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Saturday, March 22, 2014

Ucraína mon amour


Me están rompiendo Ucrania. Estuve tres veces en ese país y le cogí muchísimo cariño, aunque no sabría decir exactamente por qué (ni inexactamente tampoco). Quizá recordéis que no hace mucho comenté que me gustaría volver este verano y, al acabar la carrera, quedarme allí indefinidamente. Ahora ya no tengo tan clara ninguna de las dos cosas, y si visteis un telediario o abristeis un periódico en los últimos tres meses seguro que sabéis por qué. Todo empezó en noviembre con una manifestación: vale, una más, un poco gorda pero ya pasará. Luego se convirtió en una acampada; de acuerdo, un 15M, o un Gamonal, si quieres. Pero luego empezó a crecer, en enero el gobierno decretó leyes “de seguridad ciudadana”, que es como las llamamos aquí, aquello siguió yendo a más, hasta que en febrero hubo uno o dos días en los que murió un montón de gente, y al final el presidente Yanukóvich se fue del país. A los habitantes de Ucrania que se consideran étnicamente rusos les entró el miedo, Putin vio una oportunidad de oro (la papaya que dice siempre Diana Uribe) para proteger a sus ciudadanos y de paso diversos recursos y situaciones estratégicas, y así el foco pasó de la ciudad de Kiev a la península de Crimea.

Estuve siguiendo todo este asunto con creciente interés según se iba desarrollando, especialmente desde febrero, y hay días que me paso dos o tres horas leyendo noticias, artículos, crónicas y reportajes sobre el asunto, en medios de distintos pelajes y colores: además de los periódicos que me enseña Google Noticias, están el blog Zyalt (tiene algunos artículos en inglés, así como un montón de fotos para cuyos pies un traductor automático es ayuda suficiente), el twitter y blog Principia Marsupia, el twitter del periodista Pablo González y montones de otras entradas de blog o artículos de webs diversas; más abajo pondré algunos enlaces. Una sobredosis de informaciones, no necesariamente contradictorias, pero en general sí bastante diferentes, que viene muy bien para tener una visión de conjunto, pero al mismo tiempo no sé qué creer. Lo que me pone malo es el enfoque de la tele y los periódicos grandes de aquí. Leí una frase en internet que me hizo gracia: “Lo de Gamonal era ETA, pero lo de Kiev es la fiesta de la democracia”. Flipo con la manera en que llaman represión policial a la represión policial y defensa ciudadana a los ataques de algunos grupos que sí están armados y organizados, y cómo omiten descaradamente (o al menos no vi que lo mencionaran) la orientación abiertamente filonazi de dichos grupos. O dicen "Rusia considera que son fascistas".


Por un lado está la propaganda rusa y por otro, la occidental. El presidente Yanukóvich fue elegido democráticamente, cosa que ningún ucraniano parece poner en duda. Sin embargo, los dirigentes y personalidades occidentales van a las barricadas de Kiev a hacerse la foto y a apoyar al pueblo en una revuelta contra un gobierno legítimo; eso no encaja. El que los periódicos pinten todo este asunto de lucha por la libertad huele a quemado. Luego están los rusos, con la poderosa Russia Today (RT) a la cabeza, que insisten en lo peligrosa que es esta gente, que son nazis y que es un golpe de Estado; con esta visión coinciden los medios de izquierdas también. Lo que dicen los periodistas independientes es que ni tanto, ni tan calvo.

En las barricadas de Kiev había muchísima gente, de distintas ideas: proeuropeos, antieuropeos, prorrusos, antirrusos, nacionalistas, fascistas, socialistas y whatnot. Sí parece ser cierto que los que estaban en la primera línea de los enfrentamientos con la policía, organizados y armados, eran los de Svoboda y Pravi Sektor, dos pandas de nazis recalcitrantes, que también son los que tomaron varios ayuntamientos y edificios públicos y los decoraron con banderas rojas y negras (no, no son anarquistas precisamente) e imágenes de líderes de su ideología. Como son los que más ruido hacen, acaparan la atención, y supongo que también tendrán bastante poder si hicieron lo que hicieron, pero no tengo nada claro que eso fuese lo que querían todos los chorropotocientos manifestantes de Maidán.

Luego está Crimea. Hay unas cuantas regiones de mayoría rusoparlante en Ucrania, pero la diferencia entre Crimea y las otras es que Rusia en las otras no tiene concesiones portuarias hasta el año 2042 renovables y en Crimea sí. Desde hace uno o dos siglos, esa península es un importante punto estratégico para Rusia en el mar Negro. A mediados del siglo XX, a Nikita Jrushov se le ocurrió la feliz idea de anexarla a Ucrania; total, somos la URSS y todo es de todos y da igual de quién sea sobre el papel. Lo que don Nicéforo no se esperaba es que ese país se independizaría en 1991, y entonces sí importaría qué es de quién. En cualquier caso, hay otro detalle muy importante, que es que quienes allí viven, en su aplastante mayoría, se consideran rusos, y de repente se vieron oficialmente convertidos en ucranianos porque Jrushov se levantó graciosete ese día de 1954. De hecho, con la independencia también hubo líos de quién se quedaría con Crimea, y al final acordaron que sería ucraniana pero los barcos rusos se quedarían. Me refiero a barcos de guerra, claro, y el puerto es una base militar naval o como se llame.

En Crimea no sólo hay rusos y ucranianos, también hay tártaros, que estaban allí desde el año catapún. En el siglo XVIII, la península pasó de manos turcas a rusas, y el Imperio empezó a hacerles jugarretas a los tártaros y a enviar población rusa; pero luego vino el socialismo, que respetaba las minorías, y entonces ya vivieron más o menos tranquilos con los rusos, hasta que un bello día un puñado de divisiones alemanas invadió la URSS por ese lado y algunos tártaros decidieron ayudarles. Acabada la guerra, como castigo, Stalin los deportó a TODOS a Uzbekistán; la población tártara en Crimea quedó a cero. A lo largo de las décadas siguientes, algunos fueron volviendo poquito a poco, y cuando cayó la URSS hubo muchos que decidieron reinstalarse en el lugar original de procedencia de sus familias. Hoy por hoy, los tártaros no quieren saber nada de Rusia.

El 16 de marzo elegimos entre esto y esto.
(Simferópol, capital de Crimea)

El pasado domingo 16 de marzo, como sabréis, hubo un referéndum en Crimea. Las opciones que aparecían en las papeletas eran: o bien declararse independientes, o bien anexionarse a Rusia. Los tártaros no votaron y los ucranianos supongo que tampoco, pero como la aplastantísima mayoría se considera rusa, ganó la anexión por goleada. El resultado estaba cantado; los países interesados reconocieron el resultado y los no interesados, no, porque de todos es sabido que las cosas son legítimas y democráticas siempre y cuando no vayan en contra de los intereses de uno; en cuyo caso son abusivas, ilegales, etcétera.

Es que es un mamoneo. No sé si visteis las exigencias de John McCain (el candidato republicano derrotado por Obama en el 2008) con respecto a Ucrania, son un descojone: básicamente es un "¡Rápido! ¡Expandamos nuestro imperio y bloqueémosle a él antes de que expanda el suyo!". Alemania, cuyo consumo de gas depende en un 40% de Rusia, pide moderación; el Reino Unido, que no depende de ese gas, pide contundencia. Occidente amenaza a Putin con sanciones como si Rusia se fuera a quedar desvalida, o como si las mismas sanciones no fueran a ser negativas también para quienes las imponen, que perderían un socio gigantesco.

La prensa mayoritaria da mucho asco también. Según los periodistas independientes que se hallan in situ, casi todo lo que sale por la tele está escandalosamente exagerado. Unos hablaban de la horrible tensión en Crimea mientras otros publicaban fotos de gente contenta ondeando banderitas en el centro de la ciudad y niños jugando tranquilamente en el parque. Unos mostraban desde todos los ángulos posibles a unos soldados disparando al aire amenazadoramente, mientras otros decían que eso había sido puro teatro. Los medios rusos insisten en que Ucrania se volvió neonazi. Los medios de aquí no sólo no muestran ninguno de los muchos símbolos neonazis que adornan las calles de, al menos, Kiev, sino que dicen que "Rusia los considera neonazis", desacreditándolo claramente. La propaganda rusa habla de proteger a sus ciudadanos bajo su cálida alita. La de aquí habla de una abusiva invasión que, por si fuera poco, apoyan los malvados ciudadanos prorrusos.

Mientras los medios anuncian máxima tensión en Crimea, soldados rusos y ucranianos están de risas en la base de Perevalnoe. Hay q vender. @ManuBrabo, 20 de marzo

Lo más difícil de explicar desde aquí: la normalidad con la que sigue la vida cotidiana a nuestro alrededor. Dando un paseo por Simferópol, sería imposible pensar q el resto del mundo mira a esta región como "zona de guerra". Imposible. @pmarsupia, 20 de marzo (1 y 2)


Además, sucede otra cosa. Crimea tendrá la historia que tenga, pero hay muchas otras áreas con mayoría rusa. No sé si se debe a los movimientos de población que se hicieron en la era soviética o a otra razón, pero el caso es que haberlas, haylas, y no son un par de regioncitas, es media Ucrania. Ahora estos ciudadanos, visto lo visto en Crimea, se dieron cuenta de que su anexión podría ser posible también y se envalentonaron. No sigo demasiado la situación en Donetsk y en Járkiv porque no conozco ningún periodista que esté allí, pero parece ser que hay manifestaciones pro lo uno y pro lo otro y que se está liando bastante gorda, porque aunque los ucranianos también sean minoría, son bastantes más que en la península del sur. (En Simferópol, la capital de Crimea, hubo dos manifestaciones opuestas el mismo día y en la proucraniana había unas 500 ó 1000 personas, mientras que en la otra había varios millares.) Por las pocas imágenes que vi, acabaron a hostias más de una vez. Ahora parece que Kiev se está acojonando y, si no estoy mal informado, prometió la cooficialidad de las dos lenguas en esas regiones. Pero quizá sea tarde ya.


Mapa de utilización del idioma ruso en Ucrania.
(Ojo, hablar ruso no es lo mismo que considerarse ruso.)

Os voy a dar mi opinión, tan razonada como sea capaz, tras leer todo lo que pude y sin ser político ni politólogo ni nada más que un pringao que abrió un blog. Cuando estuve en Ucrania la segunda vez, pasé dos días en Odessa con una crimea de Sebastopol que estudiaba allí. Cuando le pregunté qué se consideraba, me respondió categóricamente: rusa. Estaba harta del ucraniano, no porque fuera una lengua fea ni nada así, sino por la manera en que se les imponía, ya que era la única lengua oficial; me contaba, por ejemplo, que su madre a veces la llamaba por teléfono pidiéndole que le tradujera el prospecto de una medicina o una notificación que le acababa de llegar del ayuntamiento. Me parece comprensible: si toda la vida viviste en Rusia y hace veinte años tu zona se convirtió repentinamente en otro país, pero seguiste viviendo en un ambiente totalmente ruso, no es de extrañar que no entiendas un idioma que ni usas, ni se usa a tu alrededor, ni te interesa. Si ahora Aragón y Navarra se anexionan mágicamente a Francia, no creo que todo el mundo en esas regiones esté conversando en francés dentro de veinte años. Si encima esa anexión fue una idea de bombero de un inconsciente que no pidió la opinión de nadie, con más razón; ya no se debía haber permitido que la Ucrania independiente se quedase con ella, pero supongo que territorio es territorio, y como legalmente era suyo, poco habría que Rusia pudiera hacer. Sin embargo, es muy injusto, porque el territorio no es un cacho de tierra vacío, sino que viene con gente incluida en el paquete, y no poca.

Por otra parte, el que el ruso no fuese lengua cooficial me parece de traca. Inadmisible, incluso. No sé cómo los rusoparlantes pudieron aguantarlo tanto tiempo. Eso sí que me parece totalmente antidemocrático. Si hay, no sólo una comunidad importante, sino una MAYORÍA que habla un idioma en un área que abarca MEDIO PAÍS, ¿en qué cabeza cabe que su lengua no sea oficial? Un 40% ya me parecería más que suficiente para justificar una cooficialidad. Por supuesto, en Ucrania tiene que ser oficial el ucraniano, pero la cooficialidad tampoco duele, ¿no? No me entra en la cabeza, de verdad. Recientemente conocí a otra ucraniana de nacionalidad y corazón (procedente, si no me equivoco, de una zona mayoritariamente rusoparlante) que se preguntaba, contrariada, qué sentido tiene que una región tan pequeñita como Galicia tenga lengua propia, cuando lo más fácil y cómodo para todos sería que se hablase sólo castellano, o al menos sólo éste fuera oficial; "si es que además de ser pequeña, ni siquiera es independiente", argumentaba. Luego le pregunté si el ruso era cooficial en Ucrania, y me respondió que de eso nada, que cómo iba a serlo. Concho, pues mucha gente lo habla, ¿no? Da igual, insistió, el idioma de Ucrania es el ucraniano, y si un día se les ocurre hacerlo cooficial, saldré a la calle a protestar.

Es muy chungo lo de los ministros nazis en Kiev, que son cuatro de veinte o un rollo así. Cierto, son pocos en proporción, pero si están ahí significa que los otros los toleran, o que no se ven capaces de hacer nada contra ellos si es que no los toleran; y además, si se meten en determinados ministerios, pueden tener mucho peso. En la famosa plaza del centro, Maidán Nezalezhnosti (a falta de una transliteración mejor), hay puntos de reclutamiento de Pravi Sektor. El otro día, uno de los jefazos de Svoboda hizo dimitir a puñetazos al director de la tele pública ucraniana por haber emitido el discurso de Putin. Y atención, porque el viernes 21, ¡la UE va y firma un acuerdo de anexión con el gobierno provisional! ¡A dos meses de las elecciones generales que ya están programadas! ¿Estamos locos o qué?



En fin. Espero volver algún día a Ucrania, y que ese día no esté muy lejos. Espero que la gente se calme y que la vida vuelva a su curso. Lo que creo que sería demasiado ingenuo esperar es que alguien se preocupe por los ucranianos. Ucrania es el nuevo juguete de EE.UU., UE, OTAN y Rusia, hasta el punto de que, según leí, Merkel llegó a ofrecer la federalización de Ucrania a Putin a cambio de salir de Crimea; y dudo que le preguntara su opinión a ningún ucraniano.

Como dijo mi padre el otro día, "o mundo está feito unha merda".


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La foto de la cabecera es mía; compré ese llavero en Odessa, ciudad que no sé cuánto tiempo más seguirá siendo ucraniana. El resto las publicó @pmarsupia., salvo la de la bandera y el trigo, que la encontré por ahí. Algunos enlaces, a mayores de los que pueblan este artículo:

Principia Marsupia: lista de artículos sobre Ucrania
Ucrania, la manipulación en la prensa y la guerra de propaganda.

Twitter (información en directo):
@pmarsupia
@PabVis
@mikelayestaran

Zyalt (muchas fotos):
Revolution in Kiev, Ukraine
Maidan inside out
The other side of Maidan
Maidan, Kiev, February, 19th . Chronicle.
Bloody Thursday at Maidan
Triumphant Friday at Maidan

Sunday, March 17, 2013

De atascos y fe en la humanidad


Recordad que todas las imágenes de este blog se pueden ampliar pinchando en ellas.

Asombrado me hallo, y conmovido, y contentísimo a pesar de haberme quedado tirado en mitad de una autovía húngara durante una noche y medio día. Pero empecemos por el principio.

El viernes 15 de marzo se conmemoraba la revolución húngara de 1848 contra los austríacos. Esta festividad y la del 20 de agosto, que conmemora la fundación del reino de Hungría por parte de San Esteban I, son las más grandes del país, como nuestra Hispanidad, digamos. Vica me dijo que Budapest se engalana toda para la ocasión y hay feria y representaciones y este tipo de cosas; esto, unido a que planeábamos ir a echarle unos bailes al táncház más tarde y al hecho en sí de ir a visitarla (habíamos hablado de ir a Győr al día siguiente si hacía buen tiempo, pero quedó descartado unos días antes), prometía un fin de semana interesante. Así que el jueves a las 19:45 cogí un autobús de la capital eslovaca a la húngara.

Aunque la semana anterior hizo un tiempo precioso, quince gradazos y cielo azul, el invierno dijo “eh, coleguiñas, que aquí hasta el día 21 mando yo”, y decidió pegar un zarpazo que esperemos que sea el último. El autobús, que venía de Praga, llegó con diez minutos de retraso, cosa que no me sorprendió dados la nieve y el viento que había. Lo que no me
¿Veis la nieve volando?
esperaba es que, tras dos meses y pico de nieve casi constante, pasara lo que pasó y se detuviera el tráfico de esa manera. La hora de llegada prevista era las 22:30; luego, el azafato anunció un retraso de 15 minutos debido al mal tiempo; poco después, otros tantos; y finalmente nos quedamos quietos. Inmóviles. Detenidos. Paradísimos. Durante un par de horas, avanzamos cien metros cada veinte minutos. Hacia la una o las dos de la mañana, el autobús anduvo sus últimos metros. A las tres y media de la tarde del día siguiente seguía en el mismo sitio, zarandeado por el viento a cada rato. Es probable que, según escribo estas líneas, ese autobús aún siga allí. [Hacia las siete de la tarde.]


Pero ya me estoy anticipando otra vez. El azafato, un eslovaco jovenzuelo afincado en Praga, no sabía dónde meterse cuando anunció que iba a apagar la luz y la tele para que durmiéramos, porque no sabía absolutamente nada de cuándo llegaríamos. Yo estuve escuchando música en el portátil hasta que la batería amenazó con acabarse y hacia las tres me dormí (un autobús es lo más incómodo que hay para dormir, y para casi todo lo demás, a pesar de que los de Student Agency son de los mejores que vi), pero a las seis de la mañana ya era de día y estábamos todos despiertos. El azafato repartió gratis croasanes y barritas de muesli de las que normalmente se venden, así como agua y otras bebidas. Luego dijo que iba a abrir las puertas por si alguien quería bajar, avisando que hacía mucho frío y mucho viento, aunque no había peligro porque allí no se movía vehículo ninguno; huelga decir que bajamos casi todos. Más tarde nos informó de que había un área de servicio a tres kilómetros y medio; pretendía ir, comprar vituallas para todos y repartirlas. En cuanto acabó de hablar, varios nos acercamos a él para preguntarle si le parecía bien que le acompañáramos, y allá fuimos unos diez a la gasolinera y su abarrotado McDonald’s adjunto. Lo que vimos en la carretera, yo no lo había visto jamás: había hasta coches enterrados en nieve (¿ennevados?), y la blanca sustancia formaba unas dunas preciosas, que parecía aquello un desierto del Sahara pequeñito y blanco. Todas con su cresta o como se llame la línea de arriba, con sus estrías y suaves surcos, y siguiendo patrones repetitivos junto a las ruedas de los camiones más grandes. Era un paisaje un poco postapocalíptico, y al ver pequeños grupos de gente en la neblina de la distancia me acordé de The Walking Dead y esas cosas. Me perdí la feria budapestosa, pero a cambio tuve este otro espectáculo, que dudo que fuera menos vistoso.


Ver ráfagas de viento levantando nieve en polvo también es muy bonito, pero el frío que eso supone y el pensar que a la vuelta vas a tener el viento en contra no alegra tanto. El hundir los pies en las dunas esas cuando no queda otra opción y que se te llenen de nieve por dentro, tampoco. Pero mira, era lo que tocaba, y dentro del autobús me estaba muriendo del asco. A todo esto, estaba en constante contacto con Vica, que me informó de que Komárom está a 20 km de Bábolna, a cuya altura me hallaba; y pensé en ir a pie, pero el tener que volver 3,5 km atrás para coger la mochila y el portátil y luego reemprender el camino me quitó casi todas las ganas, y una conversación posterior con mi madre me quitó las pocas que me quedaban. Así que me quedé un par de horas más en el autobús, donde ya todo el mundo hablaba con todo el mundo. El azafato nos informó de que pronto llegaría el ejército con comida y bebida. Así fue: nos trajeron unas rebanadas de pan con fiambre y un caldero de té que servían con un cucharón. Vinieron en un tanque todo molón. Los soldaditos nos informaron de que había una carretera practicable un poco más atrás y que había personas del pueblo de al lado llevando gente atascada a dicho pueblo en sus coches particulares para que pudieran coger el tren. Algunos de mis compañeros de viaje decidieron quedarse en el autobús, pero la gran mayoría nos fuimos, y así, tras despedirme muy agradecido de Daniel, el azafato, que llevó la situación todo lo bien que se puede en esas circunstancias, llegué a Nagyszentjános. Nosotros tuvimos suerte porque viajábamos en autobús y nos daba igual, pero los de coches particulares probablemente tendrían menos porque no creo que lo pudieran dejar allí tan tranquilamente, y para los niños tuvo que ser una tortura; supongo que no mucho mayor que la de los padres que tuvieran que encargarse de ellos.

Como decía, un tío nos llevó a Nagyszentjános a mí y a otros tres. Una de esos tres era húngara, y bajó en la estación a preguntar cuándo pasaba el siguiente tren a Budapest. Como faltaba más de una hora, el dueño del coche nos dejó en una guardería cercana donde medio pueblo se había puesto a preparar comida y mesas con emparedados y galletas para gente rescatada del atasco. Me ofrecieron un caldo de patatas, y cuando la chavala me lo trajo, mi cara de felicidad al ver semejante platazo debió de ser bastante expresiva, porque se echó a reír. Era una especie de fabada sin fabas que en ese momento me supo a gloria. Me encantó la solidaridad de todo el mundo, una maravilla, me sentí casi abrumado por tanta amabilidad. Acabé lleno; me seguían ofreciendo emparedados pero ya ni me apetecían. Al rato fuimos a la estación, donde nos encontramos con otros compañeros del autobús que no habían ido a la guardería. Allí cogimos el tren Múnich-Budapest, que paró en un pueblo tan pequeñajo a propósito para recoger atascados rescatados, y nos llevaron gratis hasta la capital. Cuando, a las ocho de la tarde, llegué al fin a la estación de Keleti, Vica vino a recibirme corriendo como una loca y me dio un beso como los de las películas.


***

Más tarde, comentando los acontecimientos con ella, me enteré de unas cuantas cosas más, aparte de lo poco que me fue informando por sms. Resulta que todo el país, así como Eslovaquia, estuvo afectado en mayor o menor medida por la ventisca. Muchos de los actos programados en Budapest por la festividad del día no llegaron a celebrarse debido al mal tiempo. El tramo de la autovía M1 en el que estuve yo, más o menos entre Győr y Tatabánya, fue de los peores, y por supuesto estaba en alerta roja. Para enterarse de todo esto se montó un dispositivo entre ella, su compañera de habitación, mi hermano desde España por chat y todas las webs de noticias, tiempo y trenes que pudo encontrar. ¿Verdad que es para quererla a caldeiradas? También se habilitaron sitios web donde la gente ofrecía sus direcciones y números de teléfono para quien necesitara ayuda, y a todos los teléfonos móviles húngaros llegó un sms del gobierno avisando que las carreteras eran peligrosas y que habían movilizado equipos de ayuda y rescate. Al parecer, tres personas murieron de frío y algunas otras vinieron al mundo en la carretera. A una tipa que se puso de parto consiguieron llevarla a una estación y la llevaron en locomotora a ella sola al hospital más próximo. A todo esto hay que sumarle que ese día era festivo nacional, por lo que la mayoría de tiendas estaban cerradas y nadie podía comprar nada. Había también austríacos ayudando, al menos yo vi un helicóptero con la bandera de Austria en la cola; comentaba Vica lo irónico de la situación, pues precisamente ese día se conmemoraba la rebelión de los húngaros contra los austríacos. Pero las nacionalidades y las rivalidades deberían, como sucedió ese día, ser irrelevantes cuando de ayudar a humanos se trata, que al final es lo que somos todos. No hablo tu idioma pero te doy un bocadillo. Y, oye, esto le hace a uno recuperar la fe en la humanidad.

Últimas noticias: como el azafato nos dio su teléfono a unos cuantos cuando nos separamos un poco en el área de servicio, acabo de llamarlo por curiosidad, mientras formateo y preparo esta entrada, para preguntarle qué pasó con los que se quedaron. Me dijo que estuvieron allí hasta la evening y que llegaron a Budapest antes de medianoche. Me alegro, porque yo ya contaba con que se tuvieran que quedar hasta la mañana siguiente. Yo le conté lo del pueblo y lo del tren, porque él no se enteró de nada, claro.




¡!

Sunday, March 3, 2013

Pánico ferroviario en tiempo real


A las nueve y poco de la mañana de hoy, sábado 2 de marzo de 2013, me despedí del madrileño Pera, o Pedro, o Eddie, o cualquier epíteto épico que se te ocurra asignarle, enfrente de la estación de tren principal de Basilea, Suiza, cuando cogía el autobús para irse al aeropuerto. Mi tren Basilea-Viena con conexión en Frankfurt ("¡u... un ligero rodeo!") salía de otra estación a las 13:15, así que me fui a dar un paseo. Un paseo largo. Empecé siguiendo una de las rutas precocinadas para turistas que tiene esa ciudad, pero en un punto determinado me desvié para poner rumbo a la estación.

Cuando llegué, mi reloj marcaba las 12:45. Perfecto, me dije. Un par de fotos, un pis y al tren a coger sitio. Aunque soy especialista en perder autobuses y trenes, cuando son viajes grandes o caros (este es ambas cosas) procuro no andarme con muchas tonterías. Llego al andén 4 y pone: 13:23, tren con destino Dortmund que pasa por tal, por cual… Me extrañó, porque los trenes suelen ser puntuales, y porque aún faltaba media hora para ese tren y antes iba el mío. Entonces me di cuenta.

Eran las 13:21. Se me había atrasado el reloj. El hijo de puta marcaba la una menos diez, tan tranquilo y sonriente.

Enseguida llegó el tren anunciado; vi que más o menos seguía mi ruta, aunque no paraba en la Frankfurt Hauptbahnhof sino en el Flughafen, uséase, el aeropuerto. En ese momento me dio todo igual: me subo y ya me apañaré, pensé, y eso hice. Una vez dentro me puse a planear la estrategia que usaría frente al revisor. ¿Me hago el loco? ¿Me pongo a llorar? ¿Le echo la culpa a alguien? Echándole un vistazo al folleto que había en el asiento de al lado averigüé que este tren llega al Flughafen a las 16:09, mientras que mi conexión sale de la Hauptbahnhof a las 16:21. Viéndome negro, lo leí más detenidamente (trae un montón de información, está genial) y encontré que en Mannheim puedo coger una conexión para la Hauptbahnhof y llegar aún con trece minutillos, que son menos que los veintiocho de la combinación original pero al menos, you know, llego.

Llego a Mannheim a las 15:23, dentro de nueve minutos. A ver cómo se desarrolla la historia.

- Un par de horas más tarde... -

El revisor, un señor de cara redonda y bigote que parecía salido de una película para niños, vio mi billete, se quedó mirándolo un momento que se me hizo larguísimo y luego me preguntó si iba a Karlsruhe. Al oír que no, que iba a la Hauptbahnhof de Frankfurt, me dijo sencillamente: “pues te vas a tener que bajar en Mannheim y coger otro tren”, y me lo devolvió. O sea, que al final no hubo desastre ni lloriqueos. No veas qué alivio... Hasta se me hizo raro que fuera tan fácil.

Cuando bajé en Mannheim no tuve que andar más de seis metros, la anchura del andén, pues el tren a Frankfurt pasaba por el lado opuesto al que llegué. Una vez dentro, vi que había una tipa con un portátil enchufado, y siguiendo el cable descubrí dónde estaba el escondrijo del enchufe. Y yo gastando batería en el tren anterior como un pringao… Total, que llegó el revisor y no me preguntó nada, me selló el billete y fuera. El resto del tiempo (fueron cuarenta minutillos) lo pasé comiendo sángüises de pan austriaco con fiambre suizo y hojeando una revista en alemán. (Iba a decir refollando pero en castellano suena inadecuado.) Más que nada, mirando los dibujitos. Salía un cocinero que se parecía al revisor anterior.

Y ahora estoy en el último tren de este trayecto, independiente del otro trayecto Viena-Bratislava que me espera después. En los doce minutos que tenía me dio tiempo a comprar dos Berliner con mermelada de frambuesa o lo que sea eso, que para mí son el manjar definitivo desde que los descubrí en Stuttgart hace un año y una semana, subir al tren, sentarme delante de una jovenzuela de negros rizos enfrascada en unos apuntes de Inglés, enchufar el portátil y terminar de escribir en Word esta entrada a la que ahora pongo punto final.