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Saturday, December 5, 2015

El museo de Poprad


Foto de GaleriaSlovakia.sk

—Excelencia, he estado pensando que Poprad está un poco aislada.
—Hombre, pues claro que lo está. Primero, Eslovaquia no está en el Top 5 de países más turísticos del mundo precisamente, y segundo, estar situados en medio de las montañas es lo que tiene. Pero eso ya lo sabía yo antes de llegar a alcalde y también lo sabías tú antes de llegar a concelleiro de cultura. Además, en invierno se nos llena esto de turistas y esquiadores.
—Claro, excelencia, si todo lo que dice es cierto, pero usted mismo lo ha dicho: sólo en invierno, luego en verano nos comemos los mocos. Además, tener sólo una actividad... que sí, que Altos Tatras y tal, paisajes y todo eso, pero va a parecer que no tenemos patrimonio histórico ni cosas de humanidades.
—¿Adónde quieres llegar?
—A que he tenido una idea que por fin va a poner a Poprad en el mapa.
—Sorpréndeme.
—Un museo.
—¿Un museo? ¿De qué?
—Verá, ahí está el asunto. Por lo pronto se me ha ocurrido meter los restos arqueológicos.
—¿Las piedras esas que encontraron en los años veinte o treinta?
—Esas. Con unas fotos en blanco y negro en tamaño sobredimensionado.
—A ver, eso nos puede dar para una exposición en alguna sala del ayuntamiento, pero poco más, ¿no?
—Por eso le decía. Si queremos un museo, no va a ser suficiente. Necesitamos más cosas y tengo algunas ideas.
—Soy todo oídos.
—Para empezar, una habitación sobre etnografía.
—¿Trajes típicos y tal?
—Sí.
—Eso está muy visto, ¿no?
—Ya he pensado en eso, y creo que podemos darle un toque de originalidad: que todo lo textil sea azul.
—¿¿Azul?? ¿Por qué?
—Se me ocurrió.


Pinche y se agrandarán las fotos, excelencia.

—Bueno, vale. ¿Qué más?
—Algo de cigüeñas. Tengo varias fotos chulas.
—Pero con eso no llega.
—Da igual, ponemos un cartel en el que ponga cigüeña en muchos idiomas y rellenamos espacio. Y en castellano ponemos cigüeňa con ň y le damos nuestro toquecillo eslovaco.


»Con animales también se me ocurrió otra idea: ¡disecarlos!
—¿Y meterlos en vitrinas?
—Algunos, pero también podemos hacer un diorama con varios de ellos. Si su excelencia me permite la expresión chabacana, molan un montón, los dioramas. Se hace como una escena de la vida en el bosque con los animales disecados, piedras en el suelo y un fondo con árboles que dé contexto y ambiente. Que quede una composición hiperrealista, ¿sabe?


—Pero mira, entre piedras, animales y ropa, creo que nos estamos pasando de heterogéneos. Habrá que centrarse en algo para hacer un museo de ese algo, ¿no crees? Museo arqueológico, museo etnográfico, museo de historia natural, pero de una cosa sola.
—¿No ha visto usted el British Museum? Hay de todo: que si momias, que si cuadros, que si monedas, y encima es todo exfoliado.
—Expoliado.
—Eso. Nosotros lo que tenemos es todo nuestro, no hay exvotos.
—Expolios.
—Tampoco. Tenemos unas mazas con pinchos, una corona y mucha cacharrada medieval en ese plan que podemos poner junto al jarrón y las cafeteras, por lo menos para llenar un par de paredes más. Y alguna cosa más se nos ocurrirá.


—¿Crees que funcionará?
—Lo que le he dicho: pondrá Poprad en el mapa. Dará que hablar. Se escribirán entradas en blogs desde lugares a dos mil kilómetros de distancia. Y total, ¿acaso tenemos otra idea mejor?
—Me has convencido. Licítalo.




Una mochila en Poprad, 22 de agosto de 2012.


Monday, May 4, 2015

Billetes de tranvía de Lviv

No sé si alguna vez os enseñé los billetes de tranvía que tengo de cuando fui a Lviv por primera vez. En esa visita vi muchas cosas que me recordaron a como me imagino yo la España de hace varias décadas, y estos billetes son una de ellas: no un papel de impresión térmica que sale de una máquina, sino un billete de taco, de imprenta, colorido y con elementos de seguridad reflectantes. El azul es un billete normal; en agosto de 2012 costaba 1,50 grivñas, que en ese momento equivalían a 15 céntimos de euro y hoy equivalen a 6 (guerra, inflación). El naranja es de estudiante y costaba la mitad. Llevan casi tres años en mi cartera (madre mía, cómo pasa el tiempo), por lo que amarillearon un poco.


Me está entrando un ataque de nostalgia brutal. Publico esto y me voy a llorar a una esquina.

Saturday, September 28, 2013

Agueste V: Slavske, Volosianka y Zájar Bérkut (II)




El sábado empecé el día tarde y con calma. Me di cuenta de que no tenía dinero, así que le pregunté al de recepción si en la estación de esquí había un cajero o tenía que bajar al pueblo. Me contestó que sí que había. Se equivocó. Llegué allí y no encontré ninguno. Pregunté a alguien con cara de pertenecer a la organización y llamó a una chavala que sabía inglés para hablar conmigo. Gala, pues así se llamaba, me dijo que no había ninguno, pero que me acompañaba a la estación en taxi si quería. Durante el trayecto me dijo que no tengo ningún aspecto de español. “¿Entonces de qué tengo aspecto?” “No te ofendas, pero de judío.” Pues nada, me rizaré las patillas. Al volver arriba comí en el comedor que hay (probé el borsh rojo, que es sopa de remolacha). Luego estuve conversando con Gala un rato más en la zona del telesilla y el hotel de los músicos (saludé a los de Arkona según se dirigían al baquestaje) hasta que se fue acercando la hora de inicio de los conciertos. En la cola del telesilla me hablaron dos o tres personas a las que les sorprendía mucho ver a alguien de tan lejos en un lugar tan perdido. Con ellos me fui a tomar un refresco al bonito bar que hay en lo alto de la montaña, y casi se me pasa la hora de ver a Viter; de hecho me perdí unos veinte minutos de su concierto, aproximadamente la mitad. Allí me reencontré con la chavala volgogradense con la que había compartido telesilla, y con ella vi a Arkona también.

Los vídeos están sin editar ni recortar:




Los más avispados encontrarán una referencia a Dub Buk
al final del segundo vídeo.


¿Recordáis lo que me había dicho el organizador cuando me dio la pulsera? “Es de prensa porque no me quedan de músico.” Pues bien, observando las muñecas de los asistentes y de los músicos que rondaban el hotel me di cuenta de que el hombre, por equivocación, lo había dicho al revés y de que lo que adornaba el istmo de mi mano era un pase a la vistosa casita rural situada un poco más atrás del escenario. No veas lo importante que se siente uno cuando dos miembros de la “militsia”, que es como se llama la policía allí, sendos armarios vestidos con gruesos trajes de camuflaje, te abren paso haciendo un gesto con la mano tras enseñarles la cinta roja de tu muñeca. Cuando llegué al piso superior de la casita, los Munsorrous me saludaron con grandes sonrisas y me ofrecieron bebida. También saludé a Masha y Lazar de Arkona; el segundo, aunque probablemente no recordase mi cara de la vez anterior en Madrid, sí me conoce como uno de los poquísimos habituales extranjeros del foro de su grupo. Ella no, porque pasa del foro y de aguantar a fans alocados. Pasé allí un rato corto, pero antes de irme le pregunté a Ville (de Moonsorrow. Qué raro se me hace especificar esto) si podía realizar un capricho que tenía: echarme por la cara la sangre que usan en los conciertos y sacarme “a bloody photo with the whole bloody band”. Me contestó que sí, que no habría problema. En algún momento también le pregunté a alguien de la organización si me podían dar un pase para mi nueva amiga; me dijeron que no, que las normas eran estrictas, y obviamente no discutí más, pero al minuto, cuando ya me iba, vino corriendo detrás de mí, se disculpó alegando que no sabía que yo era de la prensa y me entregó una pulsera. No veas qué contenta se puso la chavala cuando se la di. Ya no recuerdo cómo se llamaba. Vladimira o Svetlana o un nombre típico de ésos. No habló casi nada durante los pocos minutos que pasamos allí dentro; tenía los ojos como platos, mientras probablemente se preguntaba cómo rayos había llegado allí, y cuando salimos y llegamos de nuevo a la parte de enfrente del escenario exclamó: “¡Dios mío, tengo una foto con Moonsorrow!”.

A lo mejor encuentra este blog y me dice cómo se llama.

Todo eso fue entre Arkona y Týr. Cuando acabaron estos últimos, volví corriendo al baquestaje a ensangrentarme un poco. Doy fe de que la sangre que usan es real: el sabor es inconfundible y cuando se seca se pone marrón y cruje cuando mueves la cara. No veas lo que me costó convencer de esto a Eddie.

— Bueno, sería sangre de mentira, ¿no?
— Qué va, sabía a sangre y se me coaguló en la cara.
— Ya, bueno, pero sería sangre falsa, no creo que la usen auténtica.
— Que no, hombre, que se puso marrón y crujiente.
— Sí, sí, pero supongo que sería de mentira...

Lo malo fue que no me pude hacer la foto, porque cuando sucedió esto ya estaba sonando la intro y se fueron corriendo al escenario. Maybe after the concert, me dijo Ville, pero ahí ya ni lo intenté porque se pusieron a recoger los instrumentos y demás. Hablé unos minutillos más con Mitja, que es con el que más me llevo, por así decir, y me fui. Tanto la volgogradense como yo decidimos irnos ya, que era tarde y hacía frío –llegaron a caer unos copos de nieve durante el concierto–. Bajamos en un cuatriciclo de la muerte, nos despedimos (lo siento por los que esperabais otro final para esta historia) y volví al hotel dando un precioso paseo en oscuridad casi total bajo la majestuosidad del cielo nocturno.

La última anécdota de la noche es la del recepcionista, el mismo chaval joven al que le había preguntado lo del cajero. Peté en la puerta, me vio todo ensangrentado a través del cristal, abrió mucho los ojos y vino a abrirme. Con educación y el gesto amable que suelo usar yo y cualquiera en estos casos, le devolví el paraguas que me había prestado, le pedí la llave y subí a mi cuarto. La cara del pobre hombre era un poema; no despegó los labios en ningún momento, ni redujo el grado de apertura de sus párpados. Estoy seguro de que, si le hubiera pedido el dinero de la caja, me habría dado hasta los centimillos del bolsillo de atrás. Días después me decía Eddie que sí, que mucha risa, pero que menos mal que no se le ocurrió llamar a la policía diciendo: mira, que son las tres o las cuatro de la mañana y acaba de subir un tarao ensangrentado a la 108, venid a ver.

A la mañana siguiente bajé a entregar la llave, y junto a la mesa de recepción había un señor con el que me había topado el día anterior y que me sorprendió hablándome en ¡portugués! Por lo visto, había sido camionero y durante muchos años había estado viajando a Portugal. Ahora era taxista. Me llevó a la estación, y como aún faltaba un buen rato para el tren, fui a comer a un pequeño bar que encontré. La camarera era jovencita e imbécil. Le pregunté qué era un determinado elemento del menú, y su única respuesta fue repetir la palabra varias veces, sin hacer un gesto explicativo ni señalar nada. Le dije que vale, que me lo pusiera y ya vería lo que era. Me dio un platito con algo de ensalada, pescado frito y un tenedor. Para quitarle las espinas al pescado necesitaba un cuchillo, pero no recordaba cómo se decía en ruso, así que la llamé, le dije “por favor” e hice gesto de cortar con un cuchillo. Me respondió: jasi sisusu siguasagüey. Bueno, muller, perdona pero no te entiendo, ¿me traes un cuchillo o no? Todo esto educadamente y con un ruso básico pero suficiente (me había servido con otras personas). Ella siguió repitiendo lo mismo. Luego se giró hacia dos personas que estaban en otra mesa, observando la escena con curiosidad, y les dijo algo riéndose. Huelga decir que no me llegó a traer cuchillo ninguno. La verdad, más imbécil fui yo por no levantarme e irme sin más.

Tras comer el pescado con los dedos me fui a dar un paseo para matar el tiempo por las cercanías de la estación, y más tarde, mientras el tren me llevaba a Lviv, recibí un mensaje de una tal Julia. El resto ya lo conté, y con esto podemos, por fin y tras casi un año, dar la serie de Agueste por terminada.

Saturday, August 3, 2013

Agueste V: Slavske, Volosianka y Zájar Bérkut (I)



¡Sorpresa! ¿A que ya no os esperabais esto a estas alturas? Lo suponía. Los primeros cinco párrafos los escribí en septiembre u octubre, por ahí. El resto es de hace unos días, por lo que puede que se me olvidaran detalles, pero esto es básicamente lo que hubo. Otro día publicaré la segunda parte.

En todos los carteles pone Slavsko, pero todo el mundo lo llama Slavske. No sé por qué. Sea como sea, tras dos horas de tren antiguo pero suficientemente cómodo llegué a ese pequeño pueblo de los Cárpatos, cuyos habitantes debían de estar flipando con la manada de melenudos que aparecían en la estación. Había reservado una habitación en un hotel de cuatro estrellas, o como tal me lo vendieron, llamado Terem, por veinte euros la noche, que habrían sido diez si fuera con alguien más, puesto que la habitación era doble. Empecé a preguntar por el gotel Terem. ¿Gospedia?, me preguntaron. Da, Terem, gotel, respondí. Da, gospedia por allí y por allá, se empeñaban en decir. Pues gospedia, lo que tú digas, se parece a hospedar así que supongo que hablamos de lo mismo, el caso es que me indiques. La primera señora me mandó todo recto, pasar un puente y llegar a una tienda. Este es el puente que pasé:


Aunque más adelante había uno de verdad, con calzada. (No, el de la foto no lo crucé.) Entré a la tienda y volví a preguntar. Me empezaron a indicar, pero que estaba lejííísimos, y en ese momento pasó un autobús pequeñajo y me dijeron que corriera y lo cogiera. Pegué un grito y el conductor esperó por mí. Ese autobusiño fue toda una experiencia. No le hice fotos porque me daba palo: era el único extranjero, tenía pinta de perdido, iba cargado con una mochila petada y una maleta y todos los presentes me miraban con curiosidad. Yo sólo decía: gotel Terem, gotel Terem, ne panimaiu, ne panimaiu. No entiendo, vaya. Un señor de unos setenta años me estaba diciendo mil cosas y yo no me enteraba de nada.

Me enteré con alegría de que, aunque entre el “centro” de Slavske y Zájar Biérkut hay seis kilómetros, el tal hotel Terem se halla a medio camino entre ambos, un poco más cerca de la estación de esquí. Entré en el hotel, hablé con la única recepcionista del mismo que sabe algo de inglés, me dio la llave de la 108 y allí me fui, a una habitación bonita y luminosa, aunque no sé si merecedora de las cuatro estrellas. Me duché y ese tipo de cosas y salí para Zájar Biérkut a pie, pues me habían dicho que se llega en veinte minutos, y así es. La carretera es espantosa, piedras y socavones por todos lados, pero como iba a pie no me importó y me entretuve disfrutando del paisaje, chupando mi caramelo de caramelo comprado en Lviv (un mosquito imbécil lo vio tan amarillo que quiso acercarse y se quedó irremediablemente pegado; ese día terminó su vida, pero tranquilos, no me lo comí) y viendo las lentas eses que hacían los coches, que en ocasiones llegaban incluso a pararse.




A las nueve y cuarto, cuando llegué a la parte inferior del telesilla, los policías o seguratas o lo que fueran me dijeron que aquello ya lo habían parado. Por suerte, alguien llamó a alguien y me dijeron que el organizador del festival llegaría en unos minutos. Cuando me vio me dijo: “hello, I am Sergey”, yo le respondí: “hello, I am Abel from Sp...” y me interrumpió diciendo: I know, I know. Mira, me dijo, no me quedan pulseras de músico, así que te voy a dar una pulsera de prensa. Pensé para mis adentros: pues vaya tontería, eso es lo que supuestamente me corresponde. También me dijeron varios de los presentes que arriba hacía frío, que en manga corta y pantalón corto me iba a congelar, pero les respondí que no se preocuparan, que en la mochila llevaba ropa de abrigo. Una vez estuvo todo aclarado me monté en el telesilla.

Casi me congelo, colega. Menudo frío pasé. No me esperaba ni que el trayecto durase treinta minutazos ni que hiciera tanto frío antes de llegar arriba. Y claro, a ver quién es el chulo que se pone a descalzarse y a sacar cosas de la mochila cuando se halla suspendido a diez metros de altura. Chocar las rodillas y cantar tonterías tipo “hace frío frío frío, naino naino nainioná, ochen ochen joladná” no te hace entrar en calor pero algo ayuda. Por el ruido y las luces distantes supe que me acercaba al escenario, luego que estaba a su lado, luego que… ¡me estaba alejando! El telesilla me dejó arriba de todo, en la cima del tope del cumio del pico de la cumbre de la montaña, donde me abrigué y eché a correr hacia el escenario, donde ya estaba tocando Dark Funeral.

Al principio hacía frío. Luego hacía mucho frío. Luego hacía un frío que pelaba. Cinco o seis grados, por ahí. Unos encendieron una hoguera detrás del puesto de las camisetas; pasé allí la mayor parte del concierto de Inquisition (desde ese lugar se veía y oía perfectamente), y todo lo que conseguí fue apestar a humo y seguir teniendo prácticamente el mismo frío, así que decidí volver a delante del escenario y saltar como un mono in situ; esto funcionó mucho mejor. De todos modos, a mitad de Todestriebe me harté de pasar frío, estaba cansado, eran las dos, etcétera, así que me dije: me piro. Pero esperad, que me falta la anécdota de las hamburguesas. Durante Carpathian Forest, el segundo concierto que vi, me entró el hambre y fui a uno de los puestos de perritos calientes a comprar una hamburguesa. Miro la lista de precios (прайслист, praislist, una risa) y veo: чисбургер, chisburguer, 100 grivñas. Me quedé boquiabierto: ¿diez euros por una hamburguesa precocinada, en Ucrania? Vale que en un festival las cosas suelen ser más caras, pero eso es una burrada, más en un país relativamente barato. Fui al otro puesto, aunque ya sabía que sería exactamente lo mismo, y así era. Tras un rato debatiéndome entre pasar hambre toda la noche y tirar el dinero me di cuenta de que la г (G) de “100 г” no era de гривень, grivñas, sino de граммов, gramos. El precio estaba más a la derecha y era exactamente la décima parte.

Volvamos a las dos de la mañana y a mi intención de escapar de esa nevera al aire libre. A la derecha del escenario y tras una valla abierta había algo que parecía un camino. Junto a la valla, sentados, un policía y un chaval joven. Me acerqué y les pregunté cómo se podía bajar; el chaval sabía algo de inglés y me informó de que había unos viejos con quads un poco más arriba que te bajaban en su máquina endemoniada por, esta vez sí, cien grivñas del ala. Como la alternativa era esperar tres horas más para morirme del frío y del asco en el telesilla, me subí a uno de esos. Avanzamos diez metros que fueron suficientes para darme cuenta de que mi vida podría terminar allí mismo; paró porque el chaval de antes le había levantado la mano. El susodicho se acercó al cacharro y me preguntó si me importaba que se montara también (caben tres personas incluyendo al conductor). Le contesté que en absoluto, y mira, fue genial que se subiera, porque al estar más apretados me daba menos impresión de que me iba a caer. En serio, fue toda una experiencia. Un aparato infernal que si tiene suspensión la disimula muy bien, bajando a velocidad de crucero por un sendero irregular, zigzagueante y lleno de piedras y saltos en mitad del monte. Algunos se suben a montañas rusas; os aseguro que las ucranianas no tienen nada que envidiarles. (Curiosidad: en Rusia, a las montañas rusas las llaman montañas americanas.) En unos cinco interminables minutos llegamos abajo, donde ya no hacía tanto frío, de hecho se estaba bien. Convencí a mis huevos de que ejercer de corbata no era su función, pagué las cien grivñas (no creas que nos hizo el menor descuento por ser dos) y me disponía a despedirme del chaval e irme por mi lado tras intercambiar dos frases con él, pero me preguntó si me gustaba el vodka, o algo así, y me invitó a tomar unos chupitos con él. Subimos un poco hacia el hotel donde se alojaban los músicos. Resulta que el chaval, llamado Vladímir, si no recuerdo mal, era el administrador de la red informática de ese hotel, así que pudo entrar como Pepito por su casa y salir de nuevo, no sin antes mostrarle al policía el cartón de zumo de naranja que se llevaba. Una vez fuera, sacó de debajo de la cazadora dos botellas de vodka ucraniano marca Nemiroff: una llena, que me regaló “para que bebas con tus amigos de España”, y otra mediada, para compartir right there, right then. “Está un poco caliente porque tenía la botella guardada en el armario de los servidores.” Me llevó a un merenderito con bancos, y mientras bebíamos me estuvo contando cosas. Tomamos tres chupitos. El primero, na zdarovie, por la salud. El segundo, por que todo vaya bien; “a mí me va bien, porque me casé la semana pasada y soy muy feliz”. El tercero, por los amigos, si no recuerdo mal. Me explicó un poco la situación lingüística en Ucrania, la predominancia del ruso en la mitad este y la del ucraniano en la oeste, y la diglosia existente; puso cara triste cuando me referí a Ucrania como “a Russian-speaking country”. No se ofendió; más bien creo que le entristeció que un extranjero asociara Ucrania con el idioma ruso. Durante toda nuestra conversación, siempre me contestó amablemente cuando le preguntaba cómo se decía tal o cual cosa en ruso, pero insistía en hablar inglés, porque tenía que practicar. Cuando finalmente decidimos irnos y empezamos a bajar la cuesta hacia el hotel, vimos una furgoneta enfrente del mismo. Como estaba medio peneca del vodka, le pedí sin ninguna vergüenza: “oye, ¿puedes decirles a esos que me lleven?” Habló con el de la furgoneta, el cual aceptó, pues había sitio y mi hotel quedaba de camino por la única carretera posible. Y esa es la historia de cómo acabé metido en la furgoneta de Dark Funeral, a quienes les importó tres pitos que un desconocido se sentara en el vehículo que los llevaba al aeropuerto o adonde fuera. El cantante es griego, no lo sabía, creía que eran todos suecos. Me bajé en mi hotel y di el día por terminado. Lo llamé jornada, que dicen en inglés.

Tuesday, October 2, 2012

Agueste IV: Lviv




VIERNES 10 DE AGOSTO DE 2012

Vítali, cartógrafo de profesión, o algo muy parecido, me estuvo dibujando planos la noche anterior y explicándome cómo llegar al centro y lo que allí hay. Mencionó unas treinta mil iglesias y catedrales, cada una de su padre y de su madre: que si jesuita, que si católica griega, que si armenia, que si ortodoxa de no sé dónde... Por allí también están la ópera y el ayuntamiento. Así que, cuando llegamos, y tras comprar los billetes para la vuelta y para Slavske, me dispuse a visitar el centro. Me recomendó coger el tranvía —valen el 1 y el 9, especifico por si a alguien le vale de algo— pero decidí ir a pie porque es muy
El circo de los horrores
fácil: primero vas hasta la iglesia gótica que ves enfrente nada más salir de la estación, luego giras a la izquierda, vas recto recto recto pasando un siniestro y envejecido circo hasta llegar a la ópera, ahí giras a la derecha y en cinco minutos más ya llegaste al ayuntamiento. Todo este paseo, que me llevó unos veinte minutos, lo pasé mirando maravillado todo lo que me rodeaba. Es un lugar en el que no me gustaría nada vivir, pero para visitar es extraordinario, al menos para un español. Si quieres ver una ciudad de los años cuarenta, no necesitas una máquina del tiempo: te basta con un billete de tren o avión a esta parte de Europa. Calles adoquinadas, transportes destartalados, edificios polvorientos... Contrastan un poco los coches, que en su mayoría, y como cabe esperar, son modernos. Saqué montones de fotos de estas calles, pero no captan en absoluto la atmósfera que se respira allí, if you get my point.

Вулиця Городоцька (calle Gorodotska)
La plaza encabezada por el edificio de la ópera está bastante guay. Algunos arbolitos, una fuente, estatuas. Me compré un helado en un puesto ambulante por
La ópera y su plaza
aquello de poder decir que me compré un helado frente a la ópera de Lviv, pero fue una mierda pinchada en un palo: me costó aproximadamente euro y medio (carísimo para esa ciudad) y la “bola” que le puso, ni llenó el cucurucho por dentro, ni sobresalía del mismo, ni tapaba la abertura en su totalidad. Seguí buscando el ayuntamiento. Cuando consideré que debía de estar muy cerca, entré en un sitio a preguntar; no supe decirlo, pero le enseñé al tío el dibujín que me había hecho Vítali de la torre con la bandera y ya me supo orientar. Me di un paseíto, vi cosas que describiré en el siguiente epígrafe, comí una pizza acompañada de un zumo de melocotón en un restaurante y volví a la estación a coger el tren para Slavske.

El plan de visitas, o algo así...

DOMINGO 12 DE AGOSTO DE 2012

Mientras estaba en el tren de vuelta recibí un mensaje de Julia, una chavala de Lviv con la que había contactado vía CouchSurfing. Fue una agradable sorpresa porque en varios días no había contestado a mi último mensaje y yo no tenía su teléfono, así que ya no contaba con ella. Quedamos entre los dos leones de la puerta del ayuntamiento; cogí un tranvía (jrivna y media, quince céntimos de euro) y fui directo para allá.

El centro es una chulada. El ayuntamiento está rodeado por cuatro estatuas, una en cada esquina, de dioses griegos: Adonis, Anfítrita, Artemisa y Poseidón. La mayoría de edificios tienen tres ventanas en cada piso; Julia me contó que eso es porque antiguamente cobraban un fuerte impuesto a quien los construyera más anchos. Hay uno
Edificios de tres ventanas de anchura
que tiene cinco, que perteneció a un filántropo al que le permitieron hacerla sin cobrarle extra como agradecimiento a todo lo que le había dado a la ciudad. No sale en la foto, está un poco más a la derecha, lo siento. El primer día pululaban por allí dos mozas, cada una con un gracioso vestido y una pamela, vendiendo caramelos que, curiosamente, sabían a caramelo. A lo negro que le echas por encima al flan. A azúcar quemado. Creo que nunca había probado ninguno. Besides, había una especie de autobús abierto por los lados en el que la gente se sentaba en taburetes mirando hacia dentro y pedaleaba para que avanzara.

Iglesias, como dije, hay unas ocho o diez. La más chula de todas es la católica griega, que no tengo muy claro si es iglesia o catedral. Su interior
está decorado de manera bastante bonita, con frescos en el techo. Hay pocas sillas y sólo se sientan los viejiños; lo normal es oír la misa de pie. En ucraniano hay dos palabras que significan iglesia, pero una se refiere a las polacas y la otra, a las… no sé, a las que no son polacas. Una de las palabras es церква (tserkva) y la otra es костьол (kostol), pero tampoco recuerdo cuál es cuál. Detrás de esta iglesia, el primer día había un mercadillo de libros, sellos y billetes antiguos, pero el segundo no porque estaba de lluvia. Y lo más gracioso es que en el medio de todas esas catedrales e iglesias hay un edificio que antiguamente era un puticlub, como atestiguan los altorrelieves que tiene tallados, que representan, alternativamente, una tipa en pelotas y un tipo haciéndose una paja.


Natasha, antigua profe mía de ruso con la que me sigo llevando, me dijo que probara el café de Lviv, que seica es muy bueno. Entre otras cosas me recomendó visitar la cafetería llamada Sinia Pliashka (ella me dijo Zelena Pliashka, es decir, botella verde en lugar de azul, lo cual provocó mucha risa tanto a Vítali como a Julia), recomendación que también me hizo Vítali, porque es elegante y porque tienen allí sacos de café y palas y te lo muelen en el sitio, o algo parecido. Esa es la gracia que tiene, porque el café tampoco es especialmente bueno, seica. Entré el primer día, pero el café me lo tomé con Julia en otro sitio. Pedí algo de nombre similar a lvivski kofe y no me gustó demasiado, la verdad. Tenía todo el poso en el fondo; se conoce que primero echan el café molido y luego el agua hirviendo encima. Sé que esta manera de prepararlo no es exclusiva de allí, pero nunca la había probado y no me hizo gracia el invento, no.

Otro sitio que visitamos fue la farmacia más antigua de la ciudad, que si no recuerdo mal data del siglo XVII, sigue funcionando como tal en la actualidad y se puede visitar por un precio no muy alto. Hay lo que te puedes esperar: aparatos antiguos como básculas, embudos, distintos recipientes,
Cocina alquímica farmacéutica
utensilios para cortar y moler, botes de hierbas y pócimas chungas, libros, y dos cosas que me llamaron especialmente la atención: un pergamino con símbolos que parecen alquímicos titulado “Criptogramas” y una cocina con agujero de aspecto casi medieval. O sin casi. Julia me dijo que eso era efectivamente antiguo, pero que a principios del siglo XX se seguían haciendo ese tipo de cocinas. A su alrededor hay unos cuantos animales disecados: un pez erizo, una tortuga, un cocodrilito, entre otros. Para terminar el apartado dedicado al paseo, me gustaría mencionar la “estatua de la Libertad”, que no sé si tendrá relación con la neoyorquina pero se le parece un montón, y la dinámica estatua de San Jorge, patrón de Lviv, en la que el dragón se ve reducido a una mera serpiente con cara de muy mala leche. Dice Julia que los equivalentes a Jorge en ucraniano son Iuri, como Iuri Gagarin, y G’eorgi, pero que ella no ve cómo pueden ser el mismo nombre. Yo lo veo clarísimo, la verdad. Compáralo con Jordi, por ejemplo. A G’eorgi le pongo un apóstrofo porque lo pronunció de una manera muy rara: primero dijo la ge, hizo una pausa como si se hubiera atragantado o tuviera hipo y luego dijo el resto. Le pregunté y me dijo que se dice así. Pues será. Ah, y me llevó a comer a un sitio donde probé el borsh verde (el rojo lo había probado ya en la estación de esquí), que sabe a caldo normal, y una especie de raviolis gigantes con forma de empanadilla llamados pirogui con smetana, una salsa de sabor similar al yogur, muy común en todo el centro y este de Europa. Sí, yo también me acuerdo siempre del compositor de El Moldava. No me parece un nombre serio para un músico importante. Imagínate llamarte Ludwig von Ketchup. O Wolfgang Amadeus Mostaza. (Por cierto, que me acabo de dar cuenta de que por aquí no deben de existir las empanadillas.)

Cuando se acercó la hora de irme nos dirigimos a la parada de tranvía. No daban pasado ni el 1 ni el 9 y yo ya me estaba poniendo nervioso, porque menuda gracia me iba a hacer perder el tren de las 21:30. Echamos a andar apurados hasta que cogimos otro que no lleva a la estación, pero al menos
Criptogramas
te acerca. Luego ella se tuvo que ir, me dio unas indicaciones y me dejó solo; minutos después me mandó un mensaje diciendo que detrás venía el 9. Bajé, le pregunté a un señor muy majo que sólo hablaba ucraniano pero hizo todo lo posible para que le entendiera, eran sobre y cuarto ya, vino el tranvía, monté, bajé en la calle de la estación, eché a correr como un descosido procurando al mismo tiempo no resbalar en las baldosas húmedas, y entonces me di cuenta de la situación y pensé: Jo. Estoy corriendo a toda velocidad por la calle de la estación de Lviv, ciudad extraña, lejísimos de casa, con letreros en cirílico y lengua casi desconocida, para no perder el tren que me llevará a Budapest. ¿Cuánta gente puede decir eso? Tengo una suerte que no me la merezco.

Y en ese momento, amigos míos, fui tremendamente feliz.

Wednesday, September 5, 2012

Agueste III: Ucrania sobre raíles. El tren de Budapest a Lviv

Billete de ida y vuelta Budapest - Lviv: 56 €
Reserva de vagón cama, ida: 11 €
Reserva de vagón cama, vuelta: 16 € (precios aproximados)

El billete se le compra a la compañía húngara MÁV Start en una taquilla. No se puede comprar por internet ni por teléfono. Si vas en cama, ésta se paga aparte: al comprar el billete pagas la de ida y al llegar a Lviv reservas la de vuelta. Precios de trenes desde Budapest. Ten en cuenta que los nombres de las ciudades están en húngaro.


Hoy voy a hablar de los trenes, que tienen su enjundia. O no tanta, pero ya lo escribí y me quedó demasiado largo como para meterlo en la entrada de Lviv, y no quiero borrar nada. Voy a ir abriendo y cerrando paréntesis al mismo tiempo: igual que conté juntos los dos días de Budapest, hoy hablaré de los dos trenes, el próximo día de las dos visitas a Lviv, y finalmente de Slavske y los Cárpatos.

Noche 9-10 de agosto

Me consideré llegado a Ucrania en cuanto metí el segundo pie en el tren, aún detenido en la budapestosa estación de Keleti, a eso de las seis y media de la tarde del jueves 9 de agosto. Essi subió conmigo; le dije: “this trip is going to be really interesting”, y en ese momento empezó a ser interesting: una joven pelirroja con mala leche me empezó a hablar en ruso a velocidad de crucero. O ucraniano, vete a saber. No los distingo. Aunque creo que era ruso porque el trayecto era Budapest – Moscú. En cualquier caso, conseguí entenderme con ella y que me dijera dónde me tenía que meter. Me despedí de Essi y entré en un camarote de esos con tres personas: un padre de 37 años llamado Vítali, una madre de 35 llamada Polina y un pequeño pero imparable torrente de verborrea de cinco años de nombre Varvara, Varia o Varusha para los amigos. Claro que en ese momento no conocía sus nombres. Al principio nos dijimos jelou, jelou, pero luego miré para Varia y le dije: “¡Priviet! ¿Kak tibiá savut?” Los padres, sorprendidos, se rieron, pero ella se quedó pillada un instante, creo que más por el acento extraño que por el hecho de que le preguntara su nombre en su idioma. “Varia. ¿A kak vas savut?” Así entablamos una conversación, con la ayuda de sus padres, que hacían las funciones de intérpretes como buenamente podían. En dos minutos ya estaba al día del nombre y la edad de todos ellos, de que su padre tiene un portátil y de que su abuela vive en otra ciudad o algo así; había asignado las camas, de modo que a mí me tocaba la de arriba, a Vítali la del medio y a ella y Polina la de abajo; y me preguntó si tenía mujer o hijos y de qué color era mi cepillo de dientes. Ah, y si me gustaban las chucherías, a lo que respondí afirmativamente, tras lo cual sacó una bolsita y me ofreció un gusano de gominola que le agradecí enormemente.

Hasta que se hizo de noche pasamos el rato primero jugando a unos juegos de cartas infantiles que tenía Varia (se partía de risa cada vez que veía que en la carta del vaso en inglés ponía glass, porque eso en ruso significa ojo, y se metía el dedo en uno), y después ella se fue a hacer amigos entre la gente de los otros compartimentos y contarles su vida como me la había contado a mí, con su madre corriendo agotada detrás de ella, mientras su padre me contaba el viaje que acababan de hacer por Europa. Cuando se hizo de noche y consiguieron dormir al tornado rubio seguimos hablando los tres durante varias horas, en una conversación un poco lenta pero muy interesante, en la que me contaron la historia de Lviv y me dijeron un montón de sitios para visitar, sobre todo iglesias en el centro de la ciudad. Ya os hablaré de ellas con más detalle. Vítali es bastante aficionado a la arquitectura y me dijo que conocía lo que hay en España pero no sabía nada de la historia del país, con lo que procedí a contársela lo mejor que pude. Con la tontería estuvimos de charla hasta la una o las dos, mirando de cuando en cuando cómo iba el cambio de vías. Las vías ucranianas son más anchas que las europeas, con lo que hay que subir el tren, vagón por vagón, a unos carros con las ruedas más separadas en un proceso lleno de ruidos y golpes que dura unas tres horas. Y no puedo cerrar el episodio del tren sin mencionar las beyond preciosas tazas en las que nos trajeron el té. En realidad no son tazas, es un coso de metal con asa dentro del cual metes un vaso de cristal común y corriente, y te queda súper majestuoso e imperial, con águilas y filigranas varias. Me dijeron que eso era típico de la era soviética.


Llegados a la estación, Vítali vino conmigo a reservar la cama para el viaje de vuelta, a comprar el billete para Slavske y a dejar el equipaje en la consigna, y me explicó cómo llegar al centro. Me despedí de él con la promesa de escribirle cuando terminara mi viaje y me dirigí al centro.


Como pudisteis ver en la entrada de Budapest, me subí a un tren azul, pero por alguna razón me bajé de uno rojo y blanco. No sé si es porque lo pintaron durante el cambio de vías (tiempo les dio de sobra) o porque algún oficial de aduanas majete me trasladó con mimo y sin despertarme de uno a otro. Creo que ya nunca lo averiguaré.


Noche 12-13 de agosto

Esta noche tiene menos que contar. El viaje duró una hora menos, aunque al mirar las horas en los billetes parece que la diferencia es de tres, porque en Ucrania es una hora más tarde. Podía llamarse Descanarias, en realidad, pero se llama Ucrania, rarezas suyas. La reserva de cama fue un poco más cara porque esta vez fui en habitación doble en lugar de triple. Mi compañero era Alexandr, un ucraniano que sabía inglés e iba a Croacia por motivos de trabajo. Me metí en mi cama de bonito y hogareño edredón estampado relativamente pronto, porque estaba cansado, y al rato vino el revisor a decirme que esa cama no era la mía y que me levantara y me fuera a otra. Maldita la gracia que me hizo, y además esa noche me despertaron tres mil veces más; algunas sólo para comprobar si estaba dormido o muerto, creo, porque si no a ver qué sentido tiene que el hombre me despierte, me diga una palabra y acto seguido se vaya. Pero en una de estas situaciones sucedió algo de lo que me siento extremadamente orgulloso: entró el señor de la aduana, me preguntó si gavariaba pa ruski o pa ukraínski, le contesté que un poco pa ruski sí, y me hizo todo el cuestionario de rigor: nombre, procedencia, motivo del viaje, destino, posesión de drogas, armas o alcohol... en ruso, ¡y le contesté a todas las preguntas en la misma lengua como un campeón! :D En las entradas que me quedan por publicar sobre Ucrania os voy a dar la vara constantemente con lo mismo, pido disculpas por anticipado, pero el ser capaz de mantener una conversación completa con fluidez, aunque fuera corta, me hizo sentirme un políglota de la leche. Y en ese momento no había nadie que me pudiera colgar la medallita figurada, así que me la colgué yo.

Por la mañana me desperté relativamente temprano y me puse a hablar con mi vecina de abajo, Olga, que resultó ser compañera de trabajo del pavo de la otra habitación e iban al mismo sitio. Me dio una manzana y unos cachos de tarta de queso que tenía y a cambio la invité a un té que nos trajeron en unos cacharros menos bonitos, claramente más modernos y de latón y de diseño más cutroso. Me habló de un libro que había leído en el que se comparaban frases idiomáticas españolas y ucranianas que, curiosamente, coinciden tanto en forma como en significado. Me dio su email prometiéndome que, si le mandaba un mensaje recordatorio, buscaría y me diría el título exacto, y así lo hizo:

GAVILÁN, Francisco: Guía de malas costumbres españolas. Madrid, Mondadori, 1988.

Saturday, August 18, 2012

Agueste II: Budapest

La Mochila ligó en la plaza de los Héroes y ahora es más Feliz.

El miércoles madrileño no pasó nada interesante. Por el día hice un par de recados, escribí la entrada anterior y a media tarde me fui al aeropuerto. Pocas horas después estaba en Budapest. Como en la capital húngara estuve el jueves 9 y el lunes 13, decidí contar ambos días juntos, y después hablar sobre Ucrania, que es donde estuve los tres días del medio. También decidí que cuando acabe de relatar esta semana y pico de viajes publicaré entradas sólo de fotos. Así que vamos allá.


JUEVES 9 DE AGOSTO DE 2012

Avión Madrid – Budapest, Wizzair, sólo ida, 75 €
Autobús directo al centro, 4 €
Alojamiento: Aboriginal Hostel, litera en habitación múltiple, 18,45 € con desayuno y wifi y todo incluido.


Aterricé en Budapest a las 23:50 más o menos, tras unas tres horas de vuelo al lado de un estadounidense llamado Albert que estaba haciendo una tournée europea. Nos dirigimos al punto de encuentro del microbús para el cual había comprado un billete porque a esas horas podía no haber buses urbanos y no me quise arriesgar. Pronto llegó a nuestro encuentro Hansi Kürsch con una lista en la mano, nos metió dentro uno a uno y nos llevó a la plaza de Madách Imre o como se escriba. Desde ahí me llevó quince minutos llegar a pie al Aboriginal Hostel en la calle Bródy Sándor. Es un albergue bastante curioso. Se accede subiendo unas escaleras y atravesando un balconcito, tiene sólo dos habitaciones con ocho y seis camas respectivamente y el ambiente y el trato son muy familiares. Al llegar (dos de la mañana), una chavalita británica me ofreció un gofre con nocilla y agua para beber, porque el zumo le inspiraba poca confianza. Junto al fregadero hay un cartelito que dice: “El trato es este: tú no cocinas para nosotros y nosotros no lavamos tus platos”. Fair enough. Por la mañana ya no estaba la británica, sino un chileno. Me duché, hablé un rato con un serbio y una sueca y cuando llegó la hora me fui al hotel Astoria, donde había quedado con una tal Essi.

La verdad es que a esta Essi no la conocía. ¿Por qué quedé con ella entonces? La razón es simple. Resulta que el billete de tren Budapest-Lviv no se puede comprar de ninguna forma que no sea físicamente en una estación húngara, y desde la compañía me dijeron que las plazas podían acabarse unos días antes, así que Vica, una húngara residente en Eslovaquia de la que os hablaré bastante a partir de ahora, movió hilos y consiguió que una amiga suya de Budapest me comprara el billete. En realidad esa sólo es una más de las papeletas que me resolvió. Además el billete era de ida y vuelta en vagón cama, pero el billete y la reserva de cama se compran por separado y la cama de vuelta tenía que pagarla en Lviv. Total, que la chavala esta era Essi, quien además de hacerme el favor tenía el día libre y me llevó a dar un paseo.

Budapest es el resultado de la unión de dos ciudades: Buda y Pest. En Pest está la zona residencial, la industrial y lo que llamaríamos el centro de la ciudad, y en Buda también hay un poco de eso pero sobre todo hay cosas turísticas como un palacio enorme, el famoso Bastión de los Pescadores, estatuas y cosas así. Essi y yo cruzamos el puente de Erzsébet (Isabel para los amigos) y subimos la colina de Gellért, donde hay una estatua del obispo del mismo nombre, encargado de cristianizar a los magiares y, según cuenta la leyenda, arrojado al Danubio por algunos paganos más tozudos. Seguimos subiendo a pie hasta el monumento a la Libertad, también bastante famosillo, erigido en 1947 para conmemorar la liberación de la ciudad en el 45. Parece ser que en origen era un soldado soviético, pero más tarde la remodelaron. Ahora es una señora que sujeta una hoja de palma en alto. Al pie hay dos estatuas más pequeñas, y detrás hay algo que creo que es un búnker o algo así reconvertido en un museo. Por ahí hay también unos cañones que piden a gritos una foto haciendo el imbécil. Tras pasear un ratillo por allí arriba bajamos por un camino largo pero muy agradable del cual no saqué fotos porque no se me ocurrió siquiera. Pero tengo algunas del paisaje desde la zona alta.

Una vez abajo, comimos en el centro, nos sentamos un rato en un parquecito con una estatua de Poseidón en el medio y luego fuimos a la sinagoga, que es la más grande de Europa, seica. No me dejaron entrar porque mi maleta era “demasiado grande para inspeccionarla”; lo que en realidad sucedía es que el segurata es gilipollas. Sea como sea, nos quedamos sin entrar, así que paseamos otro poco hasta que llegó la hora de ir a la estación de Keleti. Mi tren salía a las seis y media; dentro del mismo nos despedimos, y como nada más poner el segundo pie en ese vagón sentí que ya estaba en Ucrania, lo que sucedió a partir de ese momento será relatado en el capítulo dedicado a ese país.

Lo que sí os puedo enseñar es una foto del tren (vagón cama) desde fuera.



LUNES 13 DE AGOSTO DE 2012

Me bajé de Ucrania de nuevo en la estación Keleti algo más tarde de las diez y media. Estuve matando el tiempo un rato hasta que dieron las doce menos diez, hora a la que debía encontrarme con Vica en esa misma estación. Vica es una húngara que vive en una ciudad fronteriza eslovaca, Komárno, y a la que conocí hace poco más de dos años en los océanos internáuticos. Esta era la primera vez que nos veíamos en persona, aunque con ella me pasó como anteriormente con Iosu, Martzel y otros: de tanto conversar en foros, chats y demás, nos conocíamos lo suficiente como para que el encuentro pareciera más bien un reencuentro. Hay gente que veo día a día con la que tengo menos confianza. Por cierto, se pronuncia Vitsa, con uve labiodental sonora (aka uve-medio-efe), pero bueno, ya sé que todos seguiréis leyéndolo como el nombre del bizcocho. Total, que allí estábamos los dos, y tras hacer los recados que la habían llevado a ella allí y comer en plan guarro en un McDonald's nos fuimos de paseo, de nuevo a Buda, aunque esta vez fuimos en autobús, el cual nos dejó en lo alto de la colina Várhegy, cerca del tremendo palacio llamado Budavári Palota –según mi guía “Palacio del Castillo”, que suena un poco raro–, en el que en realidad nunca vivió la realeza, sino que alojaba invitados, por lo visto. Este castillo fue construido originalmente en el siglo XIII, pero estando donde está y con la historia que tiene esa región es fácil suponer que llevó palos por todos lados, y en la segunda guerra mundial fue destruido totalmente; luego lo reconstruyeron en estilo barroco. Dentro hay dos museos y una biblioteca, y en el sótano está lo que se conserva del castillo medieval. En cualquier caso, nosotros no entramos. Fuera hay una fuente llamada Mátyás-Kut, Pozo de Matías, con un complejo escultórico (¿se dice así? Varias estatuas) bastante chulo que representa una escena de caza protagonizada por el rey del mismo nombre. Si sigues andando te encuentras con un arco con dos grandes leones a los lados, que están sentados y tranquilitos; cruzas el arco y al otro lado hay otros dos leones, pero estos están enfadados y rugiendo. Ahora nos hallábamos en un patio que en el lado opuesto tiene otras dos esculturas, una llamada Paz y otra llamada Guerra. Tanto en estas dos como en la de la fuente hay un tío con trenzas que parece Vercingetórix.


Guerra y Paz. No recuerdo cuál es cuál.

Bajamos de la colina a pie, cruzamos el puente de las Cadenas, Széchenyi Lánchíd, y nos volvimos a encontrar en Pest. Este tal puente de las Cadenas es, según mi guía, el primer puente que se hizo sobre el Danubio y data de 1849, aunque no me acabo de creer que tardaran tanto en hacer un puente sobre un río que atraviesa tantas grandes ciudades (Viena, Budapest y Belgrado por lo menos). También fue destrozado en la guerra mundial y lo reabrieron en 1949, justo cien años después de la vez anterior, aunque creo que no fue bombardeado sino dinamitado y quedó roto pero no demasiado; en Buda, junto a la estatua de la Libertad esa, hay fotos de la época y se ve eso que digo. Una vez en Pest cogimos otro autobús (a Vica no le gusta andar, por lo que pude ver) y nos bajamos cerca de la iglesia de San Esteban, otro de los símbolos de la ciudad y lo que mejor se ve desde Buda por lo grande que es. Este San Esteban fue rey de Hungría y bajo su reinado, en el año 1000, se llevó a cabo la conversión del país al cristianismo, por eso es santo. Sé que por esa zona está, o estaba, un bar dedicado a Manowar, y es lo que estuvimos buscando, pero no lo encontramos. Tampoco es que nos matáramos mucho, la verdad. (Ahora sé que se llama Café Montmartre, que está mismo enfrente de la iglesia y que pasamos por delante como idiotas sin verlo.) Lo siguiente que hicimos fue coger la línea de metro 1, que es la más antigua de Europa, hasta la plaza de los Héroes, Hosök Tere, llena de estatuas de gente importante en la historia húngara y presidida por una alta columna que en lo alto tiene al arcángel Gabriel. Tras sacar fotos y descansar un rato, pusimos rumbo a la estación y cogimos el tren a Komárom, cuyos vagones tienen compartimentos como los de las películas. Nunca los había visto pero en esta zona son muy comunes. Y así terminó nuestra budapestosa jornada. La próxima, si todo va bien, será el 29 de septiembre a más tardar.


Bibliografía: guía de Budapest, Anaya Touring Club, colección Guiarama.

Wednesday, August 8, 2012

Agueste I: los Madriles

Plaza Mayor

Son las dos y media y no es que me muera de ganas de escribir ahora mismo, la verdad. De comer, un poco sí. Y de lavarme los pies, que entre el calor que hace y la ampolla bestial que me salió ando descalzo. Creo que en esta ciudad hay un barrio específico para eso. Aun así me los lavaré aquí, ya aflojé un poco los tenis para que no me salga otra ampolla, y saldré a comer dentro de un rato. Como no voy a merendar y por la tardiña cojo un avión, prefiero comer más bien tarde, you see. Mientras tanto, os cuento mi estancia en la capital.

Je suis arrivé el domingo por la mañanísima, algo antes de las ocho. Había quedado con Sara y Eddie en Moratalaz a la una, con lo cual tenía cinco horas para darme uno o más garbeos. Lo primero que hice fue coger un tren de cercanías hasta Atocha, porque sé que por allí está el Retiro y otras cosas chulas, y en la zona de Chamartín, que es donde estaba, no sé qué hay, o no me acuerdo, y no me apetecía averiguarlo. Así que me metí en dicho parque por la puerta de Nosequién, posiblemente de Murillo, en la calle Alfonso XII, fui al centro y luego giré hacia el norte, por una razón que ya no recuerdo. Había un montón de gente corriendo, haciendo futin. Curiosamente, las dos veces que anduve por el Retiro en mi vida iba con una maleta de ruedas a rastras. Rlon, rlon, rlon. Todo el parque sabía dónde estaba en cada momento. Rlon, rlon, rlon.

Monumento a Jacinto Benavente, plaza del Parterre.

Salí por el norte y giré a la izquierda. Puerta de Alcalá, Cibeles, Paseo del Prado. Pensé en entrar en el Museo del Ídem a ver El triunfo de la muerte pero había cola (aun llevando diez minutos abierto) y cuesta 6 € la entrada barata y 12 la normal. Como no tenía tanta ansia, seguí paseando. Más tarde encontré en un mapa de una parada de autobús que Moratalaz no está demasiado lejos de allí, así que fui andando, volví a atravesar el Retiro, pasé por la antigua Casa de Fieras, leí con gran dificultad alguno de los carteles que hay en el foso de los monos, intenté en vano leer el que está situado en una pared y decidí que la próxima vez que vaya llevaré prismáticos. Tras salir, no me costó llegar a mi destino porque es casi recto. Llegué a las once y media, más o menos. Llamé a Sara, dejé las cosas en su casa y nos fuimos a dar vueltas por el barrio mientras no llegaba Eddie. Una vez estuvimos los tres reunidos, fuimos al centro a comer y nos pasamos la tarde de cañas.

El lunes pasó una cosa muy graciosa. El día anterior, Sara y yo habíamos visto un cartelito que decía nosequé de Almudena, y me acordé de la catedral del mismo nombre, así que nos dirigimos hacia allá para verla. Nos encontramos un cementerio enorme. Pues nada, pensamos, si una iglesia suele tener un pequeño cementerio al lado, una catedral puede tener otro gigantesco. Pero la catedral no aparecía, y cuando le preguntamos a un señor, se rió y nos dijo que la catedral y el cementerio no tienen nada que ver y que lo que buscábamos está en el centro. Más tarde, nuestra coruñesa amiga Rebeca calificó nuestra aventura de "necroturismo". Alegaré en nuestro descargo que Google Maps también nos señaló esa zona, pero fue porque hay una boca de metro con ese nombre.

Cuando acabamos de hacer el tonto nos fuimos con su hija al centro, aunque no buscamos la Almudena, sino que fuimos por la Gran Vía, Callao y sitios así. En Prado vimos un hombre invisible (vimos, invisible, ¿lo pillas?). Comimos en un Vips. No os recomiendo sus macarrones; están bañados en aceite. Pero la torta con sirope mola, sobre todo por el sirope. En ese Vips me compré un libro sobre mitología escandinava tamaño Astérix pero el triple de gordo y con dibujos y colorines por la friolera de 1,95 €. Poco después me llamó Bolas, mi colega de Leganés; quedamos en Atocha, donde me despedí temporalmente de Sara y Selene, y a Leganés me fui con él a ver a su familia, cuya última incorporación databa de sólo ocho días antes. Además conocí al resto de su prole, que no los había visto antes; a su mujer sí. Cenamos en una terraza y luego me llevó de vuelta a casa de Sara.

El martes, que fue ayer, hacia el final de la mañana me despedí de Sara definitivamente —o eso creíamos ambos y me fui a la Plaza Mayor, que me apetecía verla otra vez (la anterior fue hace nueve años). Allí vi una cosa que posiblemente sea muy común en algunos sitios pero yo no la había visto nunca: sombrillas que echan agua pulverizada por las varillas. Me comí un bocata calamares y salí hacia la Almudena, esta vez la de verdad. Por cierto, un rato antes, cuando me dieron un plano, me sorprendió ver que está justo al lado del Palacio Real, con lo que puede que ya la hubiera visto hace cuatro años, un día que Enzo me llevó a ver esa zona, y me olvidara de ella. Llegué allí y estaba cubierta de andamios, que es lo que me pasa siempre. Más tarde, la otra Sara, con su mente lógica de ingeniera, me dijo que en una ciudad con muchos monumentos y adornos siempre va a haber alguno en obras. Y esa misma Sara me acaba de llamar diciendo que viene para aquí, así que voy a lavarme los pies y cerrar la maleta para salir por fin a comer. Aunque poco más hay que contar de ayer: vi el Palacio Real y el monumento a Cervantes y finalmente fui andando hasta la Castellana, donde me encontré con esta otra Sara. No tengo tiempo de releerme, si hay faltas ya las corregiré. Nos leemos en la próxima entrada.

Saturday, August 4, 2012

Agueste o el agosto centroeuropeo

Suele considerarse que Hungría es Europa del este, y luego siempre viene alguno diciendo que no, que es Europa central. Digo yo que es tan simple como dividir el mapa en dos franjas o en tres, ¿no? Si lo divides en dos tienes este y oeste, y si lo divides en tres, este, centro y oeste. Como además la línea no puede ser perfectamente recta (atraviesa países) y la historia reciente es la que es, pues concho, de Chequia para allá y excluyendo Austria son del este, y punto.

Chámalle X, me da igual. El caso es que en nada y menos me voy para esa zona. Como no se cuánto me dará tiempo a escribir y/o a adornar, empezaré resumiendo, acabaré divagando como siempre y luego publico lo que haya escrito. El esquema de mi inminente viaje es el que sigue:

Día 8: Avión a Budapest, Hungría. Llego por la noche y duermo en un albergue.
9: Tren a Lviv, Ucrania.
10: Llego a Lviv. Otro tren para Slavske. Festival por la noche.
11: Otra noche de festival.
12: Tren de vuelta a Budapest.
13: Llego a Budapest. Tren para Komárom.
16: Tren para Kosice.

Y ya me quedo en Kosice un mes.

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Eso lo escribí anteayer. No me dio ni da tiempo a añadir nada más. Si no sucede ninguna calamidad, nos leemos en una o dos semanas.