Wednesday, March 29, 2017

Mochila viajera

Dado que un montón de gente me dice a menudo «¡ah, sí, tu blog! Mochila viajera, ¿verdad?», publico esta entrada sólo para que exista como cabecera y, si un día alguien busca por este nombre, encuentre lo que necesita.

Eso es todo. Prosigan con sus quehaceres.

Tuesday, March 7, 2017

Lecturas del 2016

Contaba el otro día que, aunque tener el lugar de trabajo un poco lejos de casa (que ni siquiera es para tanto) es incómodo, tiene la ventaja de que los viajes en transporte público son un momento perfecto para leer, y gracias a eso, suelo leer durante una hora al día, que no está mal. La desventaja es que escucho menos música, y en general creo que escuché este año a lo mejor la octava parte de los discos que escuché en, por ejemplo, el 2008, que fue una de mis épocas más musicales. Pero me estoy desviando, yo he venido aquí a hablar de mi libro. O mejor dicho, de mis libros. Leídos. El año pasado. Mayormente en metros y tranvías.



Ernest Hemingway - Adiós a las armas

Novela semiautobiográfica, o autosemibiográfica, sobre un chófer de ambulancia en el frente italiano de la Primera Guerra Mundial y su relación con una enfermera. Nunca había leído nada de Hemingway y me sorprendió su estilo (leí la versión original), que suena un poco paleto, aunque sin duda está escrito así a propósito. Yo siempre me imaginaba la voz del Earl de la serie My Name Is Earl. En cuanto al contenido, a pesar del drama tiene contrapuntos humorísticos bastante logrados, la historia es interesante, pero el verdadero problema es que cuando se termina la historia... la estira hasta donde, en mi opinión, no debería. Y esa innecesaria última parte, especialmente el desenlace tan forzado que tiene, me puso un poco de mala leche. O bastante.



Timur Vermes - Ha vuelto

Adolf Hitler se despierta en un descampado de Berlín en el 2011. Confuso al principio, enseguida empieza a observar el mundo que le rodea y a analizarlo desde su propio punto de vista. Un libro divertidísimo que, precisamente, utiliza la risa y las situaciones y conversaciones graciosas para destacar cómo aquello que, supuestamente, nunca se debía olvidar se está olvidando completamente, o más bien, reduciéndose al «mataban judíos», dejando de lado todo lo que lo rodeaba y que en su momento contaba con un inmenso apoyo tanto dentro del país como a nivel internacional. Novela absolutamente necesaria en los tiempos que corren. En el lado negativo, es de justicia avisar de que hacia el final va perdiendo un poco el rumbo; una novela como esta, una vez que se te ha ocurrido la idea, es muy fácil empezarla, pero no tanto terminarla. Aun así, considero que el mensaje que transmite tiene mucha más relevancia que los acontecimientos de la trama. Posteriormente se rodó una película estupenda, dirigida por David Wnent, que cambia bastantes cosas de la forma (en la segunda mitad sobre todo) pero mantiene el mensaje intacto e incluso le otorga más fuerza. Y la portada del libro se sale.



Norman G. Finkelstein - La industria del Holocausto

Ya que estaba con el tema hitleriano, leí por fin este ensayo que llevaba meses o años en la cola. En él, su autor, hijo de supervivientes de Auschwitz y en ningún caso negacionista, denuncia cómo el lobby judío estadounidense utiliza la historia del holocausto nazi e incluso la manipula para alcanzar sus propios fines, todo esto con innumerables fuentes bilbiográficas y heme... ro... ¿téquicas...? La primera parte del libro explica cómo en ninguno de esos círculos se le dio importancia  al genocidio hasta la guerra de los Seis Días de 1967, por razones que ya no recuerdo; la segunda, cómo los fondos entregados por Alemania para los supervivientes se quedaron en esas asociaciones sin llegar a sus destinatarios, y fueron a menudo redirigidos a financiar los muchos museos del Holocausto que hay en EE.UU.; y la tercera, cómo ese lobby judío extorsionó a los bancos suizos para hacerles pagar unas compensaciones millonarias que, de nuevo, se fueron evaporando por el camino. En este tema se queda demasiado tiempo, luego hay un apéndice que es una respuesta a nosequién que previamente había publicado una respuesta a este libro... y me cansé y no lo terminé. Medio libro va de bancos suizos.



Ken Metzler - Creative Interviewing

Tenía un documental que hacer y me hacía falta leer sobre técnicas de entrevista. Es un libro de los años 70, te recomienda llevar cintas de sobra y cosas así, pero obviamente muchos aspectos son atemporales. Me sirvió bastante, la verdad.



Sándor Márai - El último encuentro

En esta novela húngara, recomendación de mi antigua compi Pili, dos ancianos, amigos de media vida, separados la otra media, echan la vista atrás sobre sus vidas y sobre cómo estas cambiaron junto con el curso de la historia de finales del siglo XIX y la primera mitad del XX. No es una novela histórica en absoluto, es una novela de su época, y si te interesa esa época, te va a encantar leer este libro.



Francis Tapon - The Hidden Europe

Este libro me produjo sentimientos encontrados. El autor es un estadounidense que viaja por Europa del Este (se toma lo del Este muy en serio e incluye Finlandia) y narra sus experiencias. Digo lo de los sentimientos encontrados porque a veces suelta unas tremendas paletadas (ahora lo llaman «cuñadismo», aunque no sé si tengo claro ese concepto) que me dan ganas de mear en el libro y tirarlo al río; pero al mismo tiempo se lee ligerísimamente, tiene anécdotas muy curiosas, tanto personales como históricas o culturales, y es entretenido a más no poder. Lo dejé por la mitad porque me urgía leer otra cosa, pero me costó un montón soltarlo: «bueno, termino este capítulo y ya... va, hoy mientras voy a trabajar leo unas páginas más y ya lo dejo... venga, como ya leí al ir, voy a leer también mientras vuelvo a casa y ya mañana me pongo con el otro...».



Tomek Jankowski - Eastern Europe!

Parecido al anterior y, al mismo tiempo, radicalmente distinto. Aqueste te cuenta la historia de Europa del Este desde la prehistoria hasta la caída del telón de acero, salpicado con montones de curiosidades y datos culturales. Por lo visto, en este año 2017 va a salir una segunda edición ampliada hasta la actual guerra de Ucrania.



Gustau Nerín - Blanco bueno busca negro pobre

Este antropólogo experto en África y excooperante arroja luz sobre las partes más sombrías de las ONG y la cooperación internacional en dicho continente. Quizá, bajo esta premisa, se espera uno que empiece a echar mierda sobre las ONG y a hablar de corrupción, pero no es así. Aunque algo de eso hay, sobre todo en los primeros capítulos, lo cierto es que a las ONG y los cooperantes de a pie no les da demasiada caña, porque al fin y al cabo son en gran parte idealistas con buenas intenciones. En lugar de eso, se centra sobre todo en los catastróficos fracasos que se van acumulando (hospitales vacíos que nunca recibieron un paciente, pozos que se secaron a los dos meses de construirlos) y que en gran parte se deben al total desconocimiento que tenemos la mayoría de occidentales sobre el continente africano y sus sociedades; así como en la inutilidad de las agencias oficiales de cooperación, su excesiva burocracia y el mal planteamiento de sus objetivos. El mensaje que subyace es que, en muchos casos, África no se desarrolla gracias a la cooperación, sino a pesar de ella. Interesantísimo libro.



Franz-Olivier Giesbert - La cocinera de Himmler

Otra recomendación de mi amiga Pili, y otra vista atrás sobre el siglo XX, esta vez desde los ojos de una armenia de 105 años exiliada en Francia que cuenta su vida. Aunque tiene algunas escenas bastante dramáticas, en general predomina el humor, a raíz sobre todo de la personalidad de su protagonista: visceral, agradecida a la vez que vengativa, y de culo inquieto.



Jean-Christophe Rufin - El perfume de Adán

Lo empecé hace dos o tres años porque me lo mandaron leer para clase; cuando llegó el examen yo aún iba por la mitad, y pasada la prueba, el resto de exámenes y academicidades varias me hicieron dejarlo aparcado. Pero como me estaba gustando bastante, y me apetecía un montón volver a leer en francés, acabo de recomenzarlo. Ecoterroristas, agencias de espionaje, suspense. Si en lugar de francés fuera estadounidense, ya tendría película.




Para terminar os hago trampa, porque es un artículo, y ni siquiera recuerdo si lo leí este año o el pasado. Pero me parece un trabajo extremadamente importante para entender qué rayos pasa con el dichoso Estado Islámico que tanto llena las noticias todos los días y, more importantly, sobre el que todos tenemos una opinión firmísima. Es de necios creer que «son malos porque son malos y les gusta ser malos» y es tan culturalmente egocéntrico como simplista creer que su objetivo es matar gente en Francia y Bélgica dos veces al año. Hay mucho más, y este artículo es tremendamente revelador. Existe una traducción al español de María Luisa Rodríguez Tapia titulada Estado Islámico, crónica del horror, aunque si sabes inglés recomiendo leer el original, enlazado arriba. Relacionado con esto, tengo pendiente Fractured Lands: How the Arab World Came Apart.


Eso es todo. No son muchos, porque leo despacio y porque de vez en cuando leo alguna revista o algo así (me compré una colección cojonuda de revistas Historia 16, serie completa sobre el siglo XX, publicadas en los años 80), pero sobre todo lo primero, y me pesa, porque la cola es larga y les tengo ganas a muchos: Catch 22 de Joseph Heller, Sonámbulos de Christopher Clark, 1914: El año de la catástrofe de Max Hastings (otro buenísimo que dejé a medias en su día), un par más de Gustau Nerín, Un puente sobre el Drina de Ivo Andrić, varios de Stefan Zweig, acabar The Hidden Europe... Creo que sólo con estos que acabo de mencionar ya tengo para otro año. Apuff.

Wednesday, February 1, 2017

Galicia y el patriarcado en nada, y Garzón era para despistar

«Con una población que equivale a la mitad de la de Madrid y una economía muy modesta y “rara”, hasta hace poco Galicia no competía en nada con el resto de España: ni en industria ni en poder. Ni siquiera, hasta muy recientemente, en la Liga de fútbol. La relativa lejanía de Galicia, su “autismo” social y político, son los que le han permitido mantener el prestigio de quien es singular pero no amenazante.»

Miguel-Anxo Murado, Otra idea de Galicia.

***

A principios o mediados del 2016, en época de elecciones (todo el año fue época de elecciones hasta el día de la investidura de Rajoy, ni un minuto menos), salió la noticia de que, según las encuestas, Alberto Garzón Espinosa era el político mejor valorado por los españoles. Lo cual, por supuesto, no hizo creer a nadie que fuera a ganar en las urnas; todo el mundo sabía que iba a ser el último de «los grandes», como efectivamente sucedió. En esos días leí un artículo (me perdonaréis que no recuerde dónde, tampoco logro encontrarlo ahora) que decía que la principal razón de que Garzón sea el mejor valorado es que nadie lo ve como un enemigo. Mucha gente recelaba de Mariano Rajoy, Pedro Sánchez, Pablo Iglesias y Albert Rivera, porque eran los grandes, dos por tradición y los otros dos por una repentina irrupción y meteórico ascenso, sospechoso en opinión de muchos. Pero Garzón, al contrario que todos ellos, y aunque siempre visible, es por tradición pequeño, y además es un chaval majete, tranquilo, que razona sus ideas y no hace ruido en los titulares. A nadie le da miedo. Como el niño inteligente al que le gusta leer y aprender, que sabe mucho para su edad sin ser repelente y que cuando crezca será doctor, pero hoy por hoy sigue siendo un niño y nadie se lo toma muy en serio. Es inofensivo. Es buen chico. En una palabra, la razón por la que el político mejor valorado era Garzón era puro y simple paternalismo.

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Quien haya leído algo sobre feminismo escrito con un mínimo de rigor, y preferiblemente por feministas, sabrá que uno de los aspectos de la sociedad más criticados por este movimiento es el paternalismo y condescendencia hacia el sexo femenino. Todo eso del sexo débil y el bello sexo, inocente y sin culpa de nada, cuya función es ser buena persona con quienes están a su alrededor y al que los hombres deben proteger, etcétera. Para ver esto con claridad meridiana no hay más que coger los tebeos de Marvel de los años 60 y 70, en los que los personajes femeninos existían en su mayoría para ser novias o esposas amantísimas y los brazos a los que el héroe anhela volver tras su peligrosa misión contra los mutantes chungos del mes. Por ejemplo. O, más atrás en el tiempo, el Drácula de Bram Stoker, en el que aun teniendo Mina Harker voz propia en varios capítulos, no deja de ser exactamente lo mismo, hasta el punto de que los diálogos entre Van Helsing y sus compinches sobre ella y Lucy son hilarantes de puro ridículos. Esta mentalidad no es violenta contra la mujer, sino todo lo contrario: la protege por considerarla frágil, y quien tenga esa manera de entenderlo no admitirá ninguna acusación de machismo ni de degradación, porque lo que está haciendo es todo lo contrario, apreciar a las mujeres y cuidarlas*, del mismo modo que ninguna persona que ame los animales tolerará acusaciones de menospreciar a su perro cuando todo lo que hace es mimarlo, cuidarlo y quererlo con todo su corazón.

Tuesday, January 24, 2017

2016 en retrospectiva

Escribí esta entrada en dos veces. Por esta razón, hay alguna incoherencia en tiempos y fechas. Mes excuses.

Me acaban de informar de que ya se terminó el 2016, y aunque me pilló desprevenido, mi genialidad brilla incluso en horas bajas y al momento se me ocurrió la idea más original del mundo: echar la vista atrás y comentárselo a todo internet, que no quedará tranquilo hasta que esto aparezca publicado. Como en realidad sólo hace dos entradas de la última retrospectiva parcial, que fue la de mayo, pasaré por el principio rápidamente.

Llegué, como sabéis, hace un año y dos días. Es muy fácil de recordar, porque llegué de noche, y la siguiente noche ya fue fin de año. Primero estuve tres meses trabajando en una oficina. El último día de marzo que trabajé, mientras preparaba la maleta para irme el fin de semana a Helsinki, me llamaron para decirme que ya no volviera más por esa oficina, que el lunes tenía que ir a otra. En Helsinki conocí en persona a Olga, Maximilian, Delphine, Tero y Mikkel (más su colega Fredrik), cinco personas que conocí a través de Moonsorrow y con las que llevaba años hablando (sobre todo Delphine), más Julia, a la que ya conocía desde York; precisamente coincidimos todos allí por el concierto de presentación de su más reciente disco y primero en cinco años, lo cual era kind of a big deal y mereció también mi primera crítica en nosecuántos años. Decidí ir a Helsinki porque anunciaron la gira completa y no pasaban por Budapest ni anywhere near, así que me dije PUES PUES PUES VOY YO. Y estoy muy contento de que haya sido así: no sólo vi el concierto y conocí a toda esta gente que ya conocía, sino que también tuve oportunidad de ver a Ida y a Leo (no el argentino) y de conocer a la hija de ambos; y de comprar una revista en la que salimos Leo (sí el argentino) y yo, aunque nos costó horrores encontrarla porque la tenían agotada en todas partes. Moonsorrow'sta on tekeillä dokumenttielokuva!

Inferno 3/2016, sold out. Así es como llevamos
el rompeolas de Baiona a la prensa finlandesa.

Cuando volví a Budapest y fui al nuevo proyecto al que me habían cambiado, encima de estar cabreadísimo con el cambio me encontré con que el proyecto era un caos en el que nadie sabía nada, ni siquiera los jefes, y la gente llamaba enfadada porque no se estaba haciendo lo que se tenía que hacer y llevaban semanas esperando por cosas normalmente muy simples. En ese momento era todo nuevo. Poco a poco fuimos aprendiendo a hacer las cosas, fue entrando más gente (al principio éramos unas 10 personas en la oficina, ahora 19, y se nota que no veas) y todo se fue estabilizando. Aunque el proyecto anterior sigue siendo mejor en casi todo, al menos en este ya no dan ganas de tirar la mesa de una patada y salir por la puerta, e incluso las jornadas de más trabajo suelen ser relativamente llevaderas. Otro inconveniente es que esta oficina está en otro edificio, más lejos de casa, desventaja contrarrestada por el hecho de que ahora leo un montón in itinere. Por cierto, que según escribo esto, son las 4:13 AM del 1 de enero y estoy en la misma oficina a la que llegué de morros el 4 de abril...

Decía en mayo que me tenía que mudar. Efectivamente, en junio, un par de días antes de irme a Finlandia, nos tocó mudanza. Balázs y yo buscamos piso juntos desde el principio, no nos planteamos ni irnos por distinto lado ni juntarnos con una tercera persona; dos está bien. El piso que encontramos, como suponíamos, es más pequeño y más caro que el anterior, porque el anterior era una ganga y el casero, un tío súper atento, honrado y nada tacaño. Con todo, el tamaño de las habitaciones sigue siendo bastante grande, y yo incluso prefiero esta, porque la anterior, aunque su extensión era mayor, estaba peor distribuida por culpa de un mueble gigantesco que no se podía mover. Ahora, en su lugar, tengo dos armarios tamaño armario que pude ubicar a mi manera para dejar espacio para el sofá, la mesa y la estantería hipermolona que compré sin superposiciones. Y sigue quedando suficiente espacio libre para un colchón hinchable biplaza que también compré para las visitas, del que ya hicieron usufructo unas cuantas. El precio sigue siendo asumible, el casero nuevo no es malo, y la ubicación es incluso mejor que la anterior, aunque echo un poco de menos el edificio tan bonito en que vivíamos antes. Pero este es mucho más cálido, que al final es más práctico. El gas que derrochamos en la chatarra de calentador y de fontanería que tenemos lo ahorramos en calefacción.

Todavía estaban todas las cajas por los suelos cuando me fui a Finlandia a rodar el documental Home of the Wind. Fui el primero en llegar al aeropuerto de Helsinki, aproximadamente una hora antes que Pillau, el director de fotografía, un tío que sabía todo sobre cámaras y nada sobre Moonsorrow. Esa noche dormimos los dos en casa de Nikky, la fotógrafa del equipo; a la mañana siguiente fuimos a alquilar el coche y la cacharrada cinematográfica, hacia mediodía llegó Leo, el director, y el último fue Alexis, técnico de sonido, otro fanático del grupo como yo e incorporación de ultimísima hora (imagínate que se está gestando un proyecto que te mola a rabiar sobre una de las cosas que más te gustan del mundo y te dicen: oye, empezamos en quince días, ¿te apetece venirte? Pues eso le pasó a él). Puedes leer una crónica de los primeros días en el blog que abrí a tal propósito. Las siguientes dos semanas las pasamos durmiendo cuatro personas en una cama de matrimonio y un sofá-cama en un pequeño apartamento no muy alejado del centro de Helsinki, y grabando entrevistas en la ciudad y alrededores, incluyendo muchos bosquecillos (para ver bosquecillos en Helsinki ni siquiera hay que irse a ningunos alrededores, pero bueno, nosotros fuimos varias veces) y una isla a la que Mitja nos llevó en barco y en la que tuvimos una de las mejores sesiones. Además él trabaja en televisión y sabe perfectamente cómo elegir ubicaciones y enfoques y cómo funciona todo en este campo. Vivimos días larguísimos, literalmente, porque la noche se quedaba a medio cerrar y a las tres de la mañana se arrepentía y se ponía a amanecer otra vez. El colofón del periodo de producción del documental fue una «noche» en Oulu, a siete horas al norte de la capital y en el borde del círculo polar, ciudad en la que Moonsorrow tenía programado un concierto en el festival Jalometalli el segundo fin de semana. Escribo «noche» entre comillas porque no hubo tal cosa: un día lluvioso en tu ciudad es más oscuro que el cielo de Oulu a las 0:15 AM, que es exactamente la hora a la que saqué esta foto.

Nightless night

El domingo nos comimos otras siete horas de coche para volver a casa, el lunes recogimos todo por la mañana, devolvimos coche y equipo y al llegar al aeropuerto me despedí de mis compañeros. En el viaje de vuelta me tocaba hacer escala en Riga, donde pasé una tarde-noche preciosa, y el martes 12 estaba de vuelta en el asfixiante calor de Budapest. La verdad es que no pudimos elegir mejor fecha para pasar dos semanas al fresquito de Escandinavia.

Riga y yo somos así.

Durante el resto del verano no hubo grandes acontecimientos, salvo las visitas de Renars y Marta primero y de Iago y Anabel después. Tras eso, y aprovechando dos días y medio que tuve libres, decidí que necesitaba tomar el aire y despejar la cabeza y me cogí un tren a Serbia, donde pasé un día con Jelena en Belgrado y otro con Jasmina y Nicola en Novi Sad (todo repe). El viaje me sentó bastante bien, y hacía muchísimo que no veía a Jelena, quien me estuvo dando una clase improvisada de yoga mientras veíamos la puesta de sol desde el Kalemegdan. Muy de película todo. Ah, y fuimos a Zemun, donde sólo había estado en octubre del 2009. Curiosidad para quien le guste la historia: desde Zemun se dispararon los primeros cañonazos de la Primera Guerra Mundial, por encima del Danubio y en dirección a Belgrado.

El caloret zemunés

En otoño tuve algunos huéspedes más, aunque tengo pensado detallar todas las visitas en una entrada aparte (lo que puede no suceder nunca) porque fue interesante ver cómo distintas personas hacen turismo de distintas maneras. Yo fui en modo exprés a Madrid para un concierto de Behemoth y Mgła a finales de octubre, con Eddie y Martzel, y un pelín menos exprés a Barcelona para ver a Iosu, a Marta y a Cult of Fire, además de a Barcelona itself, que es muy distinta a lo que me esperaba y me encantó. La penúltima semana del año la pasé con mi familia, por primera vez en todo el año. Se me pasó la semana volando, todo el rato de aquí para allá viendo amigos locales o retornados; no me quejo nada, pero sí que acabé bastante cansado, sí. Y por supuesto me faltaron amigos por ver. Hasta Enzo, al que sólo vi rápido y mal y que ahora ya no me ajunta. Por lo demás, pude constatar que la ciudad sigue más o menos igual, que efectivamente hay otro dinosaurio vegetal más pequeño, que los telediarios siguen siendo una puta basura cada día más infecta y bochornosa e insoportable y —no sin sorpresa— que además ahora cada noticia se compone en un 50% de mensajes de Twitter de famosos. Llené la maleta de turrón, polvorones y libros y me volví a mi ciudad adoptiva. De libros hablaremos en la próxima entrada.

Así de bien Barcelona.

In a more reflective note, tardé unos meses en darme cuenta de que lo que hice fue una emancipación repentina y total. En literalmente un día pasé de vivir con mis padres a ser completamente independiente; tenía ahorros para pasar el primer mes, y a partir de ahí empecé a cobrar un sueldo, así que no me prestaron ni una peseta, porque tampoco me hizo falta en absoluto. De la noche a la mañana me convertí en un adulto de verdad. Sigo haciendo todo lo posible por disimularlo, creo que con éxito.

Por otra parte, empecé a hacerme un hogarcito. Hay un eBay húngaro que se llama Vatera, además hay varios grupos de compraventa en Facebook, y entre una cosa y la otra me fui amueblando la habitación por ná y menos. Lo primero fue la mesa, que me costó 10 €, los altavoces (nuevos) y un monitor que me vendió Balázs para comprarse uno mejor.

Antes
Después

Lo siguiente fue una estantería cojonudísima y como nueva por el irrisorio precio de ~17 €, que entre libros, discos y revistas ya está a la mitad de su capacidad. Luego una silla que encontré en la calle, otra más pequeña y con ruedas que ruedan por unos 13 €, y por último una mesita plegable por el mismo precio. Ah, y me imprimí el cuadro que nos pintó Kris Verwimp para Home of the Wind para enmarcarlo y un par de pósters para la puerta. Todo muy bien, en suma, pero no puedo evitar sentirlo como provisional. No sé cuánto tiempo más estaré en este piso, puede que años, pero es seguro que no va a ser para siempre; entonces, como veo la mudanza como algo ineludible tarde o temprano, no me siento completamente en mi hogar. Siempre queda la duda de «y qué vendrá después». Pero tampoco dejo que eso me amargue, porque no tiene sentido; es obviamente mejor ir haciendo mi día a día lo más cómodo posible, y que vaya viniendo lo que tenga que venir. Curiosamente, no siento esa misma espinita clavada con respecto a mi trabajo, que también sé que no va a durar muchos años. Quizá sea porque veo el trabajo como un medio y la habitanza como un fin. O quizá no. Otro día pienso sobre ello. En cualquier caso, no quiero terminar esta entrada sin una mención de honor a Essi y a su coneja Léni, aquí en posición de vuelo e inminente aterrizaje.

Sí, le falta un ojo, pobriña.
Feliz 2017 a tutti quanti, y gracias por leerme aunque escriba de higos a brevas.

Sunday, January 1, 2017

Una fría mañana de enero


Buenos días, feliz año nuevo.

Me pasé toda la Nochevieja en la oficina, aunque aproveché algunos ratitos para escribir para el blog unas entradas que pronto veréis. Cuando salí, como me había perdido toda la diversión, decidí hacer algo distinto y ver la ciudad vacía y envuelta en esa densísima niebla blanca que probablemente siga cubriendo el río mientras escribo estas líneas.

Sobre las siete y media de la mañana, y especifico para los aficionados a los mapas, bajé en Móricz Zsigmond körtér y fui caminando por Bartók Béla út, una avenida que me gusta mucho, hacia Szent Gellért tér, donde están el hotel Gellért y el puente de la Libertad (puente verde para los amigos). Era un verdadero placer caminar por allí, con toda esa calma, sólo perturbada por los viejos tranvías amarillos y blancos que iban pasando cada pocos minutos. Al llegar al puente saqué la cámara de la mochila para hacer unas fotos, pero los implacables –7 ºC y mi carencia de guantes se opusieron con firmeza a que lo hiciera con la comodidad que aportan el sentir los dedos y el poder tenerlos quietos más de cinco segundos, y fuera de las mangas más de un minuto. Como consecuencia, las pocas fotos que pude sacar no están bien enfocadas ni encuadradas, pero aun así me apetece compartirlas con vosotros.











Pensé en subir hasta la estatua de la Libertad, pero la niebla me impedía verla, y razoné: si desde aquí no puedo ver la estatua, desde la estatua no voy a poder ver «aquí». Así que deseché la idea y crucé el puente, al entrar en el cual me encontré con esos alegres carambanitos que veis en la última foto. No es nieve, no nevó en toda la semana, es humedad del río congelada; del otro lado de la barandilla había mucho menos hielo, debido a que la ligera brisa soplaba en dirección norte-sur. Por mí habría hecho muchas más fotos, pero tras la última, la batería de la cámara decidió agotarse. De todos modos, lo de no sentir los dedos no es ninguna broma: me costaba apretar el botón hasta la mitad para enfocar, cuando lo quería apretar no lo apretaba, y a veces, lo apretaba sin querer. Por cada minuto de jugar con la cámara tenía que pasar tres con las manos escondidas en las mangas.

Total, que crucé el puente y bajé al subterráneo con intención de coger el tranvía 2 hasta la zona del parlamento. En el subterráneo me topé con una fotógrafa que iba con una cámara réflex colgada al cuello y un trípode en la mano. La seguí cual eficiente acosador y constaté, como suponía, que también le iba a sacar fotos al puente. Me acerqué a ella para preguntarle si tenía alguna página en internet (efectivamente). En la breve conversación que siguió, me dijo que precisamente acababa de bajar de la estatua y que desde allí no se veía nada de nada; quería fotografiar la niebla desde arriba, pero esta cubría el monte también.

Cuando volví a bajar al subterráneo, noté que los dedos de los pies se me empezaban a medio congelar también, lo que me disuadió por completo de ir a ningún sitio que no fuera mi casa. Mientras esperaba el metro se me ocurrió que este breve paseo daba para una corta pero xeitosa entrada en el blog.

Thursday, December 22, 2016

Diez años de tristeza lunar

Estos días hace una década que descubrí a Moonsorrow. Y os voy contar por qué es una efeméride reseñable. Para mí, quiero decir.

Por un lado, escuchar ese disco compuesto por dos canciones de media hora cada una me descubrió una forma de música que no había oído nunca ni sabía que existía. Poco a poco fui adentrándome más en ella, tirando también hacia atrás, hacia el black metal del que bebe y que pronto se convirtió en el género que más me emociona, como sigue siendo a día de hoy. Curiosamente, seis meses antes, el black me horrorizaba, mientras que seis meses después me encantaba.

Por otro lado está la parte no musical del asunto. Un día, por pasar el rato, me puse a escribir una minibiografía del grupo para una entrada de blog que acabó convirtiéndose en una biografía completa, seguida por miembros de la banda y con su visto bueno. Gracias a esa biografía fui conociendo gente que me hacía preguntas o proposiciones o quería colaborar de alguna manera, y con la que, en algunos casos, fui entablando más conversación e incluso amistad y conociéndonos en persona. Hasta me contactó un tío que quería usarla en su tesis de máster. Todo subió muchos niveles de golpe cuando a un argentino tarado (al que también conocí por Moonsorrow) se le ocurrió hacer un documental del grupo y meterme de guionista, cosa que se hizo realidad el pasado verano.

Y por último, de manera más tangencial, Moonsorrow fue una excelente excusa para multitud de viajes. Por verlos en Stuttgart pasé una semana en Alemania y Francia, en mi primer viaje a ambos países; por verlos en los Cárpatos ucranianos pasé un fin de semana como no viví otro en una montaña perdida rodeado de eslavos que me miraban con curiosidad y sorpresa; otro fin de semana en la ciudad suiza de Basilea (la economía no permitió más, menudo país); una semana en Inglaterra durante la cual vi los sitios históricos de Lindisfarne, Fulford y Stamford Bridge, donde la historiografía tradicional dice que empezó y terminó la llamada era vikinga en los años 793 y 1066, respectivamente; una noche sin noche casi al borde del Círculo Polar Ártico como colofón a la grabación del documental...

O sea que, como veis, es bastante más que siete discos cojonudos; que esos, al fin y al cabo, también los tiene Blind Guardian o Pink Floyd. La mitad de las cosas más molonas que hice en los últimos diez años fueron culpa de Moonsorrow. Y por mí, que siga siendo así.

Oulu 2016

Monday, November 7, 2016

Testimonios de la revolución húngara de 1956

El pasado día 23 de octubre fue el 60.º aniversario del inicio de la revolución popular que se inició en Budapest contra la influencia de la Unión Soviética en la política de Hungría, país que se suponía independiente y soberano pero en la práctica estaba sujeto a los intereses de Moscú. El martes 23 de octubre de 1956, las calles de Budapest se llenaron de manifestantes, tiraron la estatua de Stalin, esa misma noche entraron los tanques rusos, se les fue todo a todos de las manos y dos semanas más tarde había muerto un montón de gente, se habían roto cantidá de edificios, pero las leyes se quedaron como estaban. Viene todo muy bien contado en la Wikipedia.

De Sztálin sólo quedaron las botas.
Foto: Gyula Nagy, Fortepan.hu

Con motivo de este aniversario, la ciudad estuvo todo el año empapelada de carteles enormes sobre el tema, y durante un mes se hicieron montones de actividades relacionadas con la revolución. Una de esas actividades fue un congreso de un día, el 11 de octubre, organizado por el Danube Insitute y realizado en inglés. Como por aquí no se hacen muchos congresos sobre temas históricos en idiomas que yo entienda, no quise dejar pasar la oportunidad. Al final, debido a que la noche anterior no había dormido más que tres o cuatro horas, me perdí la mayor parte del congreso (cuando se te cae la cabeza, eres incapaz de mantener los ojos abiertos y no sigues el hilo de absolutamente nada, tienes que admitir tu derrota y pirarte a casa), pero por suerte me mantuve perfectamente despierto en la parte que más me interesaba: la de los testimonios de dos señores, Gyula Várallyay (79 años) y János Horváth (95), que participaron directamente en la revolución. Tanto me gustaron sus intervenciones que tomé notas para poder hacer un resumen aquí.

Cartel de la plaza Blaha Lujza. Foto sacada de aquí.

Várallyay empezó su relato listando tres puntos que considera de gran importancia: uno, que los estudiantes desempeñaron un papel primordial en la revolución; dos, que en esa época los universitarios gozaban de gran prestigio; y tres, que aunque la hubieran iniciado estudiantes, hubo una gran solidaridad para con ellos por parte de otra gente que, o bien se unió, o les ayudaron de alguna manera.

La manifestación con la que se inició todo el embrollo se gestó el día 22 en la Universidad Técnica de Budapest, en una reunión que empezó al principio de la tarde y se alargó hasta la medianoche y durante la cual se redactó una serie de exigencias en 16 puntos. Várallyay era uno de los aproximadamente 2.000 participantes, y cuenta que allí fue donde alguien preguntó en voz alta por qué rayos había tropas rusas en suelo húngaro, tras lo cual se gritó por primera vez lo que se convertiría en la principal consigna: ruszkik haza (ruskis a casa). Buena parte de estos estudiantes vivían en la residencia universitaria de la cercana avenida Béla Bartók, donde sucedió una escena curiosa. Corría el rumor de que a la estación de Kelenföld, ubicada a las afueras al oeste de la ciudad, estaba llegando ayuda desde Austria. Ni cortos ni perezosos, los estudiantes pararon un camión que pasaba por delante de la residencia y le dijeron al conductor: mira, necesitamos que nos lleves a Kelenföld a por unas cosas. Les respondió: vale, pero se me está acabando la gasolina. Entonces fueron a un lugar cercano a pedir gasolina, donde se la dieron y les desearon suerte. Más adelante se enteraron de que eso era un centro de inteligencia militar. (Sí, como estarás pensando, la purga que hubo en los meses siguientes en el ejército fue muy divertida también.)

Nótese la sombra del objeto arrancado.
Foto: Gyula Nagy / Fortepan.hu


Horváth, que entonces ya tenía 35 años y había vivido los convulsos años 30 y 40, contaba que había estado en la cárcel unos años antes, donde había conocido, entre otros, a gente de la Cruz Flechada, el partido nacionalsocialista húngaro. Ese 23 de octubre, hacia la tarde, cuando ya una gran riada de gente se dirigía hacia el Parlamento y los viejos, emocionados, los saludaban desde las aceras agitando un pañuelo, vio a varios de esos cruces flechadas, que iban a su bola en otra dirección. Habló con ellos, les preguntó por qué no se unían, y dijeron: «eso es cosa de comunistas, no nos interesa». Efectivamente, es importante subrayar que el líder político al que aclamaban los manifestantes, Imre Nagy, era comunista; reformista, sí, pero leal al partido en todo momento. Con todo, Horváth recordó un instante que le emocionó, que fue cuando, ya reunida la masa detrás del Parlamento, Nagy comenzó su discurso, no con el clásico «camaradas proletarios», sino con un Magyar testvérek!, «¡Hermanos húngaros!».

En los días siguientes ya no hubo manifestantes de paseo ni tranquilos discursos, sino tanques y cócteles molotov y pumpún y aaaaa. Sin embargo, siendo este un país cuya población no tiene en general más escrúpulos que la española, llama la atención que no hubiera saqueos. Había escaparates rotos por doquier, había cajas abiertas en las que se recogía dinero para la revolución, y ni entraban a robar a las tiendas ni se vaciaban esas cajas si no era para gastar el dinero en quello para lo que estaba pensado. Algunos no perdieron el humor: contaba Várallyay que en un momento dado andaba por una calle un tanque que disparó, y alguien gritó: «¡Eh, no disparéis! ¡Que hay gente!». Otra cosa que señaló el mismo testigo fue que incluso los házmester, que no me queda muy claro si son conserjes o porteros o ambas cosas, se pusieron del lado de los manifestantes. Los conserjes en general tenían fama de arrimarse al sol que más calienta, que a finales de la guerra eran los más fascistas y después los más comunistas, y le sorprendió que alguno de ellos, a verlos pasar, les abriera la puerta y les dijera: eh, chavales, meteos aquí si queréis refugiaros. Por lo visto, hasta los policías azules apoyaron a los revolucionarios; no sé qué narices eran los policías azules, pero el señor lo mencionó como algo sorprendente, así que debía de serlo.

La «Caja de comunidad» del Monopoly.
Foto: István Papp / Fortepan.hu

Por último, es interesante señalar algo que Horváth recalcó bastante. En esos días corrían rumores de que, si los revolucionaros aguantaban un par de semanas, vendrían los yanquis, o los occidentales, o qué sé yo quién, a ayudarles en su lucha. Sin embargo, sólo fueron eso: rumores, aunque mucha gente se los tomara en serio y se siga mencionando sesenta años más tarde. Según él, nunca hubo ninguna declaración oficial por parte de países occidentales que afirmara que fueran a mandar ayuda, y es exactamente lo que sucedió. El 4 de noviembre, tras unos días de relativa tranquilidad, Moscú mandó volver a meter los tanques y atacar sin contemplaciones. Seis días más tarde se rendían los últimos revolucionarios.

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En cuanto a mí, el día del congreso comí gratis, porque daban, y me llevé también varias revistas de temas históricos y políticos que tenían para coger. O sea que ni tan mal. Quizá habría sido interesante haber escuchado más ponencias, pero tengo que decir en mi descargo que todas en las que estuve presente, que fueron como el 70% (otra cosa es que estuviera despierto), y a excepción de las de estos dos señores, eran leídas; y una ponencia leída se me hace muy difícil de seguir, ya sea sobre Moonsorrow. Ahora acabo de pasar todo el domingo metido en casa escribiendo esta entrada y buscando fotos y demás —por eso publico con tan poca frecuencia— y voy a aprovechar para dejar enlaces a un par de sitios molones que encontré:

- Las ubicaciones de las fotos más famosas, en 1956 y ahora. Dieciocho.
- Fotos de la revolución de Gyula Nagy. Quinientas cincuenta y una. Tanques rotos, casas rotas, estatuas rotas y colocadas en posturas graciosas. El enlace te lleva a la primera.