Wednesday, March 27, 2019

Otra bomba encontrada en Budapest

Hablábamos hace poco de una pintada en ruso que marcaba un edificio como registrado en busca de minas y de las muchas bombas no detonadas que se siguen encontrando en Budapest. Pues bien, este lunes 25 por la tarde se encontró otra durante las obras de renovación de la plaza Vörösmarty, la más central, turística y transitada de la ciudad. Cientos de personas pisaron cada día encima de esta bomba durante los últimos 74 años. Se conoce que por allí no pasó nuestro amigo el lugarteniente Gustavev...





Fotos de index.hu, allí encontrarás más si te apetece verlas.

¡Bombas, bombaaas! ¡Exta sí! ¡Exta no! ¡Exta me gusta pero no explotó!

Thursday, February 14, 2019

El graffiti del buscaminas ruso


Una de las cosas más chulas que encontré en Budapest recientemente es esa pintada en ruso medio desvanecida. Dice esto:

ПРОВЕРЕНО
МИН НЕ ОБНАРУЖЕНО
„РЕФЛЕКС“
7-3-45 л-т Густавев

Traducción:

REGISTRADO
MINAS NO ENCONTRADAS
«REFLEX»
7-3-45 Lte. Gustavev

En los últimos meses de la segunda guerra mundial, cuando los rusos ya avanzaban implacables hacia Berlín, Budapest se les atragantó un poco, y desde que llegaron el 29 de octubre de 1944 pasaron 108 días hasta que la tomaron por completo, el 13 de febrero del año siguiente, hace hoy 74 años. Las consecuencias fueron montones de cosas rotas, gente sangrando cantidad y muchos explosivos no detonados, tanto proyectiles como minas. Cada poco tiempo encuentran uno de estos explosivos (generalmente en obras de construcción o similares) y tienen que paralizar y evacuar la zona donde se encuentra, y de verdad que la frecuencia sigue siendo relativamente alta a día de hoy: los tres primeros resultados de buscar en Google «wwii bomb found budapest» son noticias de 2013, 2016 y el verano pasado. Si siete décadas más tarde y con la ciudad completamente reconstruida y ampliamente expandida siguen apareciendo bombas, imagínate cuántas habría al acabar la batalla. Lo peor no son las bombas que caen desde nosecuántos metros de altura y no explotan, porque esas seguramente tampoco van a explotar si les das una patada tú, sino las minas, que están ahí puestas y ahí quedan, no cambian de bando ni se desactivan aunque reciban la circular de que la guerra terminó. Recién conquistada una ciudad, antes de hacer nada en ella hay que llevar a cabo una cuidadosa limpieza. Y en eso pasaron el día nuestro amigo el lugarteniente Gustavev y su compañía Reflex el 7 de marzo de 1945.

Wednesday, September 19, 2018

Un cierto fluido rosa



Llevo todo lo que va de 2018 loco con Pink Floyd. No sabría decir exactamente por qué ni cómo empezó este repentino entusiasmo, pero a finales del año pasado me dio la venada y me compré una caja recopilatoria con todos los discos de estudio. En el momento de comprar la colección había algunos álbumes que conocía muy bien (los más famosos) y otros de los que no reconocía ni un título de la lista de canciones. Por eso, mi intención era escucharlos todos por orden cronológico, pero esta vez empapándome bien de cada uno antes de pasar al siguiente, descubriendo todos sus detalles, que intuía que serían muchos, y disfrutándolos con calma, como hacía cuando era pequeño y los únicos discos que había a mi alcance eran los de mi madre y los que le cogía prestados a mi primo.

Enseguida descubrí, para mi asombro, que Pink Floyd es muchísimo más que esos quince álbumes. De hecho, si te quedas en las grabaciones de estudio, no llegas ni a la mitad de Pink Floyd, lo cual descubrí gracias a una gigantesca caja de cajas que editaron hace muy poco, además del interminable y fantástico mundo de los bootlegs. Hay canciones que tocaron en conciertos durante años y nunca aparecieron en sus álbumes, salvo algún recopilatorio por ahí perdido. Tienen singles que grabaron en los primeros años en un estilo musical muy distinto, que recuerda más a los Beatles que a otra cosa. Hicieron dos suites conceptuales, al estilo de las existentes en la música clásica (tales como Peer Gynt de Grieg o Los planetas de Holst), tituladas respectivamente The Man, que describe 24 horas en la vida de una persona cualquiera, y The Journey, un viaje imaginario por paisajes fantásticos. Fueron pioneros en el uso del estéreo cuadrafónico en directo, que la gente se quedaba flipando al oír cosas que daban vueltas a su alrededor (¡era 1969!). Hicieron bandas sonoras para películas, algunas completas, otras parciales. ¡Hicieron una pieza para la retransmisión en directo del aterrizaje del Apollo 11 en la Luna! Hicieron una colaboración con una compañía de ballet francesa. Hicieron mil y un experimentos en el estudio. Y lo más importante: cuando tocaban en directo, las canciones se transformaban por completo. Nunca dejaban de desarrollarse. Si componían una canción, empezaban a tocarla en conciertos, cada vez iba cambiando un poco, cuando entraban en el estudio la grababan como estuviera en ese momento (o como mejor les conviniera para el disco), pero luego seguía desarrollándose en más y más conciertos. Al final, si escuchas una misma canción la primera y la última vez que la tocaron, te encuentras con que reconoces la melodía principal y con que el principio y el final más o menos coinciden, pero por el medio puede suceder cualquier cosa, y puede durar cualquier cantidad de minutos. Es increíble la capacidad que tenían para llevar un tema de paseo por donde les daba la gana, darle vueltas, acelerarlo, ralentizarlo, añadirle intensidad, quitársela, y finalmente traerlo de la manita hasta donde querían.

Como decía más arriba, voy despacio, mucho más desde que descubrí que para pasar de un álbum al siguiente tengo mil horas de material en el medio. A día de hoy, pasados nueve meses, aún voy por el Meddle, cuyo celofán mantuve intacto hasta hace dos semanas. Pero eso sí: de los cinco anteriores ya te puedo tararear todas las canciones, explicarte las letras y contarte anécdotas de su composición y grabación, además de enumerarte todas las grabaciones que se quedaron por el camino y decirte dónde las puedes encontrar para que las disfrutes tanto como lo estoy haciendo yo.

Sunday, August 12, 2018

Lecturas del 2017

Durante los primeros meses del 2017 terminé El perfume de Adán y The Hidden Europe, que había empezado en el 2016 y los mencioné en la recopilación de ese año. Como no tengo nada que añadir a lo que ya dije sobre ellos, no voy a volver a incluirlos en esta lista. También omito tebeos de Lucky Luke o Mortadelo y Filemón que se leen en una hora, y los libros «de verdad» los divido en dos grupos:


Libros de música

Ninguno lo leí entero, sino que leí algunos cachos que me interesaban más, y de vez en cuando agarro uno y busco algo concreto. Como me conozco y sé que funciono por arroutadas, en la próxima arroutada que me dé por un tema musical, leeré otro cacho del libro correspondiente, y así. Algunos ni siquiera están pensados para leer de corrido.

Wednesday, February 28, 2018

El ventilador y los pobres de la calle Ó


Todo el mobiliario que contiene mi habitación y que me pertenece a mí (no al casero) procede de los grupos de compraventa de Facebook o del Milanuncios húngaro, a excepción de la silla sobre la que ahora mismo se hallan mis nobles posaderas, que la encontré en la calle con un cartelito que decía elvihető («llevable», digamos). Entre los aparatos que pertenecen al casero se encuentra un ventilador que, aunque funciona y es de gran utilidad en verano, está de un destartalado que da pena y se desmonta y se le cae la parte de arriba. Así que, cuando me topé con un ventilador bonito y barato en uno de esos mercadillos internáuticos, decidí que era momento de agenciarme uno propio antes de que me haga falta y se rompa el viejo y luego suban los precios o la demanda porque es temporada alta de ventiladores. O el casero me pida cuentas, pero eso no creo que pase.

De verdad que está hecho un desastre

Total. Que hace dos sábados tenía que ir a buscar mi nuevo ventilador a una calle de nombre muy gracioso que se llama calle Ó. Además, tenía que hacer un recado que me había pedido Enzo en la misma calle, así que una vez tuve el ventilador en mi poder eché a andar calle Ó arriba, corta caminata durante la cual, involuntariamente, le di un par de golpes a la parte inferior del cacharro, que iba detrás de mí y no controlaba bien. Tras uno de esos golpes me di cuenta que, de las cuatro patas que tiene, a una de ellas le faltaba el «zapatito» gris que protege la punta y que tiene un chisme de plástico para apoyar en el suelo. Miré atrás: sólo había tres señores con aspecto de sintechos conversando entre ellos (si les tienes miedo se llaman áporos y por eso tienes aporofobia) y algún que otro desecho tirado en la acera. Refunfuñé y seguí mi camino, porque estaba cerca de mi meta, con la idea de volver sobre mis pasos posteriormente.

Hecho lo que tenía que hacer, deshice el camino andado mirando al suelo con atención, en dirección a los señores. La acera es estrecha y dos de ellos estaban sentados en el escalón de un portal, mientras que el tercero estaba apoyado en un coche aparcado, por lo que tuve que pasar por en medio de ellos, y en ese momento, uno de los que estaban sentados me habló en húngaro. Miré para él y me dijo algo más, pero al ver mi cara de confusión, me preguntó:

—¿Es usted húngaro?

Le respondí, siempre en su idioma:

—No.

—¿Bla bla bla bla nem?

Tessék?—pregunté.

Eso significa perdón. El otro que estaba sentado miró para el primero, luego a mí y a él de nuevo, y repitió con desconcierto:

Tessék!

El primero repitió:

—Que si no es húngaro, que cómo sabe decir nem.

—Porque algo de húngaro sí que sé.

Aclarado este punto, me empezó a hablar de la pata del ventilador y del golpe que le había dado. Es llamativo, porque lo habitual en esta situación es que me pregunten de dónde soy, o por qué sé ese algo de húngaro, o al menos que digan «aaah» con curiosidad y haya un instante de silencio antes de cambiar de tema; sobre todo si hay caras de desconcierto y demás. Pero no, este señor pasó directamente al grano. Con todo, lo que pasó a continuación no me lo esperaba: los tres se pusieron a buscar mi zapatito gris por los alrededores, incluso tumbándose para mirar debajo de los coches. ¿Ves algo?, no, yo no veo nada, creo que el golpe se lo dio contra esta esquina, a lo mejor se le había caído más atrás, no, debajo de ese coche ya miré yo. Al final no lo encontramos. Le pregunté al portavoz de los señores si habían visto el zapatito caer, y me respondió que no, que sólo habían oído el golpe. Le di las gracias y le dije que iba a seguir buscando por donde había pasado, y antes de irme me aseveró, muy solemnemente y mirándome a los ojos:

—Si lo encontramos nosotros, te lo guardamos.


Aunque nunca llegué a encontrar la pieza, me fui de la calle Ó muy agradecido y pensando cómo otra gente, o yo mismo en otras circunstancias, habría hecho caso omiso cuando un señor con aspecto de pobre sentado en el suelo le empieza a hablar; y acordándome de tantísimos extranjeros que rehúsan aprender húngaro (la mayoría de los que conozco), llegando incluso a reírse ante semejante idea. No fue una situación tan especial tampoco, pero no suelo comunicarme con gente tan distinta a mí, y con tantos prejuicios y miedos que tenemos en la cabeza no se para uno a pensar que personas que parecen poco fiables sean las más educadas y atentas del mundo en un momento dado; llegando incluso a tratarme de usted, cosa poco frecuente en mi experiencia.

~ ¿Y de qué te sirvió el húngaro? ¡Te quedaste sin zapatito igualmente! ~

Tuesday, December 12, 2017

Muesli en Bartók Béla út



Buenos días a todo el mundo, y muchas gracias por acompañarme una mañana más en esta nueva edición de «Qué está haciendo Grilo ahora mismo». Hoy, tras salir de mi turno de noche, he decidido entrar a una de las pintorescas cafeterías de la avenida Béla Bartók a tomarme un café latte gigantesco mientras leo y espero a que abran las tiendas de pantalones. El destino ha querido que la primera que encontré abierta sea al mismo tiempo una galería de arte en el piso de arriba, esté llena de estanterías llenas a su vez de libros y tengan puesto un hilo musical de versiones instrumentales new age de Michael Jackson y Queen. (Añado que me pasé la mitad de la noche leyendo un maravilloso libro sobre Queen que acabo de comprar; ya mencioné el destino en la frase anterior.) Después del café, miré el resto de la carta por curiosidad y me entraron ganas de pedirme un, atención, muesli con frutas deshidratadas, puré de mango, miel, manzana, plátano y yogur. Que está cojonudo. All we heaaar is, Radio Gaga.
Kelet Kávézó és Galéria, 6 · XII · 2017 8:53





Saturday, October 21, 2017

Viaje relámpago a Helsinki



Hoy me levanté con ganas de contar mi último viaje a Helsinki, que fue muy espontáneo todo, y con la misma espontaneidad me pongo a escribir.

Había visto a Moonsorrow en Sevilla el 18 de febrero y de paso me había quedado unos días para conocer la ciudad y ver a unos amigos. A continuación tenían una pequeña gira por Finlandia a la que realmente no procedía asistir, porque acababa de verlos, acababa de viajar, etcétera. Tampoco me importaba demasiado. La primera parada de esa gira era Tampere, y tanto Leo como Pillau, director y cámara del upcoming súper documental Home of the Wind, estarían allí para obtener algo de metraje de camerinos, que apenas teníamos, grabar el concierto por si nos puede servir de algo y hacer una última entrevista con Henri Sorvali en su casa. Enorme envidia, por supuesto, pero me tocaba perdérmelo y lo tenía asumido. Sin embargo, al acabar el concierto me enseñaron el repertorio y me quedé ojiplático:

Sankarihauta
Kylän päässä
Raunioilla
Jumalten aika
Ruttolehto
Suden tunti
Mimisbrunn
Ihmisen aika
--
Tuulen koti, aaltojen koti
Aurinko ja Kuu

A muchos de los presentes no os dirá gran cosa, pero a mí me decía que estaban tocando «Mimisbrunn» por primera vez, que de la canción 4 a la 8 es el último disco entero, que nunca había visto «Aurinko ja Kuu» en directo y que «Tuulen koti, aaltojen koti» (canción que da título al documental) tampoco, y encima es rarísimo que la toquen. Esto fue el 2 de marzo. Un par de días más tarde me puse a mirar vuelos en Skyscanner, porque total qué se pierde por consultar. Los precios eran sorprendentemente asequibles teniendo en cuenta que sólo faltaba una semana. Llamé al guitarrista Janne, que estaba en una furgoneta volviendo de Joensuu con el resto del grupo, para preguntarle si en Helsinki iban a tocar lo mismo: afirmativo. Miré el horario del trabajo, vi que no había conflictos, me pedí el viernes 10 libre y compré los billetes, con cinco días de antelación. Un rato más tarde fui a ver a Accept y Sabaton cerca de casa. Se vive bien aquí.

Esa semana trabajaba de noche, de 22.00 a 7.00. No recuerdo muy bien cómo hice, pero imagino que fui a la oficina el jueves 9 por la noche con todo el petate, al acabar el turno probablemente bajé a la relax room a echar una soneca, y luego al aeropuerto, que despegaba a las dos del mediodía o cosa así. Hacía escala en Riga, aunque esa vez no bajé a la ciudad porque no me compensaba por el poco tiempo de que disponía. Hablé con mi amigo Maximillian el alemán, que supuestamente iba también con su moza, pero les cancelaron el vuelo por una huelga o un rollo así y supongo que se cagaron über alles. Un poco con los huevos de pajarita, me acerqué al mostrador de Air Baltic para preguntar por la huelga: no afectaba a mi vuelo. Me relajé otra vez, di unas cuantas vueltas por la terminal esperando a que llegara la noche, una tipa intentó venderme una crema exfoliante de ciento y pico euros y me habló con tono ofendido cuando le dije que no, cuando oscureció me tumbé en unas butacas de la sala de espera y dormí... lo poco que pude. Al fin y al cabo, venía de pasar cuatro noches despierto.

Por la mañana, la pantalla de vuelos mostraba una hora de despegue distinta a la que yo recordaba, pero ni me importó. Andaba muuuy agilipollado. Además, cambiaba todo el rato entre Helsinki y Tallinn. Subí al avión y a la primera azafata que me topé le pregunté si el vuelo duraba lo que yo creía que duraba. Me respondió que directo sí, pero hacemos parada en Tallinn, lo sabes, ¿verdad? Claro, claro, respondí, sin estar muy seguro de lo que me acababa de decir. La veía codificada a través de las pestañas, como el Canal+ hace quince años. Me senté donde me correspondía y me dormí. El avión hizo una cosa que yo nunca había visto: aterrizó en Tallinn, dejó que se bajara alguna gente, no sé si se subió otra, y despegó otra vez. Como un autobús, vaya. Ya puedo decir que estuve en Estonia, pero no que puse los pies en ella.

Sobre las nueve o diez estaba aterrizando en Helsinki por cuarta vez en mi vida, tercera en once meses. Cogí el tren al centro, salí de la chulada de rautatieasema que tienen, tan años 20 ella, y dirigí mis pasos hacia el cercano albergue que había reservado. Por el camino me topé con lo mejor de esa mañana: un McDonald's cuyo cartel anunciaba un McDesayuno. Ya no sé ni qué tenía, había por ahí lechuga y huevo frito, pero me sentó de maravilla. Seguí mi camino hasta el hostal. Buenos días, tengo una reserva y sueño, alójame. Muy amablemente me tomaron los datos, me explicaron cómo funciona, tal, cual. ¿Y mi habitación cuál va a ser? Aquella de allí, pero mira una cosa, la entrada es a la una del mediodía y aún son las once. Whatmestaskontanding, le dije, porque le hablaba en inglés, y me respondió: pero no te preocupes, en la cocina hay un sofá y te puedes tirar ahí un rato. Aún no había terminado la frase y ya estaba tumbado con la cazadora de almohada. Al rato oí un estruendo tan brutal como efímero cuyo origen nunca llegué a conocer; abrí los ojos para contemplar las ruinas del edificio que acababan de bombardear, pero en su lugar sólo vi una señora de la limpieza que me dijo: ya es la una, tu cama está lista. Me arrastré hasta ella y me puse la alarma para las cuatro.

A esa hora ya estaba bastante descansado. Leo me había encomendado una misión: ir al bar Majava a por un sobre con contratos y libretos que el grupo debía firmar y que él había olvidado darles la semana anterior. Me di el paseo hasta el barrio de Kallio y entré en el bar. Hola, dije. Vengo a buscar un sobre que dice «Para Ville y Mitja». No, no soy ni Ville ni Mitja. Sí, ese debe de ser, ¿a ver qué contiene? Sí, este mismo, gracias. Salí del bar, empecé a bajar la cuesta y me metí en el Subway que hay unos metros más abajo para comerme un bocata, que son caros pero ricos, y lo del precio aprendes a pasarlo un poco por alto cuando estás en Finlandia si no quieres vivir sumido en el estrés. Estaba bien rico.

Entrada a Kallio, con su iglesia

Lo siguiente fue ir a la sala Virgin Oil, donde tendría lugar el concierto esa noche y ya estaban todos preparándolo. El sitio es un restaurante que tiene una puerta que conduce a unas escaleras ascendentes que llevan a la sala de conciertos en sí. Como faltaban aún varias horas, la puerta estaba cerrada con un rollo electrónico de código o nosequé. Sin ningún tipo de credencial, me acerqué al chaval que entraba y salía de detrás de la barra y le pregunté cómo se abría la puerta. «Así y asá», respondió, «pero acuérdate de cerrarla detrás de ti para que no entre cualquiera». Sin problema. Entré y me aseguré de cerrar la puerta para que no entrara cualquiera sin credenciales. Arriba estaba Tero preparando el tenderete de las camisetas, Julia la alemana (la conocí en York, ¿os acordáis?) de charla con él, y técnicos y músicos moviendo sus instrumentos y sus cables. El contrato que necesitaba que firmaran es muy gracioso: nos comprometemos a cederle a la discográfica Century Media los derechos de explotación de determinado material «throughout the Universe in perpetuity», es decir, en todo el universo a perpetuidad. Me sentí un poco como si Isaac Asimov me estuviera firmando un autógrafo. Cuatro veces, por duplicado.

Un edificio bien chulo

Sobre las siete y media había quedado en encontrarme con María, la moscovita. Esta había ido con la también moscovita Olga, a quien en realidad yo conocía mejor, pero no había llegado aún porque se había tenido que quedar en el hotel acabando unas cosas de su trabajo; se nos unió un rato más tarde. De ahí a poco llegó también Delphine, una francesa a la que sólo vi en Finlandia, y el chaval al que conocí como su novio pero ahora era su marido. Subimos toda esta panda, y dentro aparecieron también los daneses Mikkel y Nanna, que no se pierden un concierto en ningún recuncho de Europa, y el español Álvaro, que vive allí. Al igual que el 1 de abril del año anterior en el mismo lugar, primero tocó Draugnim, grupo que no me disgusta (y el cantante es un grandote bonachón que me cae genial, está en Crimfall también, lo entrevisté con Eddie una vez) pero al que no conseguí prestar la menor atención en ninguna de las dos ocasiones; y después, con la clásica intro «Tyven», salieron los jefes.

Acabado el concierto, el corrillo se fue diluyendo y sólo quedamos Mikkel, Nanna y yo con ganas de marcha, aunque sólo fuera marcha de sentaos. Pero no hubo manera. Nos recorrimos unas cuantas calles y los bares que no acababan de cerrar a las 2 cerrarían en un rato, a las 3. Al menos nos comimos unas hamburguesas de un puesto de la calle y pasamos un rato agradable caminando por el centro. Sobre las tres y media nos despedimos y nos fuimos a dormir.



Encontramos un bar curioso

Había prometido a las rusas que iba a ir a despedirlas a la estación de autobuses, de donde partirían a las ocho. Me causó mucho dolor en mi corazoncito levantarme a las siete, luego me medio perdí y di más vuelta de la que debería; cuando llegué ya casi no contaban conmigo, eran menos cuarto o menos diez, pero al menos pude hablar con ellas unos minutos y desearles buen viaje. Una vez se metieron en el autobús me compré dos croasanes, un litro de leche y otro de zumo de naranja, me desayuné la mitad y me volví al hostal a dormir un poco más, que hasta las once o doce que era la salida aún me daba tiempo. Tras ese par de horitas más ya sólo me faltaba ver a Ida, Leo (el otro) y la pequeña Saga. Pasamos unas horas de paseo, tomando un café, luego paseando más, luego me llevaron al monumento a Sibelius, luego a comer, y tras eso ya nos despedimos, porque a las cuatro y media había quedado con los daneses en la estación para ir al aeropuerto, de donde a las siete menos cuarto despegaba mi avión de vuelta a Budapest.

Foto de Tero

Entrada escrita el largo 9 de septiembre de 2017, o quizá el 10.