Sunday, June 9, 2013

FEB III: Dana y Enzo

Trnava

Lee la introducción. Serás más feliz.

El jardincito del palacio
El domingo 10 vinieron cuatro visitantes: Dana, Silvano y dos amigos suyos que no conocía. Dana hace un sondeo todos los años para ver quién se va de erasmus y así planear su viaje del año siguiente. Pasaron unos días en Budapest y a Bratislava vinieron y se fueron en el día. Tras enseñarles el nevado jardín del palacio presidencial, que nos quedaba de camino, los llevé al Shtoor de la calle Obchodná, una cafetería que hay dentro de una librería, y Silvano quedó enamoradísimo; “esto es algo que sabes que en tu ciudad en la puta vida lo vas a ver”, dijo, aunque me parece exagerado, orque en la Casa del Libro de Vigo antes había cafetería también, y aunque fuera más pequeña, la idea es la misma. Luego los llevé a hacer el fri gualquin tur, a continuación al 1. Slovak Pub, donde probaron unas cuantas especialidades eslovacas (halušky, pirohy, kapustnica y no recuerdo si vyprážaný syr también) y se llenaron la panza más de lo que esperaban, y por último subimos al castillo. Tras eso ya nos despedimos.

El castillo de Devín
El día siguiente era el primero de mi “semestre” de “verano”, aka segundo cuatrimestre. Tengo clase de lunes a jueves (me dejé los viernes libres a propósito, ou llea), y Enzo, respetuosamente, llegó al aeropuerto de Bratislava hora y pico después de mi última clase del jueves 14. Esa noche salimos con Julián, Paulina y los artistas nuevos a cenar a un sitio donde no ponen platos para la pizza y por otras razones es una mierda y no vamos a volver. (Durante esa cena, Paulina recibió un mensaje muy gracioso del checo Eduard proponiéndole ir a Sofía, Bulgaria, el día siguiente en autostop, como quien propone ir al cine. Contestó que sí, y el lunes estaban de vuelta, pero sólo llegaron hasta Belgrado. Me trajo un periódico en cirílico serbio, ¡más maja!) El viernes, Enzo y yo fuimos al castillo de Devín, a veinte minutos en bus del centro, que resultó estar cerrado hasta abril, pero el paseo a su alrededor es agradable. El sábado anduvimos por Bratislava arriba y abajo. El domingo fuimos a la ciudad de Trnava (palabra esdrújula con acento en la erre, sin coñas), la más antigua de Eslovaquia, donde estuvimos con Bohdan, mi antiguo profe
Szabadság tér
de español y coordinador (el flautista pagano del que os hablé alguna vez ya) y su hijo bilingüe de tres años, que sabe tanto eslovaco como castellano. Ese mismo día, Óscar y Desiree llegaron a Bratislava; anduvieron a su bola durante el día, y cuando llegamos Enzo y yo nos reunimos todos, nos encontramos por casualidad a dos francesas que habían estado con Desiree en Gdańsk en verano, llamamos a Julián, que a su vez llamó a un artista de la nueva hornada llamado Baptiste, y todos juntos nos fuimos al 1. Slovak Pub a comer más jálusquis y a hablar francés. El lunes tuve clase y Enzo se fue a Brno. El martes tuve clase y Enzo se fue a Viena. Por la noche fuimos a edificio antiguo de la ópera a ver Carmen de Bizet. El miércoles nos fuimos los dos a Budapest. Al llegar nos reunimos con Vica, comimos y nos fuimos a la residencia de ésta, que está en el culo del mundo, y allí nos quedamos.

Lo bueno de que viniera Enzo es que escribió sobre cosas que yo no. Bueno, y su compañía y esas ñoñadas. He aquí su visión particular de:

Trnava
Museo del Ejército de Viena
Bratislava

El avión de Enzo salía de la capital húngara el jueves a las cuatro y pico, así que aprovechamos la mañana para pasear. Dicha mañana fue la mejor en muchos meses. Aunque no hacía calor ninguno, el cielo estaba despejado y hacía un sol precioso, que parecía junio. Además, parece ser que en el Bastión de los Pescadores sólo hay que pagar para subir y sólo tiene restaurante dentro en verano, y estaba todo libre for the visitante to visitar y entrar y salir sin aguantar chorradas. Vimos esa parte, bajamos al río, cruzamos el puente de las Cadenas, nos dirigimos a Szabadság tér pasando por la basílica de San Esteban y el bar de Manowar1, le hicimos fotos al monumento al Ejército Rojo y a la estatua de Ronald Reagan, vimos el Parlamento por detrás, que está a cien metros, y finalmente fuimos al metro, donde nos despedimos y yo me fui a comer con Vica.

Epílogo de esta parte: Esa tarde llegó el grupo esloveno Avven, cuyos miembros son amigos de Vica desde que se alojaron en su casa de Komárno el pasado junio, tras un concierto en Bratislava y antes de otro en Budapest. Fue la monda, porque la casa es pequeña y había gente durmiendo hasta en el suelo de la cocina. Total, que esa tarde llegaron y también se alojaron en la residencia de esta mozuela, así que nos fuimos todos juntos de farra. A la noche siguiente había concierto; por orden tocaron: Ankh, Avven, Niburta, Silent Stream of Godless Elegy, Virrasztók, Metsatöll y Korpiklaani. La crónica ya la tengo escrita y enviada a The Breathless Sleep, no debería tardar en aparecer publicada. (Hela aquí.) El sábado 23 volví a Bratislava.

1Se llama Café & Artgallery Montmartre; está en Zrínyi utca 18; sus paredes están decoradas con fotos, dibujos e imágenes diversas de Manowar en un 85%, y de Rainbow y algunos otros proyectos de Ronnie Dio en un 15%, incluyendo fotos del dueño del bar posando con dichos músicos en ocasiones diversas; y ponen música latina y jazz.

Sunday, June 2, 2013

FEB II: Viena

Palacio Belvedere

En la capital austríaca tuvimos más suerte con el couchsurfing, y nos alojamos en casa de un chaval que en el salón tiene una hamaca y un columpio colgados del techo, y un sofá-cama en el que caben cuatro personas, cinco si se apretujan. En el recibidor tiene una rama de árbol con un claxon antiguo encajado. Una vivienda curiosa, yes.

Chillin' Guripas

Nos llevó de paseo por el ayuntamiento, que es mi edificio favorito de los que vi en esta ciudad, la zona de los palacios donde están la biblioteca antigua, la Escuela Española de Equitación (como lo oyes), el museo de Sissí Emperatriz y todas esas cosas,
El ayuntamiento
varias iglesias... En cuanto a museos, fuimos también a dos: al del ejército, que es una chulada y ya lo comentó Enzo (more on this later), ahorrándome el trabajo; y al de los archivos de la Resistencia, o algo así, sobre la resistencia antifascista de los años 30 y 40. Este último, como museo, es una mierda porque tiene cuatro objetos mal contados y el resto son todo fotos, en su mayoría pequeñajas, y una exageradísima cantidad de texto, de tamaño microscópico. Por suerte tuvimos un guía que durante hora y pico nos explicó todo sobre el nazismo: cómo apareció en Austria, cómo se llevó a cabo la anexión a Alemania y las consecuencias de todo ello. Lo de la anexión fue un cachondeo. Hubo un referéndum en el que las papeletas tenían un SÍ gigantesco y un no pequeñito y apartado a un lado. El resultado fue más de un 99% de votos a favor. Sin embargo, hay que decir que, por mucho que eso suene a (y en efecto haya sido) pucherazo descarado, sí es cierto que mucha gente estaba a favor, y cuando se celebró la anexión, la plaza estaba llena hasta la bandera. También es muy llamativo ver una página de un libro de matemáticas con un problema bastante peculiar. El régimen nazi, como sabréis, eliminaba por sistema a todos los enfermos terminales, retrasados
Ja oder ja?
mentales, discapacitados, etcétera; y el problema decía algo en plan: “Si un enfermo cuesta al Estado 50.000 marcos al mes y hay este número de enfermos en este otro número de hospitales, ¿cuánto se ahorraría la nación…?” etcétera etcétera. Curiosamente, mucha gente estaba en contra de esta aniquilación por considerarla inhumana, y el gobierno recibió tantas cartas de protesta que tuvieron que cambiar su política y... empezar a hacerlo en secreto. Aunque esto plantea otra pregunta: ¿cómo es que sólo hubo protestas contra eso en concreto?

El martes día 5 dejamos atrás Viena. Se suponía que los moañeses vendrían a pasar un día a Bratislava, pero les surgió una cosa burocrática y tuvieron que ir de vuelta a Cracovia. O sea, que este capítulo se acaba aquí.

Saturday, May 4, 2013

FEB I: Praga

La estatua del señor Smetana junto al Moldava,
atravesado por el puente de Carlos IV o Karlův most.

Lee la introducción si no la leíste. Voy directo to the grano.

La actividad empezó la mañana del mismo día 1, viernes, cuando cogí un autobús para Praga. Llegué a la capital checa a las once y media o cosa así, y nada más bajar de la guagua (ya ni se me hace raro llamarlo así) me reuní con Desiree y Óscar, los dos moañeses residentes en Cracovia con quienes pasaría los siguientes días. No hubo suerte con el couchsurfing, así que tuvimos que ir a un albergue, pero no veas: 3,50 € la noche en habitación de 8 ó 10 camas, y todo tan limpio y agradable y completo como los que cuestan 10 € en cualquier otra ciudad, incluida esa misma. Que tampoco es tan barata, ¿eh? Para un español puede más o menos ser barata, pero nada exagerado, y comparada con Bratislava es algo más cara, diría yo. No es de extrañar, con la cantidad de turistas que tiene; una locura, incluso comparándola con otras ciudades en principio súper turísticas como Budapest o Viena. Y todas las tiendas llenas de matrioskas, que nada tienen que ver con Chequia, y de gorros con la estrella comunista. Supongo que un alto porcentaje de los turistas consideran que al entrar en el país ya están en la URSS, y los de las tiendas de recuerdos se aprovechan de eso. En una tienda vi incluso una matrioska con dientes, como la del cartel del Museo del Comunismo.


No recuerdo el orden de nuestras actividades, así que las contaré un poco aleatoriamente. Lo que sí recuerdo es que tuvimos un tiempo bastante malo: frío, mucho viento y algo de lluvia. Aun así caminamos bastante, que para eso habíamos ido. Visitamos lo típico: la plaza principal, el puente Carlos sobre el Moldava, el castillo, etcétera. Al castillo no entramos porque hay que pagar cada baldosa que pisas por separado, como quien dice, así como por entrar en no sé qué calle antigua y cosas del estilo. Soy consciente de que no lo estoy contando de manera muy atractiva, pero la verdad es que el mal tiempo no permitía disfrutarlo tanto como nos gustaría, y sinceramente tampoco recuerdo mucho; pero volveré ahora en primavera, o eso pretendo. Con el solcito y eso.


Visitamos dos museos. Uno fue el de Karel Zeman, un checo creador de efectos especiales para el cine en la época en la que hacía falta principalmente imaginación. (No quito mérito a los que hacen efectos especiales actualmente, porque eso que dicen muchos de
Il commendattore del Don
Giovanni
de Mozart
“le das a una tecla y te lo hace el ordenador” es una gilipollez y una mentira inmensa producto de la ignorancia y una falta de respeto, pero creo que la necesidad de ingenio ya no es, en general, tan grande.) El museo creo que nos gustó bastante a los tres, por lo curioso que resulta ver cómo usaba muñecos y trucos de cámara; y aunque algunos son evidentes, hay otros que si no te los señalan no los ves. El otro museo fue el del comunismo, que se halla irónicamente emplazado en el piso superior de un edificio cuyo bajo alberga un casino y que a un lado tiene un McDonald’s. Lo malo de ese museo es que es “de los de leer”, es decir, que aunque hay objetos curiosos y demás, sobre todo hay paneles con fotos y texto en varios idiomas, incluyendo castellano. Al menos está escrito de manera amena, y si te gusta el tema y te lo lees todo, te puede llevar un par de horas verlo entero, a pesar de no ser muy grande. A mí no me dio tiempo, porque los museos en estos países cierran a las seis de la tarde. Por cierto, seis también son los euros que cuesta. Me parece exagerado para lo que es.

Nos hicimos un fri gualquin tur. No sé dónde empezó la idea esta del free walking tour, pero lo hay en muchas ciudades: se trata
Staroměstské náměstí con las
torres de Sauron al fondo
de una visita guiada a pie de entre dos y tres horas, y al final le pagas la voluntad al guía, que puede ser cero euros o su equivalente al cambio en coronas checas, pero eso es de mala educación. Lo que sólo vi en Praga es que hay tropecientas compañías, cada una con su representante sujetando cadanseu paraguas en alto, e incluso hay guías que hablan en castellano. El nuestro, coincidencias de la vida, era de Cangas, pueblo vecino de Moaña, al lado norte de la ría de Vigo. No me gustó nada su estilo, parece que habla con niños de cinco años, pero nos contó mil cosas de la Edad Media, de judíos, de comunistas, de guerras... Seica su universidad tuvo la primera y última Facultad de Magia de la historia. La creó un tarao y cuando murió la... ¿abolieron? ¿Cómo se dice?

Una noche fuimos a un pub donde tocaba un grupo local llamado Irish Dew, los moañeses probaron la Kofola, y aquí se acaban las anécdotas. El domingo 3, tras unas cincuenta horas aguantando frío y viento y una visita relámpago al Museo de la Guerra, que es gratis y queda cerca de la estación, cogimos un autobús para una ciudad algo más cara.

"¡Isto é o gorrocóptero!"

Friday, May 3, 2013

Febrero estuvo bien: el coleccionable de fascículos

Praga

El mes de febrero de 2013 fue bastante completo. El más corto de todos, pero también en el que más viajes hice. Económicamente, una sangría. Os lo cuento por fascículos que se irán publicando en próximos días, empezando, por ejemplo, por el sábado a las 8:49 de la mañana. Porque sí, porque me mola. Para empezar el día con alegría.

Fascículo I: Praga
Fascículo II: Viena
Fascículo III: Dana y Enzo
Fascículo IV: Suiza

Por cierto, respecto a lo que dije en la entrada anterior, el camarada Plañidera decía algo de que tenía entradas a puntito de publicar, pero es un embustero y no se merece ni el juo-ja-jei que ha mamao; lo que dije fue que estaban escritas, y de "escritas" a "a puntito de ser publicadas" media un trecho llamado "formato y mierdas" que es bastante tedioso y lleva horas. De hecho, escritas también tengo: una sobre Semana Santa, otra sobre bombardeos en Serbia y, a medias, otra sobre mis asignaturas de este cuatrimestre que termina la semana que viene. Todo saldrá tarde o temprano.

Por último, si a alguien le interesa, el descubrimiento musical del mes fue Wallachia, junto al hecho de que Debemur Morti tiene todo su catálogo para escuchar onláin en Bandcamp, featuring cosas supermolonas como October Falls; aunque lo más famoso es Horna, pero la fama es lo de menos. En cualquier caso, absténganse extremófobos. Eso es todo. A pastar.

Esto me recuerda que tengo uno de los nueve mundos un poco abandonado... hint hint hint!

Tuesday, April 9, 2013

Sigo vivo

Escribo esta entrada más que nada para dar señales de vida, que hace ya tres semanas que no publico nada. En realidad ya tengo varias entradas casi terminadas: cuatro sobre febrero, que tiene mucho que contar (visitas a Praga, Viena, Basilea y por supuesto Budapest, y a Bratislava por parte de Dana & cía, Enzo, Desiree y Óscar, más el inicio del segundo cuatrimestre y dos conciertos molones), y otra sobre la Semana Santa en estas latitudes. Además debería contar algo sobre mi visita a Belgrado durante dicha semana. Tampoco estaría de más hablar de las asignaturas de este cuatrimestre y de la vida en general. O sea, que por lo menos hay seis entradas seguras, cinco de ellas prácticamente escritas, y otras dos que pueden aparecer o no.

Para terminar y darle un toquecillo de color a la publicación de hoy, os dejo la última foto del atasco húngaro (que por cierto, menudo exitazo de entrada, con 64 visitas en tres días se convirtió en la quinta más vista desde que existe el blog) y una recomendación musical apta más o menos para todos los públicos: Jess and the Ancient Ones. ¡Haaaasta la próxima!


Sunday, March 17, 2013

De atascos y fe en la humanidad


Recordad que todas las imágenes de este blog se pueden ampliar pinchando en ellas.

Asombrado me hallo, y conmovido, y contentísimo a pesar de haberme quedado tirado en mitad de una autovía húngara durante una noche y medio día. Pero empecemos por el principio.

El viernes 15 de marzo se conmemoraba la revolución húngara de 1848 contra los austríacos. Esta festividad y la del 20 de agosto, que conmemora la fundación del reino de Hungría por parte de San Esteban I, son las más grandes del país, como nuestra Hispanidad, digamos. Vica me dijo que Budapest se engalana toda para la ocasión y hay feria y representaciones y este tipo de cosas; esto, unido a que planeábamos ir a echarle unos bailes al táncház más tarde y al hecho en sí de ir a visitarla (habíamos hablado de ir a Győr al día siguiente si hacía buen tiempo, pero quedó descartado unos días antes), prometía un fin de semana interesante. Así que el jueves a las 19:45 cogí un autobús de la capital eslovaca a la húngara.

Aunque la semana anterior hizo un tiempo precioso, quince gradazos y cielo azul, el invierno dijo “eh, coleguiñas, que aquí hasta el día 21 mando yo”, y decidió pegar un zarpazo que esperemos que sea el último. El autobús, que venía de Praga, llegó con diez minutos de retraso, cosa que no me sorprendió dados la nieve y el viento que había. Lo que no me
¿Veis la nieve volando?
esperaba es que, tras dos meses y pico de nieve casi constante, pasara lo que pasó y se detuviera el tráfico de esa manera. La hora de llegada prevista era las 22:30; luego, el azafato anunció un retraso de 15 minutos debido al mal tiempo; poco después, otros tantos; y finalmente nos quedamos quietos. Inmóviles. Detenidos. Paradísimos. Durante un par de horas, avanzamos cien metros cada veinte minutos. Hacia la una o las dos de la mañana, el autobús anduvo sus últimos metros. A las tres y media de la tarde del día siguiente seguía en el mismo sitio, zarandeado por el viento a cada rato. Es probable que, según escribo estas líneas, ese autobús aún siga allí. [Hacia las siete de la tarde.]


Pero ya me estoy anticipando otra vez. El azafato, un eslovaco jovenzuelo afincado en Praga, no sabía dónde meterse cuando anunció que iba a apagar la luz y la tele para que durmiéramos, porque no sabía absolutamente nada de cuándo llegaríamos. Yo estuve escuchando música en el portátil hasta que la batería amenazó con acabarse y hacia las tres me dormí (un autobús es lo más incómodo que hay para dormir, y para casi todo lo demás, a pesar de que los de Student Agency son de los mejores que vi), pero a las seis de la mañana ya era de día y estábamos todos despiertos. El azafato repartió gratis croasanes y barritas de muesli de las que normalmente se venden, así como agua y otras bebidas. Luego dijo que iba a abrir las puertas por si alguien quería bajar, avisando que hacía mucho frío y mucho viento, aunque no había peligro porque allí no se movía vehículo ninguno; huelga decir que bajamos casi todos. Más tarde nos informó de que había un área de servicio a tres kilómetros y medio; pretendía ir, comprar vituallas para todos y repartirlas. En cuanto acabó de hablar, varios nos acercamos a él para preguntarle si le parecía bien que le acompañáramos, y allá fuimos unos diez a la gasolinera y su abarrotado McDonald’s adjunto. Lo que vimos en la carretera, yo no lo había visto jamás: había hasta coches enterrados en nieve (¿ennevados?), y la blanca sustancia formaba unas dunas preciosas, que parecía aquello un desierto del Sahara pequeñito y blanco. Todas con su cresta o como se llame la línea de arriba, con sus estrías y suaves surcos, y siguiendo patrones repetitivos junto a las ruedas de los camiones más grandes. Era un paisaje un poco postapocalíptico, y al ver pequeños grupos de gente en la neblina de la distancia me acordé de The Walking Dead y esas cosas. Me perdí la feria budapestosa, pero a cambio tuve este otro espectáculo, que dudo que fuera menos vistoso.


Ver ráfagas de viento levantando nieve en polvo también es muy bonito, pero el frío que eso supone y el pensar que a la vuelta vas a tener el viento en contra no alegra tanto. El hundir los pies en las dunas esas cuando no queda otra opción y que se te llenen de nieve por dentro, tampoco. Pero mira, era lo que tocaba, y dentro del autobús me estaba muriendo del asco. A todo esto, estaba en constante contacto con Vica, que me informó de que Komárom está a 20 km de Bábolna, a cuya altura me hallaba; y pensé en ir a pie, pero el tener que volver 3,5 km atrás para coger la mochila y el portátil y luego reemprender el camino me quitó casi todas las ganas, y una conversación posterior con mi madre me quitó las pocas que me quedaban. Así que me quedé un par de horas más en el autobús, donde ya todo el mundo hablaba con todo el mundo. El azafato nos informó de que pronto llegaría el ejército con comida y bebida. Así fue: nos trajeron unas rebanadas de pan con fiambre y un caldero de té que servían con un cucharón. Vinieron en un tanque todo molón. Los soldaditos nos informaron de que había una carretera practicable un poco más atrás y que había personas del pueblo de al lado llevando gente atascada a dicho pueblo en sus coches particulares para que pudieran coger el tren. Algunos de mis compañeros de viaje decidieron quedarse en el autobús, pero la gran mayoría nos fuimos, y así, tras despedirme muy agradecido de Daniel, el azafato, que llevó la situación todo lo bien que se puede en esas circunstancias, llegué a Nagyszentjános. Nosotros tuvimos suerte porque viajábamos en autobús y nos daba igual, pero los de coches particulares probablemente tendrían menos porque no creo que lo pudieran dejar allí tan tranquilamente, y para los niños tuvo que ser una tortura; supongo que no mucho mayor que la de los padres que tuvieran que encargarse de ellos.

Como decía, un tío nos llevó a Nagyszentjános a mí y a otros tres. Una de esos tres era húngara, y bajó en la estación a preguntar cuándo pasaba el siguiente tren a Budapest. Como faltaba más de una hora, el dueño del coche nos dejó en una guardería cercana donde medio pueblo se había puesto a preparar comida y mesas con emparedados y galletas para gente rescatada del atasco. Me ofrecieron un caldo de patatas, y cuando la chavala me lo trajo, mi cara de felicidad al ver semejante platazo debió de ser bastante expresiva, porque se echó a reír. Era una especie de fabada sin fabas que en ese momento me supo a gloria. Me encantó la solidaridad de todo el mundo, una maravilla, me sentí casi abrumado por tanta amabilidad. Acabé lleno; me seguían ofreciendo emparedados pero ya ni me apetecían. Al rato fuimos a la estación, donde nos encontramos con otros compañeros del autobús que no habían ido a la guardería. Allí cogimos el tren Múnich-Budapest, que paró en un pueblo tan pequeñajo a propósito para recoger atascados rescatados, y nos llevaron gratis hasta la capital. Cuando, a las ocho de la tarde, llegué al fin a la estación de Keleti, Vica vino a recibirme corriendo como una loca y me dio un beso como los de las películas.


***

Más tarde, comentando los acontecimientos con ella, me enteré de unas cuantas cosas más, aparte de lo poco que me fue informando por sms. Resulta que todo el país, así como Eslovaquia, estuvo afectado en mayor o menor medida por la ventisca. Muchos de los actos programados en Budapest por la festividad del día no llegaron a celebrarse debido al mal tiempo. El tramo de la autovía M1 en el que estuve yo, más o menos entre Győr y Tatabánya, fue de los peores, y por supuesto estaba en alerta roja. Para enterarse de todo esto se montó un dispositivo entre ella, su compañera de habitación, mi hermano desde España por chat y todas las webs de noticias, tiempo y trenes que pudo encontrar. ¿Verdad que es para quererla a caldeiradas? También se habilitaron sitios web donde la gente ofrecía sus direcciones y números de teléfono para quien necesitara ayuda, y a todos los teléfonos móviles húngaros llegó un sms del gobierno avisando que las carreteras eran peligrosas y que habían movilizado equipos de ayuda y rescate. Al parecer, tres personas murieron de frío y algunas otras vinieron al mundo en la carretera. A una tipa que se puso de parto consiguieron llevarla a una estación y la llevaron en locomotora a ella sola al hospital más próximo. A todo esto hay que sumarle que ese día era festivo nacional, por lo que la mayoría de tiendas estaban cerradas y nadie podía comprar nada. Había también austríacos ayudando, al menos yo vi un helicóptero con la bandera de Austria en la cola; comentaba Vica lo irónico de la situación, pues precisamente ese día se conmemoraba la rebelión de los húngaros contra los austríacos. Pero las nacionalidades y las rivalidades deberían, como sucedió ese día, ser irrelevantes cuando de ayudar a humanos se trata, que al final es lo que somos todos. No hablo tu idioma pero te doy un bocadillo. Y, oye, esto le hace a uno recuperar la fe en la humanidad.

Últimas noticias: como el azafato nos dio su teléfono a unos cuantos cuando nos separamos un poco en el área de servicio, acabo de llamarlo por curiosidad, mientras formateo y preparo esta entrada, para preguntarle qué pasó con los que se quedaron. Me dijo que estuvieron allí hasta la evening y que llegaron a Budapest antes de medianoche. Me alegro, porque yo ya contaba con que se tuvieran que quedar hasta la mañana siguiente. Yo le conté lo del pueblo y lo del tren, porque él no se enteró de nada, claro.




¡!

Sunday, March 3, 2013

Pánico ferroviario en tiempo real


A las nueve y poco de la mañana de hoy, sábado 2 de marzo de 2013, me despedí del madrileño Pera, o Pedro, o Eddie, o cualquier epíteto épico que se te ocurra asignarle, enfrente de la estación de tren principal de Basilea, Suiza, cuando cogía el autobús para irse al aeropuerto. Mi tren Basilea-Viena con conexión en Frankfurt ("¡u... un ligero rodeo!") salía de otra estación a las 13:15, así que me fui a dar un paseo. Un paseo largo. Empecé siguiendo una de las rutas precocinadas para turistas que tiene esa ciudad, pero en un punto determinado me desvié para poner rumbo a la estación.

Cuando llegué, mi reloj marcaba las 12:45. Perfecto, me dije. Un par de fotos, un pis y al tren a coger sitio. Aunque soy especialista en perder autobuses y trenes, cuando son viajes grandes o caros (este es ambas cosas) procuro no andarme con muchas tonterías. Llego al andén 4 y pone: 13:23, tren con destino Dortmund que pasa por tal, por cual… Me extrañó, porque los trenes suelen ser puntuales, y porque aún faltaba media hora para ese tren y antes iba el mío. Entonces me di cuenta.

Eran las 13:21. Se me había atrasado el reloj. El hijo de puta marcaba la una menos diez, tan tranquilo y sonriente.

Enseguida llegó el tren anunciado; vi que más o menos seguía mi ruta, aunque no paraba en la Frankfurt Hauptbahnhof sino en el Flughafen, uséase, el aeropuerto. En ese momento me dio todo igual: me subo y ya me apañaré, pensé, y eso hice. Una vez dentro me puse a planear la estrategia que usaría frente al revisor. ¿Me hago el loco? ¿Me pongo a llorar? ¿Le echo la culpa a alguien? Echándole un vistazo al folleto que había en el asiento de al lado averigüé que este tren llega al Flughafen a las 16:09, mientras que mi conexión sale de la Hauptbahnhof a las 16:21. Viéndome negro, lo leí más detenidamente (trae un montón de información, está genial) y encontré que en Mannheim puedo coger una conexión para la Hauptbahnhof y llegar aún con trece minutillos, que son menos que los veintiocho de la combinación original pero al menos, you know, llego.

Llego a Mannheim a las 15:23, dentro de nueve minutos. A ver cómo se desarrolla la historia.

- Un par de horas más tarde... -

El revisor, un señor de cara redonda y bigote que parecía salido de una película para niños, vio mi billete, se quedó mirándolo un momento que se me hizo larguísimo y luego me preguntó si iba a Karlsruhe. Al oír que no, que iba a la Hauptbahnhof de Frankfurt, me dijo sencillamente: “pues te vas a tener que bajar en Mannheim y coger otro tren”, y me lo devolvió. O sea, que al final no hubo desastre ni lloriqueos. No veas qué alivio... Hasta se me hizo raro que fuera tan fácil.

Cuando bajé en Mannheim no tuve que andar más de seis metros, la anchura del andén, pues el tren a Frankfurt pasaba por el lado opuesto al que llegué. Una vez dentro, vi que había una tipa con un portátil enchufado, y siguiendo el cable descubrí dónde estaba el escondrijo del enchufe. Y yo gastando batería en el tren anterior como un pringao… Total, que llegó el revisor y no me preguntó nada, me selló el billete y fuera. El resto del tiempo (fueron cuarenta minutillos) lo pasé comiendo sángüises de pan austriaco con fiambre suizo y hojeando una revista en alemán. (Iba a decir refollando pero en castellano suena inadecuado.) Más que nada, mirando los dibujitos. Salía un cocinero que se parecía al revisor anterior.

Y ahora estoy en el último tren de este trayecto, independiente del otro trayecto Viena-Bratislava que me espera después. En los doce minutos que tenía me dio tiempo a comprar dos Berliner con mermelada de frambuesa o lo que sea eso, que para mí son el manjar definitivo desde que los descubrí en Stuttgart hace un año y una semana, subir al tren, sentarme delante de una jovenzuela de negros rizos enfrascada en unos apuntes de Inglés, enchufar el portátil y terminar de escribir en Word esta entrada a la que ahora pongo punto final.