Wednesday, December 4, 2013

De españoles, franceses y excavadoras ucranianas

Foto: EFE. Más en El País.

Si no se se tiene la posibilidad de viajar, bien está hablar con extranjeros en tu propia ciudad, y se pueden aprender cosas interesantes igualmente. El sábado pasado, otro español y yo estuvimos charlando con un francés que le tiene tanto cariño a Francia como yo a España, es decir, muy poco, y por alguna razón acabamos hablando de política, más concretamente de programas electorales y manifestaciones. El francés hablaba de cómo la gente en su país vota por un partido cuyo programa incluye un punto polémico como puede ser la legalización del matrimonio homosexual, y tras la victoria electoral de dicho partido, media Francia sale a la calle para protestar contra ese punto.

Aquí nos quedamos parados el otro español y yo. Espera, espera, espera. ¿Media Francia sale a la calle?

Sí, nos contestó, y nos siguió contando que, cuando los estudiantes están puteados, hacen huelga los días que haga falta y salen en masa a manifestarse. Insisto en que no le gustan nada sus compatriotas franceses, es más, llevaba un buen rato despotricando de ellos, pero no dudó un momento en afirmar que, cuando se empeñan en algo, no dejan de dar la vara hasta que lo consiguen. Ojalá aquí fuera igual, dijimos el otro chaval y yo. Lo que impera aquí es el "para qué voy a ir, si no vale de nada", aunque es evidente que cuando no vale de nada es cuando no va casi nadie, precisamente con esa excusa. Pues parece ser que entre los franceses no se da mucho esta manera de pensar.

Y ahora es cuando llegamos a las excavadoras. Estos días salió una noticia que me parece sorprendente, fascinante y descojonante a la vez. En Ucrania está habiendo unas manifestaciones tochísimas... ¡para exigir la entrada en la UE! Por lo visto, es algo que el presidente había prometido, pero ahora reculó alegando razones económicas, aunque la razón real podría ser la presión rusa. En respuesta, los ciudadanos inundaron la magnífica calle Jreshátik y acamparon en la Maidán Nezalezhnosti (plaza de la Independencia), que ya rebautizaron como Euromaidán. Un 15M a la ucraniana, como quien dice. Entonces: Sorprendente, porque a mi alrededor todo cristo se queja del BCE, del control alemán y otras cosas que asocian Europa con no molar, y ahora salen éstos queriendo entrar a toda costa. Fascinante, porque son una cantidad impresionante de gente y no parecen detenerse ante nada; llegaron a entrar al Ayuntamiento y allí dentro llevan durmiendo unos cuantos varios días ya. Y descojonante, porque yo veo una excavadora embistiendo contra un muro de antidisturbios y un pavo sacando adoquines de la acera y no puedo evitar reírme. Atención también al de la cadena.


Otro vídeo: Kiev protesters drive bulldozer towards police cordon.

Friday, November 15, 2013

Presente y futuro

Desde que pasaron las tres noches que mencioné en una cortísima entrada que creo que pocos visteis, estoy en casa y no me moví de aquí más que un fin de semana que fui a Madrid. Aún estos días hay quien me pregunta qué tal la vuelta, y siempre respondo lo mismo: la bofetada de realidad fue fuerte y a mano abierta y llenita de dedos, porque a la previsible y consabida morriña se unió el hecho de que el lugar (entiéndase lugar en el sentido más amplio posible, no sólo en el geográfico) al que volví era LO DE SIEMPRE. En un primer momento sentí un desconcierto comparable al de la primera vez que oí Child in Time y llegó el minuto 6; ese desconcierto pronto se tornó pesadumbre al darme cuenta de eso, de que volvía a lo mismo de siempre: misma ciudad, mismo barrio, misma universidad, mismo servicio de transporte urbano –los que viváis en mi ciudad entenderéis que lo mencione–, mismo todo. Como estar por la mitad de un libro en una parte interesante, pasar la página y ver que vuelve a empezar el capítulo 1. No me malinterpretéis: exceptuando lo de los autobuses, no está tan mal. La ciudad ofrece montones de posibilidades y servicios, en la universidad me lo paso pipa cual niño de primaria que va al cole a ver a sus amiguetes y a aprender cosas de dinosaurios, me llevo bien con mis padres y mi hermano, etcétera. Pero no se trata de estar mal; se trata de la sensación de haber dado un paso en una dirección determinada y después haber desandado el camino para volver al punto de partida. Visto ahora, todo esto es muy obvio. Sin embargo, tuvo que pasarme para darme cuenta. Afortunadamente, tras unos pocos días me fui haciendo a la idea, y en cuanto empezó el curso y me vi inmerso en la rutina universitaria se me fue pasando todo eso.

Huelga decir que, con bofetada de realidad o sin ella, no cambiaría el año pasado por nada. Vamós.

Pues ese es básicamente el presente: estoy en casa.

En lo que respecta al futuro próximo, creo que se va a parecer bastante al presente. A ratos pienso en una visitilla a Europa Central a principios del año que viene, aunque suelo descartarla rápido, porque no tengo claro si quiero ir para volver a ver los lugares y las caras o si eso es sólo una excusa para un propósito más concreto, ni si ese propósito es realmente apropiado, o sensato, o tiene sentido siquiera, o a lo mejor sí, o todo lo contrario. Peeeero hacia el veranito las cosas cambian. Ahí ya se amontonan tantos planes que albergo muy pocas esperanzas de llevarlos todos a cabo. Los momentos clave son: 1) mediados de junio, ceremonia de coronación en Bratislava, hopefully con su correspondiente interpretación del Mesías de Händel en la catedral de San Martín, que el año pasado me la perdí; 2) último fin de semana de junio, centenario del asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo, que supongo que montarán algo para conmemorarlo, y si no me da igual, visito Bosnia, que la tengo pendiente; y 3) último fin de semana de julio, Carpathian Alliance en Volosianka. Los días del medio, visitas a los amigos y las ciudades que correspondan. ¿Mucho? Sí. ¿Demasiado? Muy probablemente. ¿Se llevará algo a cabo? Eso espero.


La catedral, achatada y con perspectiva chunga, 1825.


A más largo plazo, el plan es quedarme aquí hasta que acabe la carrera, lo cual debería suceder en año y medio si todo va bien, y después irme por esos mundos de Lu-ci-feeeeer. Adónde no lo sé, y mi objetivo cambia periódicamente. Hace dos años y medio quería irme a Bélgica. Poco después, a Holanda o a Dinamarca. Más recientemente, a Alemania o a Austria. Actualmente me muero de ganas de irme a Ucrania. Sí, ya sé, no es un país que funcione bien, blablablá. Me la refanflinfla, me apetece igual. Pero tranquilos, porque para cuando acabe la carrera ya tendré otro destino en mente. También veo Eslovaquia como una opción. Si bien a algunos países cercanos a ella tengo bastante claro que no quiero ir, Eslovaquia en concreto me atrae. Al menos ya no me cogerá de nuevas. Veremos.

Total: todo este rollo para decir que hasta verano no voy a ningún lado.

Sunday, October 6, 2013

Con y contra

Decía Diana Uribe en uno de sus programas que, cuando murió Stalin y Jrushov, más liberal que el bigotudo, lo sustituyó en el cargo, la actitud del partido cambió del "si no estás conmigo, estás contra mí" al "si no estás contra mí, estás conmigo".

Interesante matiz, ¿verdad?

Saturday, October 5, 2013

Dos señoras gallegohablantes


En los autobuses urbanos de mi ciudad, y supongo que en los de la tuya también, los asientos están de dos en dos, y algunos pares están mirando hacia atrás, de tal modo que quedan cuatro enfrentados. En uno de esos grupos de cuatro me hallaba yo solo hace dos jueves mientras me dirigía a mi beloved campus, hasta que dos señoras asentaron sus ancianas posaderas sobre los asientos que había delante de mí. No suelo llevar música en las orejas cuando voy en bus, lo que me permitió oír a las señoras decir algo que despertó mi curiosidad, y como aún no había sacado de la mochila el libro de la batalla de Verdún que me dejó mi primo, me dispuse a observarlas disimuladamente en lugar de leer.

Haciendo un juicio comparativo entre sus arrugas y las de mis dos abuelas, deduje que ambas doñas rondarían los setenta años. Iban cuidadosamente maquilladas y vestidas elegantemente, pero sin exageraciones. Una de ellas hablaba de su sobrina, nieta o lo que fuera, la música tan ruidosa que ésta tenía en el móvil, y cómo le había expresado su parecer al respecto a la dueña de dicho móvil. Ambas hablaban en castellano, pero tras oír unas pocas frases me dije: esta señora no habla castellano.

Qué curioso. La otra tampoco.

Ahora tengo que hacer un inciso para que los de fuera de Galicia podáis entender de qué hablo. La gente de esta región se divide en dos grupos: la que habitualmente habla castellano y la que habitualmente habla gallego. Lo normal es que todo el mundo entienda y sea capaz de hablar ambas lenguas, con mayor o menor cantidad de calcos pero siempre con fluidez; y todos tenemos acento gallego, de eso no se libra nadie, reconocible desde Valencia hasta Helsinki (otro día os cuento anécdotas). Sin embargo, hay una diferencia notable entre la entonación de quien habitualmente habla un idioma y la de quien habla el otro, de modo que cuando un gallegohablante cambia al castellano se le ve el plumero enseguida, aunque sea el castellano más correcto y refinado del mundo; y al revés, igual. Hay muy pocas excepciones, generalmente gente que por la razón que sea lleva toda la vida cambiando entre ambas.

Pues bien: estas señoras eran gallegohablantes hablando castellano. Pensé que a lo mejor estaba equivocado, pero en cuanto la que contaba la anécdota pasó a referir textualmente la conversación que tuvo con la dueña del móvil ruidoso, lo hizo en gallego; y entonces sucedió lo más gracioso de todo: terminada la reproducción del diálogo siguió diciendo en gallego algunas frases más, incluso la otra le respondió a algo con un par de palabras en la misma lengua, hasta que, pasados unos segundos, se dieron cuenta de lo que estaban haciendo y volvieron al castellano. Sucedió varias veces más a lo largo de la conversación, especialmente cuando se quedaban calladas unos instantes y una de ellas reniciaba el diálogo con alguna frase espontánea. A la de la izquierda le pasaba más que a la de la derecha.

Reconozco que esta anécdota, aunque me llamó la atención, no es tan rara. Estas señoras nacieron, se criaron y vivieron muchos años en un tiempo en el que el gallego se consideraba vulgar, y quien pretendiera tener una posición en la sociedad tenía que empezar por desterrarlo y pasarse al castellano. Pero también es cierto que llevamos ya más de treinta años de oficialidad, presencia en la radio y la televisión, etcétera. Que a estas alturas haya gente que siga intentando ocultarlo me parece cuando menos curioso.

Saturday, September 28, 2013

Agueste V: Slavske, Volosianka y Zájar Bérkut (II)




El sábado empecé el día tarde y con calma. Me di cuenta de que no tenía dinero, así que le pregunté al de recepción si en la estación de esquí había un cajero o tenía que bajar al pueblo. Me contestó que sí que había. Se equivocó. Llegué allí y no encontré ninguno. Pregunté a alguien con cara de pertenecer a la organización y llamó a una chavala que sabía inglés para hablar conmigo. Gala, pues así se llamaba, me dijo que no había ninguno, pero que me acompañaba a la estación en taxi si quería. Durante el trayecto me dijo que no tengo ningún aspecto de español. “¿Entonces de qué tengo aspecto?” “No te ofendas, pero de judío.” Pues nada, me rizaré las patillas. Al volver arriba comí en el comedor que hay (probé el borsh rojo, que es sopa de remolacha). Luego estuve conversando con Gala un rato más en la zona del telesilla y el hotel de los músicos (saludé a los de Arkona según se dirigían al baquestaje) hasta que se fue acercando la hora de inicio de los conciertos. En la cola del telesilla me hablaron dos o tres personas a las que les sorprendía mucho ver a alguien de tan lejos en un lugar tan perdido. Con ellos me fui a tomar un refresco al bonito bar que hay en lo alto de la montaña, y casi se me pasa la hora de ver a Viter; de hecho me perdí unos veinte minutos de su concierto, aproximadamente la mitad. Allí me reencontré con la chavala volgogradense con la que había compartido telesilla, y con ella vi a Arkona también.

Los vídeos están sin editar ni recortar:




Los más avispados encontrarán una referencia a Dub Buk
al final del segundo vídeo.


¿Recordáis lo que me había dicho el organizador cuando me dio la pulsera? “Es de prensa porque no me quedan de músico.” Pues bien, observando las muñecas de los asistentes y de los músicos que rondaban el hotel me di cuenta de que el hombre, por equivocación, lo había dicho al revés y de que lo que adornaba el istmo de mi mano era un pase a la vistosa casita rural situada un poco más atrás del escenario. No veas lo importante que se siente uno cuando dos miembros de la “militsia”, que es como se llama la policía allí, sendos armarios vestidos con gruesos trajes de camuflaje, te abren paso haciendo un gesto con la mano tras enseñarles la cinta roja de tu muñeca. Cuando llegué al piso superior de la casita, los Munsorrous me saludaron con grandes sonrisas y me ofrecieron bebida. También saludé a Masha y Lazar de Arkona; el segundo, aunque probablemente no recordase mi cara de la vez anterior en Madrid, sí me conoce como uno de los poquísimos habituales extranjeros del foro de su grupo. Ella no, porque pasa del foro y de aguantar a fans alocados. Pasé allí un rato corto, pero antes de irme le pregunté a Ville (de Moonsorrow. Qué raro se me hace especificar esto) si podía realizar un capricho que tenía: echarme por la cara la sangre que usan en los conciertos y sacarme “a bloody photo with the whole bloody band”. Me contestó que sí, que no habría problema. En algún momento también le pregunté a alguien de la organización si me podían dar un pase para mi nueva amiga; me dijeron que no, que las normas eran estrictas, y obviamente no discutí más, pero al minuto, cuando ya me iba, vino corriendo detrás de mí, se disculpó alegando que no sabía que yo era de la prensa y me entregó una pulsera. No veas qué contenta se puso la chavala cuando se la di. Ya no recuerdo cómo se llamaba. Vladimira o Svetlana o un nombre típico de ésos. No habló casi nada durante los pocos minutos que pasamos allí dentro; tenía los ojos como platos, mientras probablemente se preguntaba cómo rayos había llegado allí, y cuando salimos y llegamos de nuevo a la parte de enfrente del escenario exclamó: “¡Dios mío, tengo una foto con Moonsorrow!”.

A lo mejor encuentra este blog y me dice cómo se llama.

Todo eso fue entre Arkona y Týr. Cuando acabaron estos últimos, volví corriendo al baquestaje a ensangrentarme un poco. Doy fe de que la sangre que usan es real: el sabor es inconfundible y cuando se seca se pone marrón y cruje cuando mueves la cara. No veas lo que me costó convencer de esto a Eddie.

— Bueno, sería sangre de mentira, ¿no?
— Qué va, sabía a sangre y se me coaguló en la cara.
— Ya, bueno, pero sería sangre falsa, no creo que la usen auténtica.
— Que no, hombre, que se puso marrón y crujiente.
— Sí, sí, pero supongo que sería de mentira...

Lo malo fue que no me pude hacer la foto, porque cuando sucedió esto ya estaba sonando la intro y se fueron corriendo al escenario. Maybe after the concert, me dijo Ville, pero ahí ya ni lo intenté porque se pusieron a recoger los instrumentos y demás. Hablé unos minutillos más con Mitja, que es con el que más me llevo, por así decir, y me fui. Tanto la volgogradense como yo decidimos irnos ya, que era tarde y hacía frío –llegaron a caer unos copos de nieve durante el concierto–. Bajamos en un cuatriciclo de la muerte, nos despedimos (lo siento por los que esperabais otro final para esta historia) y volví al hotel dando un precioso paseo en oscuridad casi total bajo la majestuosidad del cielo nocturno.

La última anécdota de la noche es la del recepcionista, el mismo chaval joven al que le había preguntado lo del cajero. Peté en la puerta, me vio todo ensangrentado a través del cristal, abrió mucho los ojos y vino a abrirme. Con educación y el gesto amable que suelo usar yo y cualquiera en estos casos, le devolví el paraguas que me había prestado, le pedí la llave y subí a mi cuarto. La cara del pobre hombre era un poema; no despegó los labios en ningún momento, ni redujo el grado de apertura de sus párpados. Estoy seguro de que, si le hubiera pedido el dinero de la caja, me habría dado hasta los centimillos del bolsillo de atrás. Días después me decía Eddie que sí, que mucha risa, pero que menos mal que no se le ocurrió llamar a la policía diciendo: mira, que son las tres o las cuatro de la mañana y acaba de subir un tarao ensangrentado a la 108, venid a ver.

A la mañana siguiente bajé a entregar la llave, y junto a la mesa de recepción había un señor con el que me había topado el día anterior y que me sorprendió hablándome en ¡portugués! Por lo visto, había sido camionero y durante muchos años había estado viajando a Portugal. Ahora era taxista. Me llevó a la estación, y como aún faltaba un buen rato para el tren, fui a comer a un pequeño bar que encontré. La camarera era jovencita e imbécil. Le pregunté qué era un determinado elemento del menú, y su única respuesta fue repetir la palabra varias veces, sin hacer un gesto explicativo ni señalar nada. Le dije que vale, que me lo pusiera y ya vería lo que era. Me dio un platito con algo de ensalada, pescado frito y un tenedor. Para quitarle las espinas al pescado necesitaba un cuchillo, pero no recordaba cómo se decía en ruso, así que la llamé, le dije “por favor” e hice gesto de cortar con un cuchillo. Me respondió: jasi sisusu siguasagüey. Bueno, muller, perdona pero no te entiendo, ¿me traes un cuchillo o no? Todo esto educadamente y con un ruso básico pero suficiente (me había servido con otras personas). Ella siguió repitiendo lo mismo. Luego se giró hacia dos personas que estaban en otra mesa, observando la escena con curiosidad, y les dijo algo riéndose. Huelga decir que no me llegó a traer cuchillo ninguno. La verdad, más imbécil fui yo por no levantarme e irme sin más.

Tras comer el pescado con los dedos me fui a dar un paseo para matar el tiempo por las cercanías de la estación, y más tarde, mientras el tren me llevaba a Lviv, recibí un mensaje de una tal Julia. El resto ya lo conté, y con esto podemos, por fin y tras casi un año, dar la serie de Agueste por terminada.

Tuesday, August 13, 2013

Fium, fium

Esta noche dormiré en la habitación de Budapest en la que estoy ahora mismo. Mañana dormiré en Bratislava. La siguiente noche, en Bérgamo, o Milán, o donde pueda en esa zona. Y la siguiente, en mi casa.

Demasiado rápido todo. No tengo ni tiempo de escribir una entrada más larga. Ni necesidad, realmente.

Saturday, August 3, 2013

Agueste V: Slavske, Volosianka y Zájar Bérkut (I)



¡Sorpresa! ¿A que ya no os esperabais esto a estas alturas? Lo suponía. Los primeros cinco párrafos los escribí en septiembre u octubre, por ahí. El resto es de hace unos días, por lo que puede que se me olvidaran detalles, pero esto es básicamente lo que hubo. Otro día publicaré la segunda parte.

En todos los carteles pone Slavsko, pero todo el mundo lo llama Slavske. No sé por qué. Sea como sea, tras dos horas de tren antiguo pero suficientemente cómodo llegué a ese pequeño pueblo de los Cárpatos, cuyos habitantes debían de estar flipando con la manada de melenudos que aparecían en la estación. Había reservado una habitación en un hotel de cuatro estrellas, o como tal me lo vendieron, llamado Terem, por veinte euros la noche, que habrían sido diez si fuera con alguien más, puesto que la habitación era doble. Empecé a preguntar por el gotel Terem. ¿Gospedia?, me preguntaron. Da, Terem, gotel, respondí. Da, gospedia por allí y por allá, se empeñaban en decir. Pues gospedia, lo que tú digas, se parece a hospedar así que supongo que hablamos de lo mismo, el caso es que me indiques. La primera señora me mandó todo recto, pasar un puente y llegar a una tienda. Este es el puente que pasé:


Aunque más adelante había uno de verdad, con calzada. (No, el de la foto no lo crucé.) Entré a la tienda y volví a preguntar. Me empezaron a indicar, pero que estaba lejííísimos, y en ese momento pasó un autobús pequeñajo y me dijeron que corriera y lo cogiera. Pegué un grito y el conductor esperó por mí. Ese autobusiño fue toda una experiencia. No le hice fotos porque me daba palo: era el único extranjero, tenía pinta de perdido, iba cargado con una mochila petada y una maleta y todos los presentes me miraban con curiosidad. Yo sólo decía: gotel Terem, gotel Terem, ne panimaiu, ne panimaiu. No entiendo, vaya. Un señor de unos setenta años me estaba diciendo mil cosas y yo no me enteraba de nada.

Me enteré con alegría de que, aunque entre el “centro” de Slavske y Zájar Biérkut hay seis kilómetros, el tal hotel Terem se halla a medio camino entre ambos, un poco más cerca de la estación de esquí. Entré en el hotel, hablé con la única recepcionista del mismo que sabe algo de inglés, me dio la llave de la 108 y allí me fui, a una habitación bonita y luminosa, aunque no sé si merecedora de las cuatro estrellas. Me duché y ese tipo de cosas y salí para Zájar Biérkut a pie, pues me habían dicho que se llega en veinte minutos, y así es. La carretera es espantosa, piedras y socavones por todos lados, pero como iba a pie no me importó y me entretuve disfrutando del paisaje, chupando mi caramelo de caramelo comprado en Lviv (un mosquito imbécil lo vio tan amarillo que quiso acercarse y se quedó irremediablemente pegado; ese día terminó su vida, pero tranquilos, no me lo comí) y viendo las lentas eses que hacían los coches, que en ocasiones llegaban incluso a pararse.




A las nueve y cuarto, cuando llegué a la parte inferior del telesilla, los policías o seguratas o lo que fueran me dijeron que aquello ya lo habían parado. Por suerte, alguien llamó a alguien y me dijeron que el organizador del festival llegaría en unos minutos. Cuando me vio me dijo: “hello, I am Sergey”, yo le respondí: “hello, I am Abel from Sp...” y me interrumpió diciendo: I know, I know. Mira, me dijo, no me quedan pulseras de músico, así que te voy a dar una pulsera de prensa. Pensé para mis adentros: pues vaya tontería, eso es lo que supuestamente me corresponde. También me dijeron varios de los presentes que arriba hacía frío, que en manga corta y pantalón corto me iba a congelar, pero les respondí que no se preocuparan, que en la mochila llevaba ropa de abrigo. Una vez estuvo todo aclarado me monté en el telesilla.

Casi me congelo, colega. Menudo frío pasé. No me esperaba ni que el trayecto durase treinta minutazos ni que hiciera tanto frío antes de llegar arriba. Y claro, a ver quién es el chulo que se pone a descalzarse y a sacar cosas de la mochila cuando se halla suspendido a diez metros de altura. Chocar las rodillas y cantar tonterías tipo “hace frío frío frío, naino naino nainioná, ochen ochen joladná” no te hace entrar en calor pero algo ayuda. Por el ruido y las luces distantes supe que me acercaba al escenario, luego que estaba a su lado, luego que… ¡me estaba alejando! El telesilla me dejó arriba de todo, en la cima del tope del cumio del pico de la cumbre de la montaña, donde me abrigué y eché a correr hacia el escenario, donde ya estaba tocando Dark Funeral.

Al principio hacía frío. Luego hacía mucho frío. Luego hacía un frío que pelaba. Cinco o seis grados, por ahí. Unos encendieron una hoguera detrás del puesto de las camisetas; pasé allí la mayor parte del concierto de Inquisition (desde ese lugar se veía y oía perfectamente), y todo lo que conseguí fue apestar a humo y seguir teniendo prácticamente el mismo frío, así que decidí volver a delante del escenario y saltar como un mono in situ; esto funcionó mucho mejor. De todos modos, a mitad de Todestriebe me harté de pasar frío, estaba cansado, eran las dos, etcétera, así que me dije: me piro. Pero esperad, que me falta la anécdota de las hamburguesas. Durante Carpathian Forest, el segundo concierto que vi, me entró el hambre y fui a uno de los puestos de perritos calientes a comprar una hamburguesa. Miro la lista de precios (прайслист, praislist, una risa) y veo: чисбургер, chisburguer, 100 grivñas. Me quedé boquiabierto: ¿diez euros por una hamburguesa precocinada, en Ucrania? Vale que en un festival las cosas suelen ser más caras, pero eso es una burrada, más en un país relativamente barato. Fui al otro puesto, aunque ya sabía que sería exactamente lo mismo, y así era. Tras un rato debatiéndome entre pasar hambre toda la noche y tirar el dinero me di cuenta de que la г (G) de “100 г” no era de гривень, grivñas, sino de граммов, gramos. El precio estaba más a la derecha y era exactamente la décima parte.

Volvamos a las dos de la mañana y a mi intención de escapar de esa nevera al aire libre. A la derecha del escenario y tras una valla abierta había algo que parecía un camino. Junto a la valla, sentados, un policía y un chaval joven. Me acerqué y les pregunté cómo se podía bajar; el chaval sabía algo de inglés y me informó de que había unos viejos con quads un poco más arriba que te bajaban en su máquina endemoniada por, esta vez sí, cien grivñas del ala. Como la alternativa era esperar tres horas más para morirme del frío y del asco en el telesilla, me subí a uno de esos. Avanzamos diez metros que fueron suficientes para darme cuenta de que mi vida podría terminar allí mismo; paró porque el chaval de antes le había levantado la mano. El susodicho se acercó al cacharro y me preguntó si me importaba que se montara también (caben tres personas incluyendo al conductor). Le contesté que en absoluto, y mira, fue genial que se subiera, porque al estar más apretados me daba menos impresión de que me iba a caer. En serio, fue toda una experiencia. Un aparato infernal que si tiene suspensión la disimula muy bien, bajando a velocidad de crucero por un sendero irregular, zigzagueante y lleno de piedras y saltos en mitad del monte. Algunos se suben a montañas rusas; os aseguro que las ucranianas no tienen nada que envidiarles. (Curiosidad: en Rusia, a las montañas rusas las llaman montañas americanas.) En unos cinco interminables minutos llegamos abajo, donde ya no hacía tanto frío, de hecho se estaba bien. Convencí a mis huevos de que ejercer de corbata no era su función, pagué las cien grivñas (no creas que nos hizo el menor descuento por ser dos) y me disponía a despedirme del chaval e irme por mi lado tras intercambiar dos frases con él, pero me preguntó si me gustaba el vodka, o algo así, y me invitó a tomar unos chupitos con él. Subimos un poco hacia el hotel donde se alojaban los músicos. Resulta que el chaval, llamado Vladímir, si no recuerdo mal, era el administrador de la red informática de ese hotel, así que pudo entrar como Pepito por su casa y salir de nuevo, no sin antes mostrarle al policía el cartón de zumo de naranja que se llevaba. Una vez fuera, sacó de debajo de la cazadora dos botellas de vodka ucraniano marca Nemiroff: una llena, que me regaló “para que bebas con tus amigos de España”, y otra mediada, para compartir right there, right then. “Está un poco caliente porque tenía la botella guardada en el armario de los servidores.” Me llevó a un merenderito con bancos, y mientras bebíamos me estuvo contando cosas. Tomamos tres chupitos. El primero, na zdarovie, por la salud. El segundo, por que todo vaya bien; “a mí me va bien, porque me casé la semana pasada y soy muy feliz”. El tercero, por los amigos, si no recuerdo mal. Me explicó un poco la situación lingüística en Ucrania, la predominancia del ruso en la mitad este y la del ucraniano en la oeste, y la diglosia existente; puso cara triste cuando me referí a Ucrania como “a Russian-speaking country”. No se ofendió; más bien creo que le entristeció que un extranjero asociara Ucrania con el idioma ruso. Durante toda nuestra conversación, siempre me contestó amablemente cuando le preguntaba cómo se decía tal o cual cosa en ruso, pero insistía en hablar inglés, porque tenía que practicar. Cuando finalmente decidimos irnos y empezamos a bajar la cuesta hacia el hotel, vimos una furgoneta enfrente del mismo. Como estaba medio peneca del vodka, le pedí sin ninguna vergüenza: “oye, ¿puedes decirles a esos que me lleven?” Habló con el de la furgoneta, el cual aceptó, pues había sitio y mi hotel quedaba de camino por la única carretera posible. Y esa es la historia de cómo acabé metido en la furgoneta de Dark Funeral, a quienes les importó tres pitos que un desconocido se sentara en el vehículo que los llevaba al aeropuerto o adonde fuera. El cantante es griego, no lo sabía, creía que eran todos suecos. Me bajé en mi hotel y di el día por terminado. Lo llamé jornada, que dicen en inglés.