pronto se perdía en la distancia el murmurio del anterior. Y uno de los momentos que mejor recuerdo fue la larga conversación telefónica que mantuve con Julia, la persona en la que más me hizo pensar ese lugar, a tres mil kilómetros de distancia de donde estaba ella, sentado en los escalones de un edificio de la plaza llamada Doma laukums.


***

El 10 de junio de 2017 volvía a bajar de un avión parecido, pero de noche, sobre las 22:30. Había reservado el mismo hostal de la vez anterior, porque si era barato y había quedado contento (¡leche gratis!) era una pérdida de tiempo ponerme a mirar otros. Os lo recomiendo, se llama simplemente Riga Hostel, está en Merķeļa iela 1, esquina con Marijas iela, y se entra a través de un McDonald's. En ese momento no tenía la dirección porque me había olvidado de apuntarla, pero al sacar el mapa que aún conservaba del año pasado me acordé perfectamente de la ubicación y del nombre de la calle. Fui al kiosco de la vez anterior, una chavala distinta (creo) me dijo que el billete ya no se compra allí y que fuera a la parada, le pagué al autobusero directamente y me llevó al hostal. Dejé las cosas (misma habitación, misma cama) y le pregunté al recepcionista dónde podía cenar a la hora que era, casi medianoche. Me nombró un par de sitios con poca convicción; fui a uno de ellos, Folkklubs Ala, y no me dieron de cenar porque ya habían cerrado la cocina, pero me quedé porque había un grupo folki tocando encima de un escenario y había un ambientazo de la leche. Así que pedí un zumo de manzana y me senté en un taburete a ver el final del concierto. Tocaron la música del Tetris. El bar está tremendo, todo lleno de madera y con motivos folklóricos y cosas en ese plan, y además es enorme. Me acordé de Julia otra vez (es que cuando no me hallo rodeado de historia del arte me veo inmerso en etnomusicología, y ella tiene carreras en las dos cosas y hace investigación y escribe libros), pero esta vez sólo le mandé un mensaje. Aquí dos vídeos, para que os empapéis del espíritu. U os salpiquéis un poquito.




Salí de allí con el estómago aún vacío. Pronto encontré el lugar que necesitaba: un comedor autoservicio de pierogis, o pélmeñi, o como los quieras llamar. Me llené un cuenco con ensaladilla y otro con pierogis, y una vez trasvasado el contenido de dichos cuencos a mi estómago me fui a dormir.

Por cierto, que mientras me dirigía del hostal al folkklubs me salió al paso una tipa joven, guapa y sonriente que me pedía comida. Había un supermercado cien metros más allá, ella misma me lo estaba señalando además, así que le dije: venga, va. Hay que concederle a la gente el beneficio de la duda, y si lo que necesita es un sangüis, no me cuesta nada comprárselo. Mientras caminábamos me iba soltando un discurso para convencerme que más bien me desconvencía: que no tenía ni una peseta ni siquiera en su casa, que no tenía nada de comer... todo con una alegre sonrisa. En el momento en el que tomó la delantera y, con no sé qué vago motivo, quiso cruzar la calle en una dirección que se apartaba de nuestra ruta —yo veía el supermercado perfectamente—, me di la vuelta y retomé mi camino anterior. A los pocos segundos oí tacones rápidos, tloctloctloctloc, y pronto me dio alcance. «¡Plís! ¡Ay níd fúd! ¿Yú dónt vónt tu help mí?» Le dije que se viniera conmigo a buscar un perrito caliente, me repuso que no tenía tiempo, y la mandé a paseo.

Volvamos a nuestro relato. Estábamos durmiendo. Al día siguiente me levanté en hora porque quería aprovechar la mañana. Lo tenía todo planeado al milímetro. Debía salir del hostal con tiempo de ver un poco del barrio art nouveau y desayunar. A las once, paseo guiado que duraría hasta la una; y a las dos empezaba la visita guiada del Museo de las Ocupaciones, que no, a pesar de su nombre y a diferencia de lo que muy lógicamente pensó mi madre, no trata de artes y oficios, sino de invasiones militares. Esta visita duraría de dos a tres, tras lo cual yo cogería el autobús al aeropuerto para estar allí sobre las cuatro y despegar a las cinco y veinte.

Me levanté en hora, como digo. Primero fui a ver la estatua de la Libertad, porque tenía antojo y queda casi de camino, y después continué hacia el barrio art nouveau, que no conocía aún, para desayunar y ver edificios. Tras fotografiar tres o cuatro fachadas me senté en la terraza de una cafetería toda elegante. La chavala tardó más de veinte minutos en servirme un maldito capuchino y un cacho de tarta que yo mismo le había señalado en el mostrador, así que tuve que tomármelos más rápido de lo que habría querido y salir pitando hacia la iglesia de San Pedro, que es de donde partía la visita guiada gratuita a las once en punto. No sé si conoces el concepto de visita guiada gratuita, pero mola cantidubi: es lo que su nombre sugiere, te puedes unir con el recorrido empezado si quieres o pirarte por la mitad, y al terminar le pagas la voluntad al guía. O no le pagas nada, pero nadie hace eso. Suelen durar dos horas de media, yo suelo dar entre 5 y 10 €, y si bien muchas veces te cuentan mitos como verdades (depende del guía), siempre aprendes montones de cosas que luego puedes corroborar en libros o internet si te da la gana. Siempre que voy a una ciudad nueva, sobre todo si voy solo, una de las primeras cosas que hago es buscar en internet free walking tour [ciudad]. Llegué mientras el chaval hacía la introducción. Paso a mostraros fotitos.



Estatua de la Libertad



Barrio art nouveau


Catedral ortodoxa


Doma laukums


Los tres edificios más antiguos de Riga (1646, ¿ves?)

Como bien había calculado, terminamos sobre la una en un bar del centro. A continuación comí en el McDonald's que encontré a pocos metros, y a la hora de inicio de la visita del museo estaba mirando las postales y libritos de la tienda de recuerdos, esperando a que nos llamaran para comenzar.

Tanto el guía de la ciudad como el del museo, y como gran cantidad de indígenas, eran muy altos y muy rubios y muy de ojos claros. Gustavs y Eduards, si no recuerdo mal. El del museo quizá no era tan alto, pero tenía unos ojos que yo creo que irradiaban cosas. Mirarlos de frente me producía una mezcla de inquietud y fascinación, más si mantenía la cara seria que mantuvo durante casi toda la hora. En la visita nos contó lo mal que le fue a Letonia durante todo el siglo XX. Primero eran parte del Imperio ruso. Después se independizaron, independencia que duró aproximadamente dos o a lo sumo tres telediarios. Luego, los ministros Molotov y Von Ribbentrop se repartieron el mapa y Letonia cayó del lado soviético, que fue la siguiente invasión, en 1939. Horror y pavor durante un año, vagones de campesinos deportados, etcétera. Luego volvieron los alemanes, a los que veían como liberadores, hasta que vieron que se empezaban a llevar un montón de peña también y que no estaban cumpliendo con las promesas de devolver las tierras y negocios expropiados. Eduards nos contó que en una aldea pequeñaja, de esas de 200 personas donde todo el mundo se conoce, había dos mujeres judías... y en dos o tres años de ocupación, los alemanes no las tocaron, porque no sabían que eran judías; el resto del pueblo lo sabía perfectamente, pero se limitaron a no abrir la boca. Durante esta época hubo letones que lucharon en el bando rojo y letones que lucharon en el bando nazi, dependiendo de cuál consideraran el mal menor (alguno habría que compartiera ideología, por supuesto, pero en general, ni unos ni otros habían tratado con ningún respeto a los letones), y como ya sabemos, el bigote grande venció al pequeño. De la subsiguiente segunda época socialista, que llenó la mayor parte de la visita porque también llenó la mayor parte del siglo, Eduards nos contó la historia de su abuela, que estuvo deportada en Siberia muchos años, porque una suegra o cuñada o algo así a la que no le caía bien fue a chivarse a las autoridades de que su familia había tenido contratada a una chacha; es decir, que eran explotadores del trabajo ajeno. Sin más dilación pusieron a la familia entera en un tren y se los llevaron a todos. La acusación, nos dijo, no sólo era falsa sino también absurda, porque en la familia eran bastante pobres e incluso ellos mismos trabajaban limpiando. «But that’s communism», remató*.

No ser religioso no implica desaprovechar edificios

*Si te interesa este tema, te recomiendo una novela llamada Purga, de la autora finlandesa Sofi Oksanen. A través de una anciana y una joven te cuenta no sólo la historia de estas tres ocupaciones, sino también la de la caída de la URSS y sus consecuencias, todo desde el punto de vista de esas dos personas. No está ambientada en Letonia, sino en Estonia, pero da igual porque los tres países bálticos pasaron exactamente por las mismas fases al mismo tiempo. Eso sí, te aviso de que es el libro más deprimente que leí en mi vida, y que de haberlo sabido ni lo habría empezado, de hecho no sé cómo logré terminarlo. Desgracias de principio a fin, personajes odiosos, situaciones descorazonadoras. Pero reconozco que es muy muy bueno, y hasta las escenas más duras están contadas de manera elegante. Está traducido al gallego pero me pareció mejor la traducción española.


Al terminar pasé de nuevo por la tienda de recuerdos, en la que hay muchos libritos delgados, y me compré uno bilingüe en letón e inglés sobre la historia del ejército de Letonia en el siglo XX a través de carteles propagandísticos. Saliendo de la tienda me crucé con el guía y le pregunté si no era bastante difícil hacer esa visita en ruso. Me respondió: «No te creas. Al fin y al cabo, letones y rusos sufrieron por igual, y tanto unos como otros tienen historias similares en sus familias». Luego hablamos un poco sobre la guerra de Ucrania y cómo los casos de Crimea y el Dombás, a pesar de las apariencias, son muy distintos. Tras unos minutos de charla, nos despedimos muy amistosamente y me fui de allí a fume de carozo. Eran las tres y veinte ya. Fui corriendo hacia el albergue, me paré en seco para hacer una foto...



...y seguí corriendo, subí al hostal, cogí las cosas, bajé, me metí en un autobús y llegué al aeropuerto con una hora de sobra como un campeón.

Hasta subí al avión de primero.

Wednesday, July 5, 2017

Píldoras de Europa del Este: mayo y junio 2017




Recopilación de publicaciones de la página de Facebook ¡Europa del Este! correspondientes a los meses de mayo y junio.

Monday, May 22, 2017

Trámite burocrático en dos actos

ACTO I
Budapest, miércoles 3 de mayo de 2017, 16:30

—Buenas tardes. Vengo a por el formulario A-38.
—Lo siento, estamos cerrados.
—Pero si ahí pone que cierran a las cinco, y la puerta está abierta y usted está en la ventanilla.
—Sí, pero el servicio de formularios A-38 es hasta las cuatro solamente. ¿Tiene todos los papeles?
—Tengo.
—Excelente. Vuelva usted mañana.


ACTO II
Budapest, viernes 5 de mayo de 2017, 15:54


—Buenas tardes. Vengo a por el formulario A-38.
—Lo siento, estamos cerrados.
—Mi reloj dice...
—Ya, bueno, faltan cinco minutillos, pero vamos, que estamos cerrados. Vuelva la semana que viene.
—Mire. He venido corriendo, puede ver que vengo jadeando y sudando. Por mi trabajo no puedo venir antes. La semana que viene vamos a estar en la misma.
—Ya... jo... Pues menuda. En fin, la semana que viene le atenderemos.
—Vamos a ver. Vine el miércoles a una hora a la que supuestamente estaba abierto y me mandaron para casa. Ayer no pude venir. Hoy pude venir in extremis. La semana que viene va a ser igual, le digo.
(Suspiro.) A ver, ¿tiene todos los documentos?
—Sí, aquí están.
—¿El billete también?
—El billete también.
—Veamos pues, démelos. Ajá... Ajá... Falta el formulario de solicitud. Tenga, la semana que viene lo trae todo y lo tramitamos.
—El formulario está ahí, fíjese bien.
—Ah, sí. Ajá... Ajá... Vaya, pero falta un billete. Tenga, imprímalo y tráigalo otro día.
—Ahí está también.
—Ah, sí. Ajá................................. ¿Trae el dinero? (Tiende los papeles.)
—Sí.
—Hm. ¿En metálico? (Tiende los papeles.)
—Sí.
—Hm. ¿Veinte mil florines? (Tiende los papeles.)
—Sí.
—Hm. Veamos pues... ¿Estas son las fechas...? ¡Oh, pero si es para el día 30! El trámite del formulario A-38 dura sólo una semana, ¡hay tiempo de sobra! Es usted un ciudadano con suerte. Tenga, vuelva la semana que viene y con mucho gusto se lo tramitamos. Ojo, que lunes y martes libramos. Venga el miércoles. Aquí tiene.
(Suspiro.) Por favor, créame. No me resulta fácil llegar antes de esta hora. Vamos a estar en la misma situación.
(Suspiro.) A ver. Veinte mil florines, por favor.
—Tenga.
—Un momento.
—Espero, gracias.


—Aquí tiene el resguardo. Sus documentos se quedan aquí. El trámite es una semana. El lunes y el martes libramos, abrimos el miércoles, así que venga a por el formulario A-38 dentro de dos miércoles.



Wednesday, May 17, 2017

Documental sobre Ucrania: «El año del caos»




Cuando empezó todo el embrollo ucraniano del Maidán, sobre todo desde la huida del presidente Yanukóvich, y hasta que se empezó a estancar la subsiguiente guerra civil, es decir, desde febrero hasta junio del 2014, estuve siguiendo todas las noticias al día, a ratos incluso al minuto, de manera casi febril; y lo hice, sobre todo, siguiendo blogs y cuentas de Twitter de periodistas que se hallaban sobre el terreno. Algunos de ellos eran Alberto Sicilia (@pmarsupia, que hablaba en La Sexta), Pablo González (@pabvis, de Gara), Carlos Franganillo (@cfranganillo, en ese momento corresponsal de TVE en Moscú), Mikel Ayestaran (@mikelayestaran)... y Ricardo Marquina (@rusiasemueve), que en un momento dado empezó a contar que estaba preparando un documental. Desde entonces, de vez en cuando echaba un vistazo a ver si lo tenía terminado... y me medio olvidé bastante tiempo, hasta que, no hace mucho, volví a buscarlo y encontré que estaba en Youtube desde mediados del 2015. Yo pensaba que saldría, si no en DVD, al menos en alguna plataforma de pago, y estaba dispuestísimo a gastarme lo que costara, la verdad. Pero no: está en el Youtube, entero y en alta definición. Lo vi entonces, volví a verlo ayer con mi amigo Edwin, que era medio escéptico y le gustó mucho también, y hoy decidí compartirlo con todos buzotros.

Me hizo mucha ilusión verlo por dos razones. Una, que salen varios periodistas que conozco: los mencionados Franganillo y González, Xavier Colás (de El Mundo), Leticia Álvarez, todos ellos personas que llegué a sentir casi como viejos conocidos de vez en cuando, aunque casi nunca interactuase con ellos. Dicho así puede sonar un poco raro, pero piénsalo: ¡leí cada palabra que escribían públicamente durante meses! No sólo tuits, sino también sus artículos, blogs y vídeos. Y aprendí muchísimo con todo ello: sobre periodismo, sobre Ucrania y Rusia, sobre geopolítica, sobre propaganda y polarización de la sociedad... Por cierto, a Alberto Sicilia, que desafortunadamente no sale en el documental, me lo encontré en septiembre del 2015 en una estación de Budapest llena de refugiados y me hice una foto con él y todo, en plan fan total. Y Pablo González dio una conferencia con el fotógrafo Juan Teixeira a veinte minutos de mi casa que me perdí porque me enteré tarde (contentito quedé ese día).

La segunda razón es que es justo como me esperaba: maravillosamente neutral. Y digo que me lo esperaba porque es lo mismo que vi en ellos durante todos esos meses; cada uno tendría su opinión y de vez en cuando debatían, pero en lo referente a hechos y datos, la objetividad era impecable. En el documental, por ejemplo, sale una persona diciendo que lo de Kiev no fue un golpe de estado justo antes de otra que dice que sí se lo pareció. Sale un bombardeo de posiciones civiles, en principio de autoría dudosa, que luego se demuestra claramente que venía del ejército ucraniano, y un rato más tarde sale otro igual, en otra ciudad, pero que vino del lado prorruso. Te cuenta, mediante entrevistas a periodistas en set y a civiles a pie de calle, y exclusivamente con material grabado por el propio Marquina, cuánto hay de putinesco en la supuesta invasión y con cuánto apoyo local cuenta esa invasión. Los grandes periódicos españoles sólo se obsesionaban con Putin, y hablaban del «régimen» de Yanukóvich y del «Gobierno provisional» de Kiev; quería ver yo, si pasara en Berlín lo mismo que en el Maidán, si hablaban del «régimen» de Merkel y llamaban de la misma manera al grupo de manifestantes que hubiera tomado el Reichstag. Alguno me dirá que en esos grandes medios también trabajan periodistas, incluso los que yo seguía; valga como respuesta lo que el propio Marquina dijo a Efe, con negrita mía:
¿Por qué periodistas? Porque me consta que, de los que están ahí, ninguno miente. Cuentan lo que ven, luego a veces los medios pueden tergiversar, pero ellos son gente de la que me fío, que me merecen todo el respeto porque han arriesgado su vida.
Espero que os guste el documental.


Algunos nombres que quizá pillen a alguno desorientado:

Yanukóvich: antiguo presidente, derrocado.
Partido de las Regiones: el de Yanukóvich.
Berkut: unidad especial de la policía ucraniana, disuelta 2 días después de que escapara Yanukóvich.
Rada: parlamento ucraniano.
Guardia Nacional: cuerpo militar creado porque, según la Constitución ucraniana, el ejército no puede disparar contra ciudadanos ucranianos.
Donbass: llanura del río Don, que tiene una parte en Ucrania y es justamente donde están las regiones separatistas de Donetsk y Lugansk.
Novorossia o Nueva Rusia: nombre histórico de la parte sureste de Ucrania.
Hasta la vista, separatista: temazo que ojalá fuera canción del verano.

Thursday, May 11, 2017

Píldoras de Europa del Este: abril 2017




Recopilación de publicaciones de la página de Facebook 
¡Europa del Este! correspondientes al mes de abril. 

Wednesday, May 10, 2017

Bogrács en Tata

Cseke-tó, 6·V·2017


Tanto mis compañeros de la oficina como yo vivimos en Budapest (al menos durante la semana), a excepción de una persona: Orsolya, Orsi para los amigos (y Úrsula para los clientes), que vive en un pueblo más al norte llamado Tata y que se chupa hora y media de ida y otro tanto de vuelta cada día. Muchas veces salimos de fiesta toda la panda, pero como ella siempre falta por lo lejos que vive, el mes pasado nos dijo: el 6 de mayo os venís toda la montaña a mí. Y eso es lo que hicimos este sábado.

El plan era más bien vago. Vago para los invitados, porque Orsi tuvo que comprar previamente la comida y preparar una tarta cuajonuten; pero luego simplemente pasaríamos el día en el bar con terracita, propiedad de amigos suyos, que está junto al lago Cseke, pronunciado cheque, como el del portador. La comida fue carne de ciervo preparada en bogrács. Bogrács se pronuncia «bógraach» y consiste en un caldero que cuelga de tres palos con una cadena, muy enxebre, aunque este era de diseño minimalista escandinavo y en lugar de tres palos tenía uno solo en forma de L:


Tuesday, April 4, 2017

Danubio semihelado

Era domingo y no hacía mal día, pero sí hacía frío, y en general no me apetecía nada salir. Sin embargo, como sé que el apalancamiento lleva al hastío al final del día y con el hastío al final de un domingo ya no hay nada que hacer más que comérselo con patatas, y como de vez en cuando recuerdo una frase muy de libro de autoayuda que dice que para que pasen cosas interesantes hay que salir de casa, decidí coger la cámara grande y visitar la tumba de Gül Baba, porque la vez que fui estaba en obras. Me abrigué, bajé a la calle y me metí en el tranvía. –10 ºC teníamos este día, ocho de enero. Cuando cruzamos el puente de Margarita miré distraídamente por la ventana hacia el sur, porque es una vista bonita y me gusta hacerlo, y me encontré con esta estampa:


La diferencia entre la tumba de Gül Baba y el hielo de un río centroeuropeo es que lo primero está en el mismo sitio todo el año y lo segundo no. Además, entre que iba y venía, iba a estar poniéndose el sol ya, lo que me impediría hacer fotos decentes. Tardé una parada más en hacer este complejo razonamiento, pero finalmente me bajé del tranvía y retrocedí unos metros. La posición desde el puente daba pocas posibilidades; por suerte, la isla Margarita, que da nombre al puente, está justo debajo, así que bajé a buscar otros ángulos y tirarme en el suelo en posturas graciosas y hacerme el fotógrafo en general. He aquí un extracto de las imágenes cosechadas ese día. Pínchales encima para agrandarlas.

Actualización: ahora también disponibles en el Facebook de Mochila Feliz, con un visor más cómodo.


Esta tiene pájaros, ¿los ves?






No pude evitar acordarme del conde István Széchenyi, que en 1820 no pudo ir a funeral de su padre porque el río estaba igual que este día y tuvo que esperar una semana para poder cruzarlo, lo que le llevó a prometer que por sus condales cojones se iba a construir, bajo financiación suya, un puente permanente en Budapest: el que aún lleva su nombre, Széchenyi Lánchíd. Puente de las Cadenas en castellano. Pero nosotros seguimos en el de Margarita.












Y mi foto favorita:



Después de todo esto seguí mi camino hasta el mausoleo del poeta otomano, para encontrarme que, un año y cuatro meses más tarde, sigue en obras y no se puede visitar. Bajé por la antiquísima calle a la que da nombre, y para terminar el paseo fui hacia el metro caminando no por la carretera que pasa junto al río, sino por la paralela, gracias a lo cual me topé con dos cosas que nunca había visto antes:


La plaza de Józef Bem, general polaco que apoyó a los húngaros en la revolución de 1848 contra los Habsburgo y lugar donde, icónica y en absoluto casualmente, empezó la de 1956 contra los soviéticos.


Y esta estatua de Tarás Shevchenko, una de las más grandes figuras de la literatura ucraniana, aunque no sé muy bien qué pinta ahí.

Resultado: Grilo uno, hastío cero.