Domingo 21, 10:08 GMT, otro tren. Dejo la preciosísima York y me dirijo a Durham. De todos modos, vamos a volver atrás en el tiempo y a continuar donde lo habíamos dejado, que era llegando a la ciudad de la rosa blanca, la noche del lunes 16.
Era cerca de la una de la mañana (noche del lunes al martes) cuando puse el pie en el andén. Cogí un taxi para llegar lo más rápidamente posible a casa de Katerina; no quería hacerla esperar a esas horas,
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| Las afueras |
sobre todo porque ya habíamos empezado con mal pie: debido a un malentendido, ella había ido a buscarme a la estación la noche anterior, en un paseo de cuarenta minutos ir y otros tantos volver. Por suerte para mí, no estaba mosqueada, o si lo estaba lo disimuló muy bien. Su casa es el ejemplo típico de cualquier casa de una zona residencial de cualquier ciudad inglesa: Estuvimos de charla un rato antes de dormir; por la mañana nos levantamos a las nueve, me dio de desayunar y luego seguimos contándonos nuestras respectivas vidas y milagros mientras íbamos a la universidad a hacer no sé qué recado y luego al centro, donde, tras un pequeño paseo, ella tenía que coger un autobús a Londres. Antes de irse me puso en la mano las llaves de su casa para que pudiera pasar allí esa noche a pesar de su ausencia. Por varias razones, Katerina me pareció una persona admirable; quedó medio confirmado el plan de volver a vernos en España este verano, ojalá sea así.