Monday, September 16, 2019
Monday, April 1, 2019
Budapest: Isla Margarita una mañana de primavera
Aprovechando los pocos días que los cerezos y los almendros están en flor, y que esta semana tuve turno de noche, el viernes por la mañana cogí el tranvía hasta la isla Margarita para dar un paseo con Mileth en las orejas y la cámara de fotos en la mano. Hacía una mañana preciosa, con diez o doce grados de temperatura, nada de brisa y un solete maravilloso que te acariciaba la cocorota, y las únicas personas que había eran jardineros, corredores y dueños de perros, cuyos bichos peludos eran pura felicidad y no paraban de corretear y revolcarse. De ser perros, vaya.
Las fotos son todas mías. Por supuesto, no captan ni el 10% de la belleza del parque ese día, pero espero que te guste al menos alguna. Puedes agrandarlas si pinchas en ellas, y si te resulta más cómodo, puedes verlas en la página de Facebook de Mochila Feliz, en el álbum titulado Isla Margarita una mañana de primavera.
Si no ves las fotos, pincha en Read more:
Las fotos son todas mías. Por supuesto, no captan ni el 10% de la belleza del parque ese día, pero espero que te guste al menos alguna. Puedes agrandarlas si pinchas en ellas, y si te resulta más cómodo, puedes verlas en la página de Facebook de Mochila Feliz, en el álbum titulado Isla Margarita una mañana de primavera.
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Wednesday, March 27, 2019
Otra bomba encontrada en Budapest
Hablábamos hace poco de una pintada en ruso que marcaba un edificio como registrado en busca de minas y de las muchas bombas no detonadas que se siguen encontrando en Budapest. Pues bien, este lunes 25 por la tarde se encontró otra durante las obras de renovación de la plaza Vörösmarty, la más central, turística y transitada de la ciudad. Cientos de personas pisaron cada día encima de esta bomba durante los últimos 74 años. Se conoce que por allí no pasó nuestro amigo el lugarteniente Gustavev...
Fotos de index.hu, allí encontrarás más si te apetece verlas.
¡Bombas, bombaaas! ¡Exta sí! ¡Exta no! ¡Exta me gusta pero no explotó!
Thursday, February 14, 2019
El graffiti del buscaminas ruso
Una de las cosas más chulas que encontré en Budapest recientemente es esa pintada en ruso medio desvanecida. Dice esto:
ПРОВЕРЕНО
МИН НЕ ОБНАРУЖЕНО
„РЕФЛЕКС“
7-3-45 л-т Густавев
МИН НЕ ОБНАРУЖЕНО
„РЕФЛЕКС“
7-3-45 л-т Густавев
Traducción:
REGISTRADO
MINAS NO ENCONTRADAS
«REFLEX»
7-3-45 Lte. Gustavev
MINAS NO ENCONTRADAS
«REFLEX»
7-3-45 Lte. Gustavev
En los últimos meses de la segunda guerra mundial, cuando los rusos ya avanzaban implacables hacia Berlín, Budapest se les atragantó un poco, y desde que llegaron el 29 de octubre de 1944 pasaron 108 días hasta que la tomaron por completo, el 13 de febrero del año siguiente, hace hoy 74 años. Las consecuencias fueron montones de cosas rotas, gente sangrando cantidad y muchos explosivos no detonados, tanto proyectiles como minas. Cada poco tiempo encuentran uno de estos explosivos (generalmente en obras de construcción o similares) y tienen que paralizar y evacuar la zona donde se encuentra, y de verdad que la frecuencia sigue siendo relativamente alta a día de hoy: los tres primeros resultados de buscar en Google «wwii bomb found budapest» son noticias de 2013, 2016 y el verano pasado. Si siete décadas más tarde y con la ciudad completamente reconstruida y ampliamente expandida siguen apareciendo bombas, imagínate cuántas habría al acabar la batalla. Lo peor no son las bombas que caen desde nosecuántos metros de altura y no explotan, porque esas seguramente tampoco van a explotar si les das una patada tú, sino las minas, que están ahí puestas y ahí quedan, no cambian de bando ni se desactivan aunque reciban la circular de que la guerra terminó. Recién conquistada una ciudad, antes de hacer nada en ella hay que llevar a cabo una cuidadosa limpieza. Y en eso pasaron el día nuestro amigo el lugarteniente Gustavev y su compañía Reflex el 7 de marzo de 1945.
Wednesday, September 19, 2018
Un cierto fluido rosa
Llevo todo lo que va de 2018 loco con Pink Floyd. No sabría decir exactamente por qué ni cómo empezó este repentino entusiasmo, pero a finales del año pasado me dio la venada y me compré una caja recopilatoria con todos los discos de estudio. En el momento de comprar la colección había algunos álbumes que conocía muy bien (los más famosos) y otros de los que no reconocía ni un título de la lista de canciones. Por eso, mi intención era escucharlos todos por orden cronológico, pero esta vez empapándome bien de cada uno antes de pasar al siguiente, descubriendo todos sus detalles, que intuía que serían muchos, y disfrutándolos con calma, como hacía cuando era pequeño y los únicos discos que había a mi alcance eran los de mi madre y los que le cogía prestados a mi primo.
Enseguida descubrí, para mi asombro, que Pink Floyd es muchísimo más que esos quince álbumes. De hecho, si te quedas en las grabaciones de estudio, no llegas ni a la mitad de Pink Floyd, lo cual descubrí gracias a una gigantesca caja de cajas que editaron hace muy poco, además del interminable y fantástico mundo de los bootlegs. Hay canciones que tocaron en conciertos durante años y nunca aparecieron en sus álbumes, salvo algún recopilatorio por ahí perdido. Tienen singles que grabaron en los primeros años en un estilo musical muy distinto, que recuerda más a los Beatles que a otra cosa. Hicieron dos suites conceptuales, al estilo de las existentes en la música clásica (tales como Peer Gynt de Grieg o Los planetas de Holst), tituladas respectivamente The Man, que describe 24 horas en la vida de una persona cualquiera, y The Journey, un viaje imaginario por paisajes fantásticos. Fueron pioneros en el uso del estéreo cuadrafónico en directo, que la gente se quedaba flipando al oír cosas que daban vueltas a su alrededor (¡era 1969!). Hicieron bandas sonoras para películas, algunas completas, otras parciales. ¡Hicieron una pieza para la retransmisión en directo del aterrizaje del Apollo 11 en la Luna! Hicieron una colaboración con una compañía de ballet francesa. Hicieron mil y un experimentos en el estudio. Y lo más importante: cuando tocaban en directo, las canciones se transformaban por completo. Nunca dejaban de desarrollarse. Si componían una canción, empezaban a tocarla en conciertos, cada vez iba cambiando un poco, cuando entraban en el estudio la grababan como estuviera en ese momento (o como mejor les conviniera para el disco), pero luego seguía desarrollándose en más y más conciertos. Al final, si escuchas una misma canción la primera y la última vez que la tocaron, te encuentras con que reconoces la melodía principal y con que el principio y el final más o menos coinciden, pero por el medio puede suceder cualquier cosa, y puede durar cualquier cantidad de minutos. Es increíble la capacidad que tenían para llevar un tema de paseo por donde les daba la gana, darle vueltas, acelerarlo, ralentizarlo, añadirle intensidad, quitársela, y finalmente traerlo de la manita hasta donde querían.
Como decía más arriba, voy despacio, mucho más desde que descubrí que para pasar de un álbum al siguiente tengo mil horas de material en el medio. A día de hoy, pasados nueve meses, aún voy por el Meddle, cuyo celofán mantuve intacto hasta hace dos semanas. Pero eso sí: de los cinco anteriores ya te puedo tararear todas las canciones, explicarte las letras y contarte anécdotas de su composición y grabación, además de enumerarte todas las grabaciones que se quedaron por el camino y decirte dónde las puedes encontrar para que las disfrutes tanto como lo estoy haciendo yo.
Enseguida descubrí, para mi asombro, que Pink Floyd es muchísimo más que esos quince álbumes. De hecho, si te quedas en las grabaciones de estudio, no llegas ni a la mitad de Pink Floyd, lo cual descubrí gracias a una gigantesca caja de cajas que editaron hace muy poco, además del interminable y fantástico mundo de los bootlegs. Hay canciones que tocaron en conciertos durante años y nunca aparecieron en sus álbumes, salvo algún recopilatorio por ahí perdido. Tienen singles que grabaron en los primeros años en un estilo musical muy distinto, que recuerda más a los Beatles que a otra cosa. Hicieron dos suites conceptuales, al estilo de las existentes en la música clásica (tales como Peer Gynt de Grieg o Los planetas de Holst), tituladas respectivamente The Man, que describe 24 horas en la vida de una persona cualquiera, y The Journey, un viaje imaginario por paisajes fantásticos. Fueron pioneros en el uso del estéreo cuadrafónico en directo, que la gente se quedaba flipando al oír cosas que daban vueltas a su alrededor (¡era 1969!). Hicieron bandas sonoras para películas, algunas completas, otras parciales. ¡Hicieron una pieza para la retransmisión en directo del aterrizaje del Apollo 11 en la Luna! Hicieron una colaboración con una compañía de ballet francesa. Hicieron mil y un experimentos en el estudio. Y lo más importante: cuando tocaban en directo, las canciones se transformaban por completo. Nunca dejaban de desarrollarse. Si componían una canción, empezaban a tocarla en conciertos, cada vez iba cambiando un poco, cuando entraban en el estudio la grababan como estuviera en ese momento (o como mejor les conviniera para el disco), pero luego seguía desarrollándose en más y más conciertos. Al final, si escuchas una misma canción la primera y la última vez que la tocaron, te encuentras con que reconoces la melodía principal y con que el principio y el final más o menos coinciden, pero por el medio puede suceder cualquier cosa, y puede durar cualquier cantidad de minutos. Es increíble la capacidad que tenían para llevar un tema de paseo por donde les daba la gana, darle vueltas, acelerarlo, ralentizarlo, añadirle intensidad, quitársela, y finalmente traerlo de la manita hasta donde querían.
Como decía más arriba, voy despacio, mucho más desde que descubrí que para pasar de un álbum al siguiente tengo mil horas de material en el medio. A día de hoy, pasados nueve meses, aún voy por el Meddle, cuyo celofán mantuve intacto hasta hace dos semanas. Pero eso sí: de los cinco anteriores ya te puedo tararear todas las canciones, explicarte las letras y contarte anécdotas de su composición y grabación, además de enumerarte todas las grabaciones que se quedaron por el camino y decirte dónde las puedes encontrar para que las disfrutes tanto como lo estoy haciendo yo.
Sunday, August 12, 2018
Lecturas del 2017
Durante los primeros meses del 2017 terminé El perfume de Adán y The Hidden Europe, que había empezado en el 2016 y los mencioné en la recopilación de ese año. Como no tengo nada que añadir a lo que ya dije sobre ellos, no voy a volver a incluirlos en esta lista. También omito tebeos de Lucky Luke o Mortadelo y Filemón que se leen en una hora, y los libros «de verdad» los divido en dos grupos:
Libros de música
Ninguno lo leí entero, sino que leí algunos cachos que me interesaban más, y de vez en cuando agarro uno y busco algo concreto. Como me conozco y sé que funciono por arroutadas, en la próxima arroutada que me dé por un tema musical, leeré otro cacho del libro correspondiente, y así. Algunos ni siquiera están pensados para leer de corrido.
Libros de música
Ninguno lo leí entero, sino que leí algunos cachos que me interesaban más, y de vez en cuando agarro uno y busco algo concreto. Como me conozco y sé que funciono por arroutadas, en la próxima arroutada que me dé por un tema musical, leeré otro cacho del libro correspondiente, y así. Algunos ni siquiera están pensados para leer de corrido.
Wednesday, February 28, 2018
El ventilador y los pobres de la calle Ó
Todo el mobiliario que contiene mi habitación y que me pertenece a mí (no al casero) procede de los grupos de compraventa de Facebook o del Milanuncios húngaro, a excepción de la silla sobre la que ahora mismo se hallan mis nobles posaderas, que la encontré en la calle con un cartelito que decía elvihető («llevable», digamos). Entre los aparatos que pertenecen al casero se encuentra un ventilador que, aunque funciona y es de gran utilidad en verano, está de un destartalado que da pena y se desmonta y se le cae la parte de arriba. Así que, cuando me topé con un ventilador bonito y barato en uno de esos mercadillos internáuticos, decidí que era momento de agenciarme uno propio antes de que me haga falta y se rompa el viejo y luego suban los precios o la demanda porque es temporada alta de ventiladores. O el casero me pida cuentas, pero eso no creo que pase.
| De verdad que está hecho un desastre |
Total. Que hace dos sábados tenía que ir a buscar mi nuevo ventilador a una calle de nombre muy gracioso que se llama calle Ó. Además, tenía que hacer un recado que me había pedido Enzo en la misma calle, así que una vez tuve el ventilador en mi poder eché a andar calle Ó arriba, corta caminata durante la cual, involuntariamente, le di un par de golpes a la parte inferior del cacharro, que iba detrás de mí y no controlaba bien. Tras uno de esos golpes me di cuenta que, de las cuatro patas que tiene, a una de ellas le faltaba el «zapatito» gris que protege la punta y que tiene un chisme de plástico para apoyar en el suelo. Miré atrás: sólo había tres señores con aspecto de sintechos conversando entre ellos (si les tienes miedo se llaman áporos y por eso tienes aporofobia) y algún que otro desecho tirado en la acera. Refunfuñé y seguí mi camino, porque estaba cerca de mi meta, con la idea de volver sobre mis pasos posteriormente.
Hecho lo que tenía que hacer, deshice el camino andado mirando al suelo con atención, en dirección a los señores. La acera es estrecha y dos de ellos estaban sentados en el escalón de un portal, mientras que el tercero estaba apoyado en un coche aparcado, por lo que tuve que pasar por en medio de ellos, y en ese momento, uno de los que estaban sentados me habló en húngaro. Miré para él y me dijo algo más, pero al ver mi cara de confusión, me preguntó:
—¿Es usted húngaro?
Le respondí, siempre en su idioma:
—No.
—¿Bla bla bla bla nem?
—Tessék?—pregunté.
Eso significa perdón. El otro que estaba sentado miró para el primero, luego a mí y a él de nuevo, y repitió con desconcierto:
—Tessék!
El primero repitió:
—Que si no es húngaro, que cómo sabe decir nem.
—Porque algo de húngaro sí que sé.
Aclarado este punto, me empezó a hablar de la pata del ventilador y del golpe que le había dado. Es llamativo, porque lo habitual en esta situación es que me pregunten de dónde soy, o por qué sé ese algo de húngaro, o al menos que digan «aaah» con curiosidad y haya un instante de silencio antes de cambiar de tema; sobre todo si hay caras de desconcierto y demás. Pero no, este señor pasó directamente al grano. Con todo, lo que pasó a continuación no me lo esperaba: los tres se pusieron a buscar mi zapatito gris por los alrededores, incluso tumbándose para mirar debajo de los coches. ¿Ves algo?, no, yo no veo nada, creo que el golpe se lo dio contra esta esquina, a lo mejor se le había caído más atrás, no, debajo de ese coche ya miré yo. Al final no lo encontramos. Le pregunté al portavoz de los señores si habían visto el zapatito caer, y me respondió que no, que sólo habían oído el golpe. Le di las gracias y le dije que iba a seguir buscando por donde había pasado, y antes de irme me aseveró, muy solemnemente y mirándome a los ojos:
—Si lo encontramos nosotros, te lo guardamos.
Aunque nunca llegué a encontrar la pieza, me fui de la calle Ó muy agradecido y pensando cómo otra gente, o yo mismo en otras circunstancias, habría hecho caso omiso cuando un señor con aspecto de pobre sentado en el suelo le empieza a hablar; y acordándome de tantísimos extranjeros que rehúsan aprender húngaro (la mayoría de los que conozco), llegando incluso a reírse ante semejante idea. No fue una situación tan especial tampoco, pero no suelo comunicarme con gente tan distinta a mí, y con tantos prejuicios y miedos que tenemos en la cabeza no se para uno a pensar que personas que parecen poco fiables sean las más educadas y atentas del mundo en un momento dado; llegando incluso a tratarme de usted, cosa poco frecuente en mi experiencia.
~ ¿Y de qué te sirvió el húngaro? ¡Te quedaste sin zapatito igualmente! ~
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