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Monday, April 1, 2019

Budapest: Isla Margarita una mañana de primavera


Aprovechando los pocos días que los cerezos y los almendros están en flor, y que esta semana tuve turno de noche, el viernes por la mañana cogí el tranvía hasta la isla Margarita para dar un paseo con Mileth en las orejas y la cámara de fotos en la mano. Hacía una mañana preciosa, con diez o doce grados de temperatura, nada de brisa y un solete maravilloso que te acariciaba la cocorota, y las únicas personas que había eran jardineros, corredores y dueños de perros, cuyos bichos peludos eran pura felicidad y no paraban de corretear y revolcarse. De ser perros, vaya.

Las fotos son todas mías. Por supuesto, no captan ni el 10% de la belleza del parque ese día, pero espero que te guste al menos alguna. Puedes agrandarlas si pinchas en ellas, y si te resulta más cómodo, puedes verlas en la página de Facebook de Mochila Feliz, en el álbum titulado Isla Margarita una mañana de primavera.

Si no ves las fotos, pincha en Read more:

Wednesday, March 27, 2019

Otra bomba encontrada en Budapest

Hablábamos hace poco de una pintada en ruso que marcaba un edificio como registrado en busca de minas y de las muchas bombas no detonadas que se siguen encontrando en Budapest. Pues bien, este lunes 25 por la tarde se encontró otra durante las obras de renovación de la plaza Vörösmarty, la más central, turística y transitada de la ciudad. Cientos de personas pisaron cada día encima de esta bomba durante los últimos 74 años. Se conoce que por allí no pasó nuestro amigo el lugarteniente Gustavev...





Fotos de index.hu, allí encontrarás más si te apetece verlas.

¡Bombas, bombaaas! ¡Exta sí! ¡Exta no! ¡Exta me gusta pero no explotó!

Thursday, February 14, 2019

El graffiti del buscaminas ruso


Una de las cosas más chulas que encontré en Budapest recientemente es esa pintada en ruso medio desvanecida. Dice esto:

ПРОВЕРЕНО
МИН НЕ ОБНАРУЖЕНО
„РЕФЛЕКС“
7-3-45 л-т Густавев

Traducción:

REGISTRADO
MINAS NO ENCONTRADAS
«REFLEX»
7-3-45 Lte. Gustavev

En los últimos meses de la segunda guerra mundial, cuando los rusos ya avanzaban implacables hacia Berlín, Budapest se les atragantó un poco, y desde que llegaron el 29 de octubre de 1944 pasaron 108 días hasta que la tomaron por completo, el 13 de febrero del año siguiente, hace hoy 74 años. Las consecuencias fueron montones de cosas rotas, gente sangrando cantidad y muchos explosivos no detonados, tanto proyectiles como minas. Cada poco tiempo encuentran uno de estos explosivos (generalmente en obras de construcción o similares) y tienen que paralizar y evacuar la zona donde se encuentra, y de verdad que la frecuencia sigue siendo relativamente alta a día de hoy: los tres primeros resultados de buscar en Google «wwii bomb found budapest» son noticias de 2013, 2016 y el verano pasado. Si siete décadas más tarde y con la ciudad completamente reconstruida y ampliamente expandida siguen apareciendo bombas, imagínate cuántas habría al acabar la batalla. Lo peor no son las bombas que caen desde nosecuántos metros de altura y no explotan, porque esas seguramente tampoco van a explotar si les das una patada tú, sino las minas, que están ahí puestas y ahí quedan, no cambian de bando ni se desactivan aunque reciban la circular de que la guerra terminó. Recién conquistada una ciudad, antes de hacer nada en ella hay que llevar a cabo una cuidadosa limpieza. Y en eso pasaron el día nuestro amigo el lugarteniente Gustavev y su compañía Reflex el 7 de marzo de 1945.

Tuesday, December 12, 2017

Muesli en Bartók Béla út



Buenos días a todo el mundo, y muchas gracias por acompañarme una mañana más en esta nueva edición de «Qué está haciendo Grilo ahora mismo». Hoy, tras salir de mi turno de noche, he decidido entrar a una de las pintorescas cafeterías de la avenida Béla Bartók a tomarme un café latte gigantesco mientras leo y espero a que abran las tiendas de pantalones. El destino ha querido que la primera que encontré abierta sea al mismo tiempo una galería de arte en el piso de arriba, esté llena de estanterías llenas a su vez de libros y tengan puesto un hilo musical de versiones instrumentales new age de Michael Jackson y Queen. (Añado que me pasé la mitad de la noche leyendo un maravilloso libro sobre Queen que acabo de comprar; ya mencioné el destino en la frase anterior.) Después del café, miré el resto de la carta por curiosidad y me entraron ganas de pedirme un, atención, muesli con frutas deshidratadas, puré de mango, miel, manzana, plátano y yogur. Que está cojonudo. All we heaaar is, Radio Gaga.
Kelet Kávézó és Galéria, 6 · XII · 2017 8:53





Tuesday, April 4, 2017

Danubio semihelado

Era domingo y no hacía mal día, pero sí hacía frío, y en general no me apetecía nada salir. Sin embargo, como sé que el apalancamiento lleva al hastío al final del día y con el hastío al final de un domingo ya no hay nada que hacer más que comérselo con patatas, y como de vez en cuando recuerdo una frase muy de libro de autoayuda que dice que para que pasen cosas interesantes hay que salir de casa, decidí coger la cámara grande y visitar la tumba de Gül Baba, porque la vez que fui estaba en obras. Me abrigué, bajé a la calle y me metí en el tranvía. –10 ºC teníamos este día, ocho de enero. Cuando cruzamos el puente de Margarita miré distraídamente por la ventana hacia el sur, porque es una vista bonita y me gusta hacerlo, y me encontré con esta estampa:


La diferencia entre la tumba de Gül Baba y el hielo de un río centroeuropeo es que lo primero está en el mismo sitio todo el año y lo segundo no. Además, entre que iba y venía, iba a estar poniéndose el sol ya, lo que me impediría hacer fotos decentes. Tardé una parada más en hacer este complejo razonamiento, pero finalmente me bajé del tranvía y retrocedí unos metros. La posición desde el puente daba pocas posibilidades; por suerte, la isla Margarita, que da nombre al puente, está justo debajo, así que bajé a buscar otros ángulos y tirarme en el suelo en posturas graciosas y hacerme el fotógrafo en general. He aquí un extracto de las imágenes cosechadas ese día. Pínchales encima para agrandarlas.

Actualización: ahora también disponibles en el Facebook de Mochila Feliz, con un visor más cómodo.


Esta tiene pájaros, ¿los ves?






No pude evitar acordarme del conde István Széchenyi, que en 1820 no pudo ir a funeral de su padre porque el río estaba igual que este día y tuvo que esperar una semana para poder cruzarlo, lo que le llevó a prometer que por sus condales cojones se iba a construir, bajo financiación suya, un puente permanente en Budapest: el que aún lleva su nombre, Széchenyi Lánchíd. Puente de las Cadenas en castellano. Pero nosotros seguimos en el de Margarita.












Y mi foto favorita:



Después de todo esto seguí mi camino hasta el mausoleo del poeta otomano, para encontrarme que, un año y cuatro meses más tarde, sigue en obras y no se puede visitar. Bajé por la antiquísima calle a la que da nombre, y para terminar el paseo fui hacia el metro caminando no por la carretera que pasa junto al río, sino por la paralela, gracias a lo cual me topé con dos cosas que nunca había visto antes:


La plaza de Józef Bem, general polaco que apoyó a los húngaros en la revolución de 1848 contra los Habsburgo y lugar donde, icónica y en absoluto casualmente, empezó la de 1956 contra los soviéticos.


Y esta estatua de Tarás Shevchenko, una de las más grandes figuras de la literatura ucraniana, aunque no sé muy bien qué pinta ahí.

Resultado: Grilo uno, hastío cero.

Monday, November 7, 2016

Testimonios de la revolución húngara de 1956

El pasado día 23 de octubre fue el 60.º aniversario del inicio de la revolución popular que se inició en Budapest contra la influencia de la Unión Soviética en la política de Hungría, país que se suponía independiente y soberano pero en la práctica estaba sujeto a los intereses de Moscú. El martes 23 de octubre de 1956, las calles de Budapest se llenaron de manifestantes, tiraron la estatua de Stalin, esa misma noche entraron los tanques rusos, se les fue todo a todos de las manos y dos semanas más tarde había muerto un montón de gente, se habían roto cantidá de edificios, pero las leyes se quedaron como estaban. Viene todo muy bien contado en la Wikipedia.

De Sztálin sólo quedaron las botas.
Foto: Gyula Nagy, Fortepan.hu

Con motivo de este aniversario, la ciudad estuvo todo el año empapelada de carteles enormes sobre el tema, y durante un mes se hicieron montones de actividades relacionadas con la revolución. Una de esas actividades fue un congreso de un día, el 11 de octubre, organizado por el Danube Insitute y realizado en inglés. Como por aquí no se hacen muchos congresos sobre temas históricos en idiomas que yo entienda, no quise dejar pasar la oportunidad. Al final, debido a que la noche anterior no había dormido más que tres o cuatro horas, me perdí la mayor parte del congreso (cuando se te cae la cabeza, eres incapaz de mantener los ojos abiertos y no sigues el hilo de absolutamente nada, tienes que admitir tu derrota y pirarte a casa), pero por suerte me mantuve perfectamente despierto en la parte que más me interesaba: la de los testimonios de dos señores, Gyula Várallyay (79 años) y János Horváth (95), que participaron directamente en la revolución. Tanto me gustaron sus intervenciones que tomé notas para poder hacer un resumen aquí.

Cartel de la plaza Blaha Lujza. Foto sacada de aquí.

Várallyay empezó su relato listando tres puntos que considera de gran importancia: uno, que los estudiantes desempeñaron un papel primordial en la revolución; dos, que en esa época los universitarios gozaban de gran prestigio; y tres, que aunque la hubieran iniciado estudiantes, hubo una gran solidaridad para con ellos por parte de otra gente que, o bien se unió, o les ayudaron de alguna manera.

La manifestación con la que se inició todo el embrollo se gestó el día 22 en la Universidad Técnica de Budapest, en una reunión que empezó al principio de la tarde y se alargó hasta la medianoche y durante la cual se redactó una serie de exigencias en 16 puntos. Várallyay era uno de los aproximadamente 2.000 participantes, y cuenta que allí fue donde alguien preguntó en voz alta por qué rayos había tropas rusas en suelo húngaro, tras lo cual se gritó por primera vez lo que se convertiría en la principal consigna: ruszkik haza (ruskis a casa). Buena parte de estos estudiantes vivían en la residencia universitaria de la cercana avenida Béla Bartók, donde sucedió una escena curiosa. Corría el rumor de que a la estación de Kelenföld, ubicada a las afueras al oeste de la ciudad, estaba llegando ayuda desde Austria. Ni cortos ni perezosos, los estudiantes pararon un camión que pasaba por delante de la residencia y le dijeron al conductor: mira, necesitamos que nos lleves a Kelenföld a por unas cosas. Les respondió: vale, pero se me está acabando la gasolina. Entonces fueron a un lugar cercano a pedir gasolina, donde se la dieron y les desearon suerte. Más adelante se enteraron de que eso era un centro de inteligencia militar. (Sí, como estarás pensando, la purga que hubo en los meses siguientes en el ejército fue muy divertida también.)

Nótese la sombra del objeto arrancado.
Foto: Gyula Nagy / Fortepan.hu


Horváth, que entonces ya tenía 35 años y había vivido los convulsos años 30 y 40, contaba que había estado en la cárcel unos años antes, donde había conocido, entre otros, a gente de la Cruz Flechada, el partido nacionalsocialista húngaro. Ese 23 de octubre, hacia la tarde, cuando ya una gran riada de gente se dirigía hacia el Parlamento y los viejos, emocionados, los saludaban desde las aceras agitando un pañuelo, vio a varios de esos cruces flechadas, que iban a su bola en otra dirección. Habló con ellos, les preguntó por qué no se unían, y dijeron: «eso es cosa de comunistas, no nos interesa». Efectivamente, es importante subrayar que el líder político al que aclamaban los manifestantes, Imre Nagy, era comunista; reformista, sí, pero leal al partido en todo momento. Con todo, Horváth recordó un instante que le emocionó, que fue cuando, ya reunida la masa detrás del Parlamento, Nagy comenzó su discurso, no con el clásico «camaradas proletarios», sino con un Magyar testvérek!, «¡Hermanos húngaros!».

En los días siguientes ya no hubo manifestantes de paseo ni tranquilos discursos, sino tanques y cócteles molotov y pumpún y aaaaa. Sin embargo, siendo este un país cuya población no tiene en general más escrúpulos que la española, llama la atención que no hubiera saqueos. Había escaparates rotos por doquier, había cajas abiertas en las que se recogía dinero para la revolución, y ni entraban a robar a las tiendas ni se vaciaban esas cajas si no era para gastar el dinero en quello para lo que estaba pensado. Algunos no perdieron el humor: contaba Várallyay que en un momento dado andaba por una calle un tanque que disparó, y alguien gritó: «¡Eh, no disparéis! ¡Que hay gente!». Otra cosa que señaló el mismo testigo fue que incluso los házmester, que no me queda muy claro si son conserjes o porteros o ambas cosas, se pusieron del lado de los manifestantes. Los conserjes en general tenían fama de arrimarse al sol que más calienta, que a finales de la guerra eran los más fascistas y después los más comunistas, y le sorprendió que alguno de ellos, a verlos pasar, les abriera la puerta y les dijera: eh, chavales, meteos aquí si queréis refugiaros. Por lo visto, hasta los policías azules apoyaron a los revolucionarios; no sé qué narices eran los policías azules, pero el señor lo mencionó como algo sorprendente, así que debía de serlo.

La «Caja de comunidad» del Monopoly.
Foto: István Papp / Fortepan.hu

Por último, es interesante señalar algo que Horváth recalcó bastante. En esos días corrían rumores de que, si los revolucionaros aguantaban un par de semanas, vendrían los yanquis, o los occidentales, o qué sé yo quién, a ayudarles en su lucha. Sin embargo, sólo fueron eso: rumores, aunque mucha gente se los tomara en serio y se siga mencionando sesenta años más tarde. Según él, nunca hubo ninguna declaración oficial por parte de países occidentales que afirmara que fueran a mandar ayuda, y es exactamente lo que sucedió. El 4 de noviembre, tras unos días de relativa tranquilidad, Moscú mandó volver a meter los tanques y atacar sin contemplaciones. Seis días más tarde se rendían los últimos revolucionarios.

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En cuanto a mí, el día del congreso comí gratis, porque daban, y me llevé también varias revistas de temas históricos y políticos que tenían para coger. O sea que ni tan mal. Quizá habría sido interesante haber escuchado más ponencias, pero tengo que decir en mi descargo que todas en las que estuve presente, que fueron como el 70% (otra cosa es que estuviera despierto), y a excepción de las de estos dos señores, eran leídas; y una ponencia leída se me hace muy difícil de seguir, ya sea sobre Moonsorrow. Ahora acabo de pasar todo el domingo metido en casa escribiendo esta entrada y buscando fotos y demás —por eso publico con tan poca frecuencia— y voy a aprovechar para dejar enlaces a un par de sitios molones que encontré:

- Las ubicaciones de las fotos más famosas, en 1956 y ahora. Dieciocho.
- Fotos de la revolución de Gyula Nagy. Quinientas cincuenta y una. Tanques rotos, casas rotas, estatuas rotas y colocadas en posturas graciosas. El enlace te lleva a la primera.