Saturday, October 5, 2013

Dos señoras gallegohablantes


En los autobuses urbanos de mi ciudad, y supongo que en los de la tuya también, los asientos están de dos en dos, y algunos pares están mirando hacia atrás, de tal modo que quedan cuatro enfrentados. En uno de esos grupos de cuatro me hallaba yo solo hace dos jueves mientras me dirigía a mi beloved campus, hasta que dos señoras asentaron sus ancianas posaderas sobre los asientos que había delante de mí. No suelo llevar música en las orejas cuando voy en bus, lo que me permitió oír a las señoras decir algo que despertó mi curiosidad, y como aún no había sacado de la mochila el libro de la batalla de Verdún que me dejó mi primo, me dispuse a observarlas disimuladamente en lugar de leer.

Haciendo un juicio comparativo entre sus arrugas y las de mis dos abuelas, deduje que ambas doñas rondarían los setenta años. Iban cuidadosamente maquilladas y vestidas elegantemente, pero sin exageraciones. Una de ellas hablaba de su sobrina, nieta o lo que fuera, la música tan ruidosa que ésta tenía en el móvil, y cómo le había expresado su parecer al respecto a la dueña de dicho móvil. Ambas hablaban en castellano, pero tras oír unas pocas frases me dije: esta señora no habla castellano.

Qué curioso. La otra tampoco.

Ahora tengo que hacer un inciso para que los de fuera de Galicia podáis entender de qué hablo. La gente de esta región se divide en dos grupos: la que habitualmente habla castellano y la que habitualmente habla gallego. Lo normal es que todo el mundo entienda y sea capaz de hablar ambas lenguas, con mayor o menor cantidad de calcos pero siempre con fluidez; y todos tenemos acento gallego, de eso no se libra nadie, reconocible desde Valencia hasta Helsinki (otro día os cuento anécdotas). Sin embargo, hay una diferencia notable entre la entonación de quien habitualmente habla un idioma y la de quien habla el otro, de modo que cuando un gallegohablante cambia al castellano se le ve el plumero enseguida, aunque sea el castellano más correcto y refinado del mundo; y al revés, igual. Hay muy pocas excepciones, generalmente gente que por la razón que sea lleva toda la vida cambiando entre ambas.

Pues bien: estas señoras eran gallegohablantes hablando castellano. Pensé que a lo mejor estaba equivocado, pero en cuanto la que contaba la anécdota pasó a referir textualmente la conversación que tuvo con la dueña del móvil ruidoso, lo hizo en gallego; y entonces sucedió lo más gracioso de todo: terminada la reproducción del diálogo siguió diciendo en gallego algunas frases más, incluso la otra le respondió a algo con un par de palabras en la misma lengua, hasta que, pasados unos segundos, se dieron cuenta de lo que estaban haciendo y volvieron al castellano. Sucedió varias veces más a lo largo de la conversación, especialmente cuando se quedaban calladas unos instantes y una de ellas reniciaba el diálogo con alguna frase espontánea. A la de la izquierda le pasaba más que a la de la derecha.

Reconozco que esta anécdota, aunque me llamó la atención, no es tan rara. Estas señoras nacieron, se criaron y vivieron muchos años en un tiempo en el que el gallego se consideraba vulgar, y quien pretendiera tener una posición en la sociedad tenía que empezar por desterrarlo y pasarse al castellano. Pero también es cierto que llevamos ya más de treinta años de oficialidad, presencia en la radio y la televisión, etcétera. Que a estas alturas haya gente que siga intentando ocultarlo me parece cuando menos curioso.

Saturday, September 28, 2013

Agueste V: Slavske, Volosianka y Zájar Bérkut (II)




El sábado empecé el día tarde y con calma. Me di cuenta de que no tenía dinero, así que le pregunté al de recepción si en la estación de esquí había un cajero o tenía que bajar al pueblo. Me contestó que sí que había. Se equivocó. Llegué allí y no encontré ninguno. Pregunté a alguien con cara de pertenecer a la organización y llamó a una chavala que sabía inglés para hablar conmigo. Gala, pues así se llamaba, me dijo que no había ninguno, pero que me acompañaba a la estación en taxi si quería. Durante el trayecto me dijo que no tengo ningún aspecto de español. “¿Entonces de qué tengo aspecto?” “No te ofendas, pero de judío.” Pues nada, me rizaré las patillas. Al volver arriba comí en el comedor que hay (probé el borsh rojo, que es sopa de remolacha). Luego estuve conversando con Gala un rato más en la zona del telesilla y el hotel de los músicos (saludé a los de Arkona según se dirigían al baquestaje) hasta que se fue acercando la hora de inicio de los conciertos. En la cola del telesilla me hablaron dos o tres personas a las que les sorprendía mucho ver a alguien de tan lejos en un lugar tan perdido. Con ellos me fui a tomar un refresco al bonito bar que hay en lo alto de la montaña, y casi se me pasa la hora de ver a Viter; de hecho me perdí unos veinte minutos de su concierto, aproximadamente la mitad. Allí me reencontré con la chavala volgogradense con la que había compartido telesilla, y con ella vi a Arkona también.

Los vídeos están sin editar ni recortar:




Los más avispados encontrarán una referencia a Dub Buk
al final del segundo vídeo.


¿Recordáis lo que me había dicho el organizador cuando me dio la pulsera? “Es de prensa porque no me quedan de músico.” Pues bien, observando las muñecas de los asistentes y de los músicos que rondaban el hotel me di cuenta de que el hombre, por equivocación, lo había dicho al revés y de que lo que adornaba el istmo de mi mano era un pase a la vistosa casita rural situada un poco más atrás del escenario. No veas lo importante que se siente uno cuando dos miembros de la “militsia”, que es como se llama la policía allí, sendos armarios vestidos con gruesos trajes de camuflaje, te abren paso haciendo un gesto con la mano tras enseñarles la cinta roja de tu muñeca. Cuando llegué al piso superior de la casita, los Munsorrous me saludaron con grandes sonrisas y me ofrecieron bebida. También saludé a Masha y Lazar de Arkona; el segundo, aunque probablemente no recordase mi cara de la vez anterior en Madrid, sí me conoce como uno de los poquísimos habituales extranjeros del foro de su grupo. Ella no, porque pasa del foro y de aguantar a fans alocados. Pasé allí un rato corto, pero antes de irme le pregunté a Ville (de Moonsorrow. Qué raro se me hace especificar esto) si podía realizar un capricho que tenía: echarme por la cara la sangre que usan en los conciertos y sacarme “a bloody photo with the whole bloody band”. Me contestó que sí, que no habría problema. En algún momento también le pregunté a alguien de la organización si me podían dar un pase para mi nueva amiga; me dijeron que no, que las normas eran estrictas, y obviamente no discutí más, pero al minuto, cuando ya me iba, vino corriendo detrás de mí, se disculpó alegando que no sabía que yo era de la prensa y me entregó una pulsera. No veas qué contenta se puso la chavala cuando se la di. Ya no recuerdo cómo se llamaba. Vladimira o Svetlana o un nombre típico de ésos. No habló casi nada durante los pocos minutos que pasamos allí dentro; tenía los ojos como platos, mientras probablemente se preguntaba cómo rayos había llegado allí, y cuando salimos y llegamos de nuevo a la parte de enfrente del escenario exclamó: “¡Dios mío, tengo una foto con Moonsorrow!”.

A lo mejor encuentra este blog y me dice cómo se llama.

Todo eso fue entre Arkona y Týr. Cuando acabaron estos últimos, volví corriendo al baquestaje a ensangrentarme un poco. Doy fe de que la sangre que usan es real: el sabor es inconfundible y cuando se seca se pone marrón y cruje cuando mueves la cara. No veas lo que me costó convencer de esto a Eddie.

— Bueno, sería sangre de mentira, ¿no?
— Qué va, sabía a sangre y se me coaguló en la cara.
— Ya, bueno, pero sería sangre falsa, no creo que la usen auténtica.
— Que no, hombre, que se puso marrón y crujiente.
— Sí, sí, pero supongo que sería de mentira...

Lo malo fue que no me pude hacer la foto, porque cuando sucedió esto ya estaba sonando la intro y se fueron corriendo al escenario. Maybe after the concert, me dijo Ville, pero ahí ya ni lo intenté porque se pusieron a recoger los instrumentos y demás. Hablé unos minutillos más con Mitja, que es con el que más me llevo, por así decir, y me fui. Tanto la volgogradense como yo decidimos irnos ya, que era tarde y hacía frío –llegaron a caer unos copos de nieve durante el concierto–. Bajamos en un cuatriciclo de la muerte, nos despedimos (lo siento por los que esperabais otro final para esta historia) y volví al hotel dando un precioso paseo en oscuridad casi total bajo la majestuosidad del cielo nocturno.

La última anécdota de la noche es la del recepcionista, el mismo chaval joven al que le había preguntado lo del cajero. Peté en la puerta, me vio todo ensangrentado a través del cristal, abrió mucho los ojos y vino a abrirme. Con educación y el gesto amable que suelo usar yo y cualquiera en estos casos, le devolví el paraguas que me había prestado, le pedí la llave y subí a mi cuarto. La cara del pobre hombre era un poema; no despegó los labios en ningún momento, ni redujo el grado de apertura de sus párpados. Estoy seguro de que, si le hubiera pedido el dinero de la caja, me habría dado hasta los centimillos del bolsillo de atrás. Días después me decía Eddie que sí, que mucha risa, pero que menos mal que no se le ocurrió llamar a la policía diciendo: mira, que son las tres o las cuatro de la mañana y acaba de subir un tarao ensangrentado a la 108, venid a ver.

A la mañana siguiente bajé a entregar la llave, y junto a la mesa de recepción había un señor con el que me había topado el día anterior y que me sorprendió hablándome en ¡portugués! Por lo visto, había sido camionero y durante muchos años había estado viajando a Portugal. Ahora era taxista. Me llevó a la estación, y como aún faltaba un buen rato para el tren, fui a comer a un pequeño bar que encontré. La camarera era jovencita e imbécil. Le pregunté qué era un determinado elemento del menú, y su única respuesta fue repetir la palabra varias veces, sin hacer un gesto explicativo ni señalar nada. Le dije que vale, que me lo pusiera y ya vería lo que era. Me dio un platito con algo de ensalada, pescado frito y un tenedor. Para quitarle las espinas al pescado necesitaba un cuchillo, pero no recordaba cómo se decía en ruso, así que la llamé, le dije “por favor” e hice gesto de cortar con un cuchillo. Me respondió: jasi sisusu siguasagüey. Bueno, muller, perdona pero no te entiendo, ¿me traes un cuchillo o no? Todo esto educadamente y con un ruso básico pero suficiente (me había servido con otras personas). Ella siguió repitiendo lo mismo. Luego se giró hacia dos personas que estaban en otra mesa, observando la escena con curiosidad, y les dijo algo riéndose. Huelga decir que no me llegó a traer cuchillo ninguno. La verdad, más imbécil fui yo por no levantarme e irme sin más.

Tras comer el pescado con los dedos me fui a dar un paseo para matar el tiempo por las cercanías de la estación, y más tarde, mientras el tren me llevaba a Lviv, recibí un mensaje de una tal Julia. El resto ya lo conté, y con esto podemos, por fin y tras casi un año, dar la serie de Agueste por terminada.

Tuesday, August 13, 2013

Fium, fium

Esta noche dormiré en la habitación de Budapest en la que estoy ahora mismo. Mañana dormiré en Bratislava. La siguiente noche, en Bérgamo, o Milán, o donde pueda en esa zona. Y la siguiente, en mi casa.

Demasiado rápido todo. No tengo ni tiempo de escribir una entrada más larga. Ni necesidad, realmente.

Saturday, August 3, 2013

Agueste V: Slavske, Volosianka y Zájar Bérkut (I)



¡Sorpresa! ¿A que ya no os esperabais esto a estas alturas? Lo suponía. Los primeros cinco párrafos los escribí en septiembre u octubre, por ahí. El resto es de hace unos días, por lo que puede que se me olvidaran detalles, pero esto es básicamente lo que hubo. Otro día publicaré la segunda parte.

En todos los carteles pone Slavsko, pero todo el mundo lo llama Slavske. No sé por qué. Sea como sea, tras dos horas de tren antiguo pero suficientemente cómodo llegué a ese pequeño pueblo de los Cárpatos, cuyos habitantes debían de estar flipando con la manada de melenudos que aparecían en la estación. Había reservado una habitación en un hotel de cuatro estrellas, o como tal me lo vendieron, llamado Terem, por veinte euros la noche, que habrían sido diez si fuera con alguien más, puesto que la habitación era doble. Empecé a preguntar por el gotel Terem. ¿Gospedia?, me preguntaron. Da, Terem, gotel, respondí. Da, gospedia por allí y por allá, se empeñaban en decir. Pues gospedia, lo que tú digas, se parece a hospedar así que supongo que hablamos de lo mismo, el caso es que me indiques. La primera señora me mandó todo recto, pasar un puente y llegar a una tienda. Este es el puente que pasé:


Aunque más adelante había uno de verdad, con calzada. (No, el de la foto no lo crucé.) Entré a la tienda y volví a preguntar. Me empezaron a indicar, pero que estaba lejííísimos, y en ese momento pasó un autobús pequeñajo y me dijeron que corriera y lo cogiera. Pegué un grito y el conductor esperó por mí. Ese autobusiño fue toda una experiencia. No le hice fotos porque me daba palo: era el único extranjero, tenía pinta de perdido, iba cargado con una mochila petada y una maleta y todos los presentes me miraban con curiosidad. Yo sólo decía: gotel Terem, gotel Terem, ne panimaiu, ne panimaiu. No entiendo, vaya. Un señor de unos setenta años me estaba diciendo mil cosas y yo no me enteraba de nada.

Me enteré con alegría de que, aunque entre el “centro” de Slavske y Zájar Biérkut hay seis kilómetros, el tal hotel Terem se halla a medio camino entre ambos, un poco más cerca de la estación de esquí. Entré en el hotel, hablé con la única recepcionista del mismo que sabe algo de inglés, me dio la llave de la 108 y allí me fui, a una habitación bonita y luminosa, aunque no sé si merecedora de las cuatro estrellas. Me duché y ese tipo de cosas y salí para Zájar Biérkut a pie, pues me habían dicho que se llega en veinte minutos, y así es. La carretera es espantosa, piedras y socavones por todos lados, pero como iba a pie no me importó y me entretuve disfrutando del paisaje, chupando mi caramelo de caramelo comprado en Lviv (un mosquito imbécil lo vio tan amarillo que quiso acercarse y se quedó irremediablemente pegado; ese día terminó su vida, pero tranquilos, no me lo comí) y viendo las lentas eses que hacían los coches, que en ocasiones llegaban incluso a pararse.




A las nueve y cuarto, cuando llegué a la parte inferior del telesilla, los policías o seguratas o lo que fueran me dijeron que aquello ya lo habían parado. Por suerte, alguien llamó a alguien y me dijeron que el organizador del festival llegaría en unos minutos. Cuando me vio me dijo: “hello, I am Sergey”, yo le respondí: “hello, I am Abel from Sp...” y me interrumpió diciendo: I know, I know. Mira, me dijo, no me quedan pulseras de músico, así que te voy a dar una pulsera de prensa. Pensé para mis adentros: pues vaya tontería, eso es lo que supuestamente me corresponde. También me dijeron varios de los presentes que arriba hacía frío, que en manga corta y pantalón corto me iba a congelar, pero les respondí que no se preocuparan, que en la mochila llevaba ropa de abrigo. Una vez estuvo todo aclarado me monté en el telesilla.

Casi me congelo, colega. Menudo frío pasé. No me esperaba ni que el trayecto durase treinta minutazos ni que hiciera tanto frío antes de llegar arriba. Y claro, a ver quién es el chulo que se pone a descalzarse y a sacar cosas de la mochila cuando se halla suspendido a diez metros de altura. Chocar las rodillas y cantar tonterías tipo “hace frío frío frío, naino naino nainioná, ochen ochen joladná” no te hace entrar en calor pero algo ayuda. Por el ruido y las luces distantes supe que me acercaba al escenario, luego que estaba a su lado, luego que… ¡me estaba alejando! El telesilla me dejó arriba de todo, en la cima del tope del cumio del pico de la cumbre de la montaña, donde me abrigué y eché a correr hacia el escenario, donde ya estaba tocando Dark Funeral.

Al principio hacía frío. Luego hacía mucho frío. Luego hacía un frío que pelaba. Cinco o seis grados, por ahí. Unos encendieron una hoguera detrás del puesto de las camisetas; pasé allí la mayor parte del concierto de Inquisition (desde ese lugar se veía y oía perfectamente), y todo lo que conseguí fue apestar a humo y seguir teniendo prácticamente el mismo frío, así que decidí volver a delante del escenario y saltar como un mono in situ; esto funcionó mucho mejor. De todos modos, a mitad de Todestriebe me harté de pasar frío, estaba cansado, eran las dos, etcétera, así que me dije: me piro. Pero esperad, que me falta la anécdota de las hamburguesas. Durante Carpathian Forest, el segundo concierto que vi, me entró el hambre y fui a uno de los puestos de perritos calientes a comprar una hamburguesa. Miro la lista de precios (прайслист, praislist, una risa) y veo: чисбургер, chisburguer, 100 grivñas. Me quedé boquiabierto: ¿diez euros por una hamburguesa precocinada, en Ucrania? Vale que en un festival las cosas suelen ser más caras, pero eso es una burrada, más en un país relativamente barato. Fui al otro puesto, aunque ya sabía que sería exactamente lo mismo, y así era. Tras un rato debatiéndome entre pasar hambre toda la noche y tirar el dinero me di cuenta de que la г (G) de “100 г” no era de гривень, grivñas, sino de граммов, gramos. El precio estaba más a la derecha y era exactamente la décima parte.

Volvamos a las dos de la mañana y a mi intención de escapar de esa nevera al aire libre. A la derecha del escenario y tras una valla abierta había algo que parecía un camino. Junto a la valla, sentados, un policía y un chaval joven. Me acerqué y les pregunté cómo se podía bajar; el chaval sabía algo de inglés y me informó de que había unos viejos con quads un poco más arriba que te bajaban en su máquina endemoniada por, esta vez sí, cien grivñas del ala. Como la alternativa era esperar tres horas más para morirme del frío y del asco en el telesilla, me subí a uno de esos. Avanzamos diez metros que fueron suficientes para darme cuenta de que mi vida podría terminar allí mismo; paró porque el chaval de antes le había levantado la mano. El susodicho se acercó al cacharro y me preguntó si me importaba que se montara también (caben tres personas incluyendo al conductor). Le contesté que en absoluto, y mira, fue genial que se subiera, porque al estar más apretados me daba menos impresión de que me iba a caer. En serio, fue toda una experiencia. Un aparato infernal que si tiene suspensión la disimula muy bien, bajando a velocidad de crucero por un sendero irregular, zigzagueante y lleno de piedras y saltos en mitad del monte. Algunos se suben a montañas rusas; os aseguro que las ucranianas no tienen nada que envidiarles. (Curiosidad: en Rusia, a las montañas rusas las llaman montañas americanas.) En unos cinco interminables minutos llegamos abajo, donde ya no hacía tanto frío, de hecho se estaba bien. Convencí a mis huevos de que ejercer de corbata no era su función, pagué las cien grivñas (no creas que nos hizo el menor descuento por ser dos) y me disponía a despedirme del chaval e irme por mi lado tras intercambiar dos frases con él, pero me preguntó si me gustaba el vodka, o algo así, y me invitó a tomar unos chupitos con él. Subimos un poco hacia el hotel donde se alojaban los músicos. Resulta que el chaval, llamado Vladímir, si no recuerdo mal, era el administrador de la red informática de ese hotel, así que pudo entrar como Pepito por su casa y salir de nuevo, no sin antes mostrarle al policía el cartón de zumo de naranja que se llevaba. Una vez fuera, sacó de debajo de la cazadora dos botellas de vodka ucraniano marca Nemiroff: una llena, que me regaló “para que bebas con tus amigos de España”, y otra mediada, para compartir right there, right then. “Está un poco caliente porque tenía la botella guardada en el armario de los servidores.” Me llevó a un merenderito con bancos, y mientras bebíamos me estuvo contando cosas. Tomamos tres chupitos. El primero, na zdarovie, por la salud. El segundo, por que todo vaya bien; “a mí me va bien, porque me casé la semana pasada y soy muy feliz”. El tercero, por los amigos, si no recuerdo mal. Me explicó un poco la situación lingüística en Ucrania, la predominancia del ruso en la mitad este y la del ucraniano en la oeste, y la diglosia existente; puso cara triste cuando me referí a Ucrania como “a Russian-speaking country”. No se ofendió; más bien creo que le entristeció que un extranjero asociara Ucrania con el idioma ruso. Durante toda nuestra conversación, siempre me contestó amablemente cuando le preguntaba cómo se decía tal o cual cosa en ruso, pero insistía en hablar inglés, porque tenía que practicar. Cuando finalmente decidimos irnos y empezamos a bajar la cuesta hacia el hotel, vimos una furgoneta enfrente del mismo. Como estaba medio peneca del vodka, le pedí sin ninguna vergüenza: “oye, ¿puedes decirles a esos que me lleven?” Habló con el de la furgoneta, el cual aceptó, pues había sitio y mi hotel quedaba de camino por la única carretera posible. Y esa es la historia de cómo acabé metido en la furgoneta de Dark Funeral, a quienes les importó tres pitos que un desconocido se sentara en el vehículo que los llevaba al aeropuerto o adonde fuera. El cantante es griego, no lo sabía, creía que eran todos suecos. Me bajé en mi hotel y di el día por terminado. Lo llamé jornada, que dicen en inglés.

Friday, July 12, 2013

La vida

El Danubio se desbordó un poco.
Foto tomada entre Komárom y Komárno, 5·VI·2013.

Hace un montón que no escribo sobre mi día a día en Eslovaquia. Creo que desde otoño, y ya pasaron tres estaciones. Recordaréis que vivía en una habitación triple con un español y un portugués. Ambos habían venido para pasar sólo un cuatrimestre, así que un día fui a la ubytovanie, la oficina de alojamiento o como se llame en castellano, a pedirles que, cuando se fueran ellos, en lugar de traerme compañeros nuevos me metieran a mí en otra habitación, a poder ser doble y con un compañero eslovaco (“¿Eslovaco? ¿Seguro?”). Aunque me refería a febrero, a los pocos días ya me estaban poniendo una llave nueva en la mano, y el 6 de diciembre, día de la Prostitución, como decía mi abuelo, hice la mudanza al piso de abajo. Lo del compañero eslovaco salió un poco rana. Era un chaval majo pero no teníamos absolutamente nada en común. Él estudia cosas de gimnasia, entrena gente y su aspecto físico llevó a Enzo a llamarlo “el musculovaco”; le gustan el rap y los coches de carreras y es muy poco hablador. A lo mejor, por cada hora que pasamos juntos en la habitación hablamos dos minutos, por término medio. Y la mayoría fue “voy a apagar la luz, enciende tu lamparita” o “¿puedo usar tu [insertar nombre de objeto] un momento?”. Un día me sorprendió: era el día de su nombre (el equivalente centroeuropeo del santo) y me invitó a bajar al Babka y beber con sus amigos. Acepté la invitación, tan sorprendido como contento, y me cogí una moña a su salud y a su costa (segunda de un total de tres desde que me vine a Eslovaquia; a lo mejor deberían quitarme el carné de estudiante). Al día siguiente todo volvió a la normalidad.

La mayor parte de los artistas del primer cuatrimestre se fueron entre diciembre y enero. Se quedaron Julián el canario, Paulina la mexicana y algunos con quien tenía menos relación, como Mathilde la francesa o Anya la ucraniano-estadounidense. Por supuesto, a cambio de los que se fueron vinieron otros nuevos, pero por alguna razón no llegó a haber tanta cohesión entre los erasmus como en el primer cuatrimestre. A principios de noviembre, menos de dos meses después de llegar a Bratislava, ya tenía suficiente confianza con Martin el alemán como para ir con él a Viena un fin de semana y alojarme con sus amigos de allí. Esa cercanía no la tuve con casi nadie el segundo, y con nadie tan pronto. No sabría decir por qué exactamente.

Por lo demás, pocas diferencias hubo mientras duró el curso. Iba a clase, de vez en cuando quedaba con alguien, los fines de semana que podíamos ambos iba a ver a Vica o venía ella aquí, etcétera. El único cambio un poco grande fue que con la primavera llegaron los días largos y el sol y con ellos, las ganas de pasear sin rumbo fijo; pero aun así, el buen tiempo no hizo acto de presencia hasta mediados de abril (fue un invierno anormalmente largo, esto no es en absoluto habitual en Eslovaquia). Las clases terminaron a mediados de mayo. Después tuve que hacer algún que otro examen más y entregar un par de trabajos.

Ghost en Viena, 20·VI·2013

Junio está un poco borroso en mi memoria ahora mismo. Pasé los primeros seis o siete días en Komárno con Vica. Las siguientes dos semanas las pasé finiquitando asuntillos de la facultad, como recoger firmas de profesores junto a sus respectivas notas o rellenar papeles de fin de erasmus. El jueves 20 fui a Viena a ver sendas exposiciones de Durero y sus compinches flamencos por un lado y de Gottfried Helnwein*, que me impresionó muchísimo, por otro, y un concierto de Ghost. Cinco días más tarde llegó mi amiga austríaca Jasmin, con quien pasé un par de días y vimos juntos a Iron Maiden en Piešťany. Eso fue el 27. El 28 por la mañanita volvimos a Bratislava, donde nos separamos; luego fui pitando a Komárno porque tenía que resolver un asunto con Vica urgentemente, luego de vuelta a Bratislava y finalmente a Brno, en el país hermano, donde asistí a un festival de black metal (de degollacabras, como dice mi madre) llamado Hell Fast Attack del que podréis leer una crónica en unos días. El 30, día en que volví a Bratislava, era el día en que debía abandonar la habitación de la residencia.

Aunque los planes que teníamos Vica y yo para la primera mitad del verano eran básicamente pasárnosla de festival en festival, life’s a bitch y sus circunstancias cambiaron de un modo tal que las actuales le impiden totalmente pasar más de una noche fuera de casa, e incluso eso es forzar ya mucho la situación. Así que el plan B era mudarme a una residencia en Komárno, pasar el mes allí y vernos un par de horas al día. Ella fue a preguntar si un estudiante de otra universidad podía alojarse allí en verano; el igázgató úr (director o algo así) le dijo que al menos hasta el 14 de julio sí y luego ya se vería. La noche del 30 de junio al 1 de julio, Julián y Gabriela me salvaron el culo, uno almacenando mi equipaje y la otra ofreciéndome una cama libre en su habitación. Al día siguiente agarré todo lo que pude y, cargado como una mula, me cogí un tren a Komárno. Al llegar, Vica me estaba esperando para ir a la residencia… pero, oh infortunio, hete aquí que, según nos comunicó el domoarigato úr, habían decidido que no iban a acoger a nadie en verano. “Y yo allí con mis maletas como un gilipollas, madre, y yo allí con mis maletas como un gilipo-o-o-llas.” El úr de las narinas nos sugirió no sé qué hotel, el hotel tenía precios de hotel, el botones Sacarino nos sugirió una residencia de estudiantes de secundaria, ésta estaba llena hasta la bandera de niños que estaban allí por una especie de campamento, y la señora con la que hablamos, muy amable y atenta, intentó buscarnos una solución, pero al final no hubo ninguna. Así que cogí mis bártulos, que ya se sabían la ciudad to the little finger, y me volví a la capital. El de la ubytovanie de mi residencia, que ya me conoce de las muchas veces que fui por allí, rió al verme entrar otra vez por esa puerta.

Y así estamos. Escribo esto en un tren a Bratislava tras pasar de nuevo una semana en casa de Vica aprovechando una circunstancia favorable, pero ésta se terminó esta misma mañana. Hoy es jueves once; el domingo catorce, Julián se va a Múnich a coger el avión de vuelta y de paso a ver a Martin; durante los días siguientes me prepararé para irme, y como muy tarde el día 25 abandonaré definitivamente este país. Mi siguiente parada es el festival ucraniano Carpathian Alliance (as it began, so it ends) con dos colegas franceses y tras eso, quizá (ojalá) dando un rodeo por Europa aún sin determinar, volveré a casa.
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*También conocido como "el de la portada del Blackout de los Scorpions".

Saturday, June 22, 2013

FEB IV: Suiza

La plaza del Mercado de Basilea
Leer introducción aquí

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Miércoles 27 de febrero. Cinco de la tarde. Tren a Viena. Metro de Simmering a la Westbahnhof. Un par de horas de espera, o las que fueran. Tren a las 22:30. Compartimento. A excepción de la primera hora de viaje, sólo otro señor y yo. Consecuencia: tres asientos para cada uno. En otras palabras: dormir tumbado como un pepe. Llegada a Zürich a las 7:30. Cambio de tren.

Todo lo que vi de Zürich
El jueves 28 de febrero de 2013 a las 8:30 AM aproximadamente puse el pie en Basilea, ciudad suiza fronteriza con Alemania y con Francia. Lo primero que hice fue ir directo al albergue, que está a diez minutos a pie de la estación. Allí, el recepcionista me dio un plano de la ciudad, un esquema de la red de autobuses y tranvías, un bono que permite usar todo el transporte urbano durante dos días y que estaba incluido en el precio de la habitación, y un folleto con las rutas que hay marcadas por toda la parte antigua de la ciudad.

¡Sí, hay rutas indicadas! Está guay. Todas empiezan y terminan en la plaza del Mercado. Eliges una, y funciona como los senderos de los montes: tienes que ir siguiendo las señales de colores que hay en las esquinas de los edificios. En total hay cinco rutas, que llevan entre 45 y 90 minutos recorrer, dependiendo de la que elijas. Como estaba solo, y conociendo las limitaciones de quien se me uniría más tarde, decidí hacer la gris, porque ponía que tenía muchas cuestas y escaleras. Y así fue como hice mi primera
El meteorito interestelar
de la galaxia
ruta por la bella y limpia Basilea, ciudad medieval que conserva montones de cosas de hace siglos. Hay casas en cuya puerta tienen grabadas fechas que se remontan hasta el siglo XIV. No sé muy bien cómo funciona eso, porque de la casa original poco puede quedar, ¿no? Eso es lo único que eché de menos en Basilea: no tener quien me resolviera ese tipo de dudas. Vi cosas muy bonitas, pero no sabía lo que estaba viendo. En mitad de la ruta me topé con el Naturalhistorisches Museum y decidí entrar. Un poco cutre: todo escrito exclusivamente en alemán, aunque dentro me encontré más francófonos que otra cosa, pocos objetos originales y muchas réplicas. Lo más llamativo, unos fósiles de plantas de tamaño desmesurado y un cacho de meteorito del tamaño de un calabacín y nada menos que nueve kilos de peso. Por lo poco que pude entender de la explicación de al lado, se cree que es el que acabó con los dinosaurios, en caso de que esa teoría sea la buena.

A las tres y media llegaba Eddie Pedro Pera al aeropuerto de Basilea, Mulhouse y Friburgo, también llamado Euroairport, que está en territorio francés; y fui a buscarlo, o sea que, técnicamente, también estuve en ese país. ¡Yuju! Volví a la ciudad con él,
dejó sus cosas en el hotel y nos fuimos de paseo a hacer las rutas roja y azul. Durante este paseo paramos en varios bares, y tengo que destacar el zumo de manzana, distinto a todos los que probé. No sé cómo lo hacen o con qué variedad de manzanas; parece que tiene gas porque pica un poquito, pero no lo tiene, simplemente es más ácido, y está buenísimo. Fue casualidad, porque siempre pido cocacola o mosto, y justo ese día, como no tenían mosto, me dio por variar. Por la noche cenamos en un restaurante cuya camarera sabía algo de español y estaba toda contenta de poder practicar con nativos.

Pratteln está a siete minutos en tren de cercanías. Al día siguiente, viernes 1 de marzo, para no tener que andar pendientes del equipaje, decidimos llevarlo ya al hotel de Pratteln en el que nos alojaríamos esa noche y volver luego a Basilea. Eso hicimos, y nos recorrimos la ruta amarilla, caminata durante la cual comimos unos sángüises de fiambre manufacturados (la factura del restaurante de la noche anterior había sido un susto más que suficiente). Hacia la mitad de la tarde fuimos a Pratteln a
descansar un rato en el hotel antes del concierto para el cual habíamos organizado todo ese viaje. Cartelazo: Primordial, Moonsorrow, Taake y Helheim. Una vez en la habitación, quise enchufar el portátil, pero los enchufes no eran los adecuados, así que bajé a recepción a pedir un adaptador. Y al llegar abajo, sorpresa sorpresa: en el pasillo me encuentro una calva y una enorme perilla que conozco: las de Janne Perttilä; y a su lado, tras la esquina, el resto de los miembros de Moonsorrow, junto con los dos o tres tíos que los acompañaban. Nos saludamos todos, intercambiamos cuatro frases y me volví para arriba sin mi adaptador, porque no tenían. Le conté a Eddie con quién me acababa de topar y bajó a saludarlos, pero sólo encontró a Marko y a Markus. Un rato más tarde fuimos a la sala, que está a tres minutos del hotel. Del concierto no voy a contar nada aquí, primero porque no es el objetivo de este blog y segundo porque ya hice una crónica para otro sitio. Pero estuvo guay, valió la pena.

Al día siguiente salimos temprano del hotel. Nos volvimos a encontrar a los de Moonsorrow, hablamos con Marko y Ville cinco minutos durante los cuales nos contaron los problemas y tirones de pelos entre su discográfica antigua y la nueva, decidimos unánimemente que el próximo disco sería una obra conceptual sobre cucarachas y finalmente nos despedimos hasta la próxima. A
¿Ves el cable y la banderita?
continuación, el madrileño y yo cogimos el tren para Basilea. Eddie se fue directo al aeropuerto, mientras que yo me quedé por la ciudad unas horas más, paseé, saqué fotos que me habían quedado sin sacar y me hice la última ruta, la más larga de todas y la única que pasa al otro lado del río. Descubrí que para cruzarlo hay unos barcos que no tienen motor, sino que están atados a unos cables para no irse a la deriva y se mueven aprovechando la propia corriente; de todos modos, yo crucé por el puente. En terminando la ruta, en lugar de volver a la plaza del Mercado fui directo, pero sin prisa y con alguna que otra pausa, a la estación de la que tenía que salir. Lo que me pasó durante mis últimos minutos en el país de Heidi ya os lo conté, y como nuestro relato de febrero ya llegó al 2 de marzo, creo que podemos darlo por terminado.

Deleitaos con dos vídeos absurdos.
Actualizado a 8 de noviembre de 2015 para añadir muuuuchas fotos.



Wednesday, June 12, 2013

Asignaturas del segundo cuatrimestre

Si bien el primer cuatrimestre (perdón, semestre de invierno, el que duró los tres meses del otoño) me vi en la necesidad de coger asignaturas casi a lo loco, las del segundo las pude elegir con algo más de cuidado. Mi principal prioridad era dejar los viernes libres, especialmente a sabiendas de que pronto llegaría el solcito y con él más ganas de andar de paseo, con lo cual sacrifiqué el Creative Writing. Luego me vi en otra disyuntiva: ¿qué es preferible, coger asignaturas chorras que sean fáciles de aprobar o cogerlas realmente interesantes pero que me quiten más tiempo? Al final hice una mezcla de ambas cosas. Las agruparé por idioma.



Practicals in English 2. La profesora es la misma bielorrusa que me dio otra asignatura con el mismo nombre el cuatrimestre pasado, sólo que la otra era una asignatura de segundo ciclo, mientras que ésta es de primer o segundo curso. Dicho de otro modo: inglés genérico. De las fáciles. No es por ir de arrogante, es que clases de ese nivel tuve infinitas ya. Pero la clase es entretenida y la profesora es buena, así que ahí estoy todos los lunes.

Practicals in English 2, bis. De nuevo el mismo nombre, y esta vez también el mismo nivel, pero creo que una está orientada a futuros profesores y la otra a traductores, o algo así, no sé. Esta es la continuación de las Practicals in English que tuve el cuatrimestre pasado, con la misma profesora, mismos compañeros, mismo horario y misma aula.

Academic Writing. Otra más con Lucia Otrísalová, la del párrafo anterior. La redacción de textos académicos es mucho menos divertida que la de los creativos, pero me está resultando muy instructiva. Es una asignatura de segundo ciclo y mis compañeros, como los que tenía en su análoga creativa, también son de los que ponen todo su interés y participación.



Francés con Silvia. Esta clase es sobre todo de conversación, aunque también nos hace escribir redacciones. El nivel no es muy básico, con lo que está bien.

Francés con Cavet. Francés general, asignatura fácil.

Comprensión oral en francés. También la da Romain Cavet; ésta es de escuchar grabaciones y resumirlas o contestar preguntas sobre ellas.

Morfosintaxis francesa. La cogí un poco a la desesperada, pues necesitaba dos créditos más de francés y no había ninguna otra asignatura disponible que me valiera. Esta asignatura fue la gota que colmó el lunes, pues suponía estar en la facultad de 10:50 a 19:30 sin tiempo para comer. Por suerte, la profe se enrolló y me ofreció la oportunidad de no ir a clase ni hacer el examen, y entregarle un trabajo a cambio. Tengo que escribir unas ocho o diez páginas sobre el modo indicativo de los verbos franceses. Por suerte, es fácil encontrar información, así que suena más feo de lo que realmente es.



Alemán. Me quiero moriiiiiiiiiiir...



Eslovaco. Mismos profesora simpática y horario fastidioso (lu, mié 18:00-19:30) que el cuatrimestre pasado, diferentes compañeros a excepción de una persona. De nuevo, no se trata de un curso universitario como los demás, sino que es eslovaco para extranjeros y se apunta todo el que quiera pagar los 150 € (a mí me los perdonan por ser erasmus). Este cuatrimestre estoy en desventaja frente a mis compañeros, pues todos están casados con alguien de Eslovaquia o llevan años en el país, a excepción de dos personas: los polacos, para quienes estudiar eslovaco es como para un español estudiar portugués. O sea, que el único que no puede hablar con cierta fluidez o entender la mayoría de las cosas soy yo. Pero bueno, más o menos me voy enterando de cuanto buenamente puedo, y la profe me dijo que no tenía que hacer examen, así que tudo bem.



Ruso intermedio. De intermedio, leches. Muy poco nivel, y lo digo yo, que tengo muy poco nivel myself. Además las clases fueron una chorrada. La mayoría de las veces hacíamos cosas como leer un poema en voz alta, todos, por turno. Éramos 10 o así. O hacer ejercicios de conjugación en voz alta. Sólo fue interesante porque se impartía en eslovaco, y era realmente entretenido encontrar similitudes y diferencias entre ambas lenguas. Pero de ruso no aprendí prácticamente nada.

Eso es todo. La mayoría de lo above lo escribí hace más de un mes y hace tres o cuatro semanas que acabaron las clases, así que ya os puedo decir que aprobé todo salvo Alemán, un idioma que me odia, y que aún no sé las notas de Academic Writing ni de Morphosyntaxe pero es casi seguro que son sendos aprobados. Falta firmar papeles.

Para terminar y sin relación con lo anterior, ¡adivinad quién compró una entrada para Iron Maiden esta misma mañana! :D Treinta euros limpios (la mitad que en España) sin impuesto revolucionario ni mierdas :D